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Hay algo que Argentina no está haciendo por primera vez. Pero tampoco está haciendo del todo bien. El plan económico de Javier Milei, que pomposamente podría ser identificado –aunque no pareciera en términos reales– como un plan de estabilización económica, visto en perspectiva histórica y comparado con experiencias internacionales, no es una rareza. Es, en todo caso, una variante más de los intentos de estabilización que muchos países —y la propia Argentina— ensayaron en las últimas décadas.

La diferencia, como muestra el último informe de la consultora CIMA distribuido este martes elaborado por los economistas Agustín Soliani y Franco La Rocca, no sólo está en el ajuste fiscal, ni mucho menos en la retórica y la verba inflamada. Está en algo más simple y mucho más determinante: de dónde salen los dólares que sostienen el programa.

Ahí es donde la historia de experiencias más o menos cercanas a la de Argentina, empieza a dividir aguas. Los países que lograron estabilizar sus economías —desde Israel en los 80 hasta varias economías asiáticas tras la crisis de fines de los 90— tuvieron un rasgo en común según este informe de CIMA: generaron rápidamente superávit externo o lograron atraer inversión productiva que sostuvo el proceso. Es decir, construyeron un puente sólido hacia la estabilidad. Lograron confianza interna y externa y por sobre todo, un acuerdo político casi pleno para ir por la gesta.

Los que fracasaron hicieron otra cosa. Financiaron ese puente con deuda, con capitales financieros considerados volátiles o con meras expectativas. Y ese puente –así llaman ambos economistas al reaseguro conseguido en recursos para sostener el andamiaje de reformas–, tarde o temprano, se cayó.

En Argentina conocemos muy bien esa película que ya lleva más de medio siglo de estrenada. La famosa tablita de Martínez de Hoz, la convertibilidad de los 90 y el último intento estabilizador gradualista de Mauricio Macri comparten un común denominador al decir de los expertos: atraso cambiario, ingreso de capitales, sensación de estabilidad inicial, y una crisis cuando el financiamiento se corta.

Aunque no lo digan taxativamente, Soliani y La Rocca sugieren que el problema no es ideológico, sino estructural. En ese esquema, el plan de Milei muestra una particularidad que no tranquiliza del todo: corrige uno de los errores históricos —el déficit fiscal— pero todavía no resuelve el otro, que es igual o más decisivo: la fragilidad externa. Hoy el programa descansa en un equilibrio delicado.
No hay superávit de cuenta corriente. Los economistas explican que se trata de una situación económica clave y vital para un programa que se precie como tal; esto es exportar más de lo que se importa; vender más de lo que se compra, lo que termina generando un saldo positivo en la denominada balanza de pagos.

A esto se suma que la inversión extranjera directa no aparece con fuerza todavía. Y el financiamiento llega, principalmente, por deuda del sector privado y colocaciones financieras como las anunciadas en las últimas horas por el ministro Luis Caputo.

Por eso CIMA advierte que el puente existe, pero no es sólido. El Gobierno de Milei apuesta a que ese vacío se complete con exportaciones futuras —energía, minería, agro— y con el régimen de incentivos a las grandes inversiones que le permitirían al país alcanzar la cifra de los 100 mil millones de los que el propio Caputo habló ayer en un foro económico. Pero el problema es de tiempos: los dólares no llegan hoy. Llegan, en el mejor de los casos, dentro de varios años.

Y la política, como la economía, no espera. Porque lo que se termina es la paciencia, una de las condiciones clave para el plan para que las transformaciones se asienten y se mantengan. “El gobierno tiene que corregir el déficit de cuenta corriente y pasar a superávit para acumular reservas legítimas y así mostrar la sustentabilidad de largo plazo del programa. Los ejemplos del mundo demuestran que es difícil que un país logre estabilizarse sin superávit de cuenta corriente, con el agravante argentino que no tiene moneda, ni un mercado que quiera financiarlo haciéndolo casi imposible”, dice el informe de CIMA. Cómo compatibilizar las expectativas del mercado con la tolerancia social, una de las patas débiles de todo el cuadro.

El otro elemento que agrava la situación, de acuerdo con Soliani y La Rocca, es la tentación política de prometer resultados inmediatos. La Argentina reciente está llena de esas frases que al escucharlas o leerlas invitan a una apuesta de fracaso, tales como una inflación controlada en meses, o la pobreza en retroceso rápido y que terminan jugando en contra del propio programa.

No porque el plan esté necesariamente mal diseñado, o no sólo eso; sino porque genera expectativas que después no puede sostener. El propio informe lo sugiere sin vueltas: los planes que fracasan no son los que ajustan demasiado, sino los que prometen demasiado rápido.

La conclusión, entonces, es menos épica y más incómoda. El plan de Milei puede ser, como sostiene el Gobierno, uno de los más consistentes en décadas en términos fiscales. Pero todavía no está claro que haya resuelto el problema que históricamente hizo caer a todos los demás. Y todo indica que ese problema siempre tuvo el mismo nombre: los dólares. “Comprar dólares y acumular reservas sin importar el tipo de cambio, tolerando una inflación moderada, es el único camino sensato y virtuoso para generar el puente a la financiación externa, la inversión extranjera, y finalmente al progreso económico sostenido”, cierran los economistas de CIMA.

¿Mendoza ha tomado nota de todo este fenómeno? “Sin estabilidad, los instrumentos de política económica de las provincias son menores”, dijo ayer Alfredo Cornejo en el mismo foro en donde antes había disertado Caputo, en un intento más por posicionarse en otro lugar: en ese que reconoce que los dólares no están y que hay que ir a buscarlos. Por eso ratifica aquello del equilibrio fiscal sostenido, el control del gasto, reglas más previsibles y el discurso explícito para convertir a Mendoza en un destino confiable para la inversión en minería y energía.

No es menor. Es, en los términos del propio informe de la consultora porteña, intentar construir el “puente bueno”. En ese trabajo se rescatan las experiencias exitosas de Chile, Polonia e incluso Paraguay en su escala: la inversión que sirve no es la que entra rápido. Es la que se queda. La que produce. La que exporta.

También está claro que ninguna provincia puede compensar por sí sola una macro frágil. Y ninguna estrategia local reemplaza la necesidad de un programa nacional consistente en el frente externo. Pero sí puede hacer algo más sutil: anticiparse como ya lo hicieron otras aprovechando sus diferencias particularísimas. Diferencias que Mendoza tuvo y tiene, aunque todavía no le saca el provecho que prometen.