Ilustración: @ElGolDeBedoya

Tenés que dejar de comer harinas, dulces y grasas. Son ricas, sí, pero todos sabemos cómo termina. Son tantos los gustos que te diste, que tu calidad de vida es una porquería. No existe el gordo saludable. Es una mentira. Detrás de esa imagen supuestamente feliz, sos una bomba de tiempo que, tarde o temprano, explota. Y tus últimos análisis los dejaron en claro: vas camino al cementerio.

Conocés perfectamente qué tenés que hacer para terminar con tus dramas. Más ejercicios, vida sana y abandonar esos gustitos; al menos hasta que tus niveles alarmantes te liberen para algún que otro permitido. Pero, ojo, siempre recordando por la desdicha que pasaste.

El discurso de Luis Caputo fue el de tu médico. Te dijo exactamente todo lo que sabías y no querías escuchar. Buscabas que te endulzaran los oídos como en los últimos 20 años. Y no. Quizá ahora entiendas que la pizza era muy barata y que estabas consumiendo chocolates berretas.

La duda es determinar si aún estás a tiempo de recuperarte. La receta es la correcta. La única. Es atacar las causas, como dijo el ministro de Economía. El tema pasa por ver qué tan dañadas están tus arterias.

Las cuentas del país se asemejan a la vida cotidiana. A veces es necesario usar ejemplos del llano para comprenderlas de manera cabal. Todo lo demás es verso de falsos mesías o exégetas que se paran desde un umbral de impunidad, a sabiendas de que nadie los juzgará o cuestionará por sus análisis complejos y, con frecuencia, desacertados.

Las medidas anunciadas gozan –lamentablemente es así- de absoluta coherencia. Es un sincericidio político en un país acostumbrado a relatos demagógicos y que, fieles a los manuales del populismo, buscaban enemigos imaginarios para lavar allí las culpas propias. En otras palabras: nadie te obligó a comerte una docena de medialunas por día.

Lo hiciste porque quisiste; porque pensabas que no iba a pasar nada y porque, después de tanto tiempo, se había convertido en una adicción.

Así le pasó a la Argentina, con diferentes modelos. Desde la convertibilidad y el uno a uno al compre, compre, que total, tarde o temprano, el Estado te tirará un salvavidas. El problema es que el Estado somos todos. Y la fiesta, que supuestamente era gratis, salió carísima. Peor aún: los únicos que no pudieron entrar y disfrutar al menos un rato, seguirán viéndola de afuera, cada vez más. Por eso es lógico que, entre los dichos de Caputo, aparezcan asistencias para los más relegados.

Fue un mensaje directo a los gerentes de la pobreza. A los gremialistas millonarios a costa de trabajadores pobres. A los partidos de Izquierda que buscan la violencia social. A los que hicieron de los piquetes una empresa rentable a fuerza de extorsionar a los más necesitados. A los empresarios prebendarios. A las contrataciones truchas para financiar las cajas políticas. A los ñoquis y a los acomodados. A las universidades sin antecedentes académicos que son pantallas de cajas monstruosas. A todos ellos, se les cortó el chorro. O al menos el relato pasó por ahí.

Caputo no se alejó ni un centímetro de lo prometido por Javier Milei en campaña. Fue lo que lo llevó a ganar el balotaje con el 56 por ciento de los votos. Una propuesta disruptiva. Dijo lo que iba a hacer, que el ajuste sería brutal, y aún así le ganó al mejor vendedor de autos usados; al que lo lavó y lo lustró sabiendo que por adentro estaba fundido.

Pero, en este caso, el médico tendrá que convivir con el paciente. Tendrá que educar con el ejemplo. No hay espacio para ningún desliz. Porque más allá de la perorata de la casta, el éxito o no de estas medidas dependerá de un gobierno que deberá ser coherente hasta en el mínimo detalle. Si realmente quiere a una sociedad dispuesta a hacer el sacrificio, tendrá mostrar el camino. Y recorrerlo a la par.