“Hay que terminar con esa idea de que somos un país de mierda, fracasado”. El textual es de Sergio Massa, el ministro candidato del oficialismo nacional para las PASO del domingo. Lo dijo este martes en la fábrica de electrodomésticos Liliana, en Santa Fe, en uno de los tantos actos que está protagonizando como cierre de la campaña electoral.
Es, cuanto menos, temerario, afirmar que los argentinos o gran parte de ellos pueda llegar a tener la idea de que vive en un país de mierda. Es probable que alguien así lo piense, crea y sostenga. La generalización de Massa hace ruido, molesta y hasta, en algún punto, puede llegar a enojar y ofender porque Argentina no es un país de mierda, claramente.

Ni siquiera lo es para la mayoría de los argentinos que decidió irse en la última oleada de emigración cuasi masiva, que todavía está vigente, viva y coleando, ni tampoco para aquellos que se fueron en aquella crisis de hace veinte años, la que pasó a la historia como la de la debacle del gobierno de la Alianza, la época del “que se vayan todos”.
El fastidio y, en todo caso, la impotencia, que, efectivamente, forman parte del mal humor existente –todo así lo indica– ha sido producido por el fracaso tras fracaso de una dirigencia que no ha estado a la altura del enorme problema argentino conduciendo a los millones de habitantes que forman parte de la sociedad a un estado de frustración constante.

Esa situación generalizada parece conducir, otra vez, a ese estado de ánimo de fines del 2001. Javier Milei ha visto algo de eso cuando, sabiéndose ganador y triunfante en ese río revuelto, casi anárquico, muchas veces, animado por ese sentimiento que embarga a más de uno por haber probado con uno y le fue mal, por haber probado con otro, y le fue también mal –con referencia a las dos ideas que han dominado el escenario por casi cien años a esta parte–, decidió cerrar su campaña con el famoso –e inconducente a la vez– “que se vayan todos”.

El fracaso está en la dirigencia y en esa falta de decisión política y convicción para encarar las transformaciones de fondo que la han acompañado como una marca. El fracaso está en que buena parte de esa dirigencia –con ideas, por mucho tiempo, hegemónicas, con el aval de la mayoría de la sociedad– ha seguido durante décadas un modelo basado en la promesa eterna y permanente de que los tiempos mejores están por llegar; y que si no lo han hecho es porque otra dirigencia, supuestamente adversaria e individualista y egoísta, se lo ha impedido; sumado a las guerras, las pandemias, las catástrofes, los sabotajes, los fraudes, el FMI y unas cuantas supuestas razones más. Porque eso de reconocer malas praxis o equívocos es un territorio desconocido e inexplorado, inexistente, bien se puede decir para esa dirigencia. Salvo como ocurrió este martes para el ministro-candidato, en el mismo acto en el que habló contra los que, supuestamente, tienen la idea de que estamos en un país de mierda, esbozó una autocrítica por la caída del salario y el proceso inflacionario: fue porque se decidió emitir más para gastar más y sostener el empleo a costa del poder adquisitivo de los salarios, según lo que, más o menos, dijo.

Tampoco sería correcto afirmar que toda la dirigencia es de mierda, como tampoco los medios ni todos los periodistas ni todos los empresarios ni todos los docentes, médicos, policías, etcétera, etcétera.

Pero no se estaría muy alejado de la realidad, por lo que ha sucedido a lo largo de los años, que hubo un serio problema en el método y en la elección de las medidas más adecuadas y necesarias para afrontar las crisis. La falencia pudo haber estado focalizada en la falta de coraje y convicción para ir por donde fueron los casos similares o parecidos a Argentina que, a lo largo de un tiempo de sacrificio y dolor, pudieron asomar la cabeza. Esa ausencia de firmeza, como la que se evidenció al comienzo de la gestión de Rodolfo Suarez en la provincia, con esa vía que se abrió para darle una posibilidad o chance a la minería a gran escala sustentable y bajo el férreo control del Estado, les ha arrancado a muchas generaciones del país la oportunidad de explorar otros escenarios de realizaciones económicas y hasta culturales, también.

A todo esto, ¿por qué no imaginar o pensar que en vez de equívocos o de falta de firmeza y de convicciones para asumir y pagar los costos de las medidas necesarias, esa clase de dirigencia política, la que ha dominado a lo largo del tiempo, a la que le tocó en gracia dirigir y conducir el país, se haya ceñido a una receta que lo único que garantiza es el estado de situación, sin cambios, sin saltos, aunque con más desazón y decadencia? ¿No es posible, acaso, que haya sucedido eso? ¿O será que se trata de un pensamiento de mierda?