“Los primeros seis meses de Cobos”. Bajo ese título, pareciera que debo escribir una corta historia que comienza el 10 de diciembre del año pasado. No puedo. No debo. No quiero. La historia comienza bastante antes. Tanto que algunos se sorprenderán y pensarán que mi historia tiene algo de fantasía. Ni un miligramo, lo juro. Pura realidad. Pura, dura, trágica y patética realidad. Era un 1 de marzo del 2005. Asamblea Legislativa en el Congreso de la Nación para escuchar el mensaje del presidente Néstor Kirchner. Senadores, diputados, ministros, embajadores y la mayoría de los gobernadores.

    Entre ellos, el de Mendoza, que apenas terminado el discurso recibió del propio Kirchner la invitación a subirse en minutos al Tango 01 que los llevaría a Uruguay para asistir a la asunción de Tabaré Vázquez. ¿Sorpresa? Sí, para Cobos, que si bien ya tenía varias horas arriba del Tango (16 días en China, por ejemplo), nada sabía de esta invitación. Obviamente que nada de sorpresa para Mr. K, para quien esto no era más que un paso en su plan de “acumulación política” que empezaba a despuntar. Esa tarde, paseando por la rambla uruguaya, comenzó a articularse el plan que enlaza la historia con estos primeros seis meses.

    Allí, de manera implícita para algunos, o explícita para otros, la manzana de Adán tomó forma de Concertación con vicepresidencia de la Nación incluida. La propuesta era difícil de rechazar. Todos ganarían al final de la película. El pueblo argentino tendría por fin un proyecto progresista, eficiente, honesto, profundamente federal. El sistema político dejaría atrás la partidocracia del bipartidismo que tanto daño había hecho. Las instituciones de la República se verían fortalecidas por el aire fresco de una nueva dirigencia exitosa.

    Mendoza, cuna de la transversalidad, florecería en obras y acciones conjuntas con la Nación. Los amigos del muchacho ocuparían importantes cargos y funciones en la próxima etapa y, cual beso de la heroína en la escena final, el muchacho se sentaría en la Presidencia del Senado para compartir el poder, la gloria, el respeto y consideración del pueblo. Cual si fuera un libro, los invito a saltear varias páginas. Por conocidas y aburridas. Por dolorosas para mí, porque son las páginas de la destrucción de la UCR con elección perdida incluida. Ahora sí, vamos a estos seis meses. Del proyecto progresista sólo quedan los símbolos, como el llanto en cada acto de derechos humanos.

    De la eficiencia, allí está la caída de todos los índices macro y macroeconómicos en los últimos 90 días, fruto de un conflicto absurdamente potenciado por la soberbia oficial. De la honestidad –tema que me ofrezco a ampliar a cualquier lector que necesite pruebas y datos–, quedan las 22 denuncias penales a Jaime, los sobreprecios de Planificación, Skanska, Greco, el decreto que prorroga el juego hasta el 2032, la valija de Uberti, los subsidios escandalosos y, en los últimos días, lo del Tren Bala, que amenaza con dejar a Yaciretá como una anécdota municipal. Del federalismo, lo que queda son los artículos de la Constitución que se siguen enseñando en las Facultades de Derecho.

    El sistema político sí que se reformuló. Dejamos atrás al bipartidismo para ir hacia el nipartidismo, el del PJ oficial que disciplina a propios y extraños a través de satélites que en el lenguaje de la época se llaman “colectoras”. ¿Y las instituciones? Bien, gracias. El Ejecutivo rebosante de superpoderes. El Legislativo encadenado por una abrumadora mayoría que lo mantiene ausente de toda ausencia, y el Judicial que, confesión de los propios jueces, vive presionado para no investigar ni fallar en contra del poder.

    Por supuesto, nunca hubo una dirigencia fresca y nueva para oxigenarlas, y si para muestra basta un botón, allí está la carnicería que hicieron con Martín Losteau, una posibilidad de renovación que, obviamente, no aguantó tanta podredumbre. Mendoza. Capítulo aparte. Porque todo lo malo podría haberse disimulado si la provincia y sus habitantes hubieran recibido ventajas de esta historia. Al fin y al cabo, cuando en privado algunos exégetas del transversalismo sinceraban el discurso, reducían la supuesta epopeya a que “Mendoza se beneficiaba”. No sólo nada de eso ocurrió, sino que, incluso, en la comparación con otras provincias, nunca logramos salir de “la tabla de promoción”, es decir, de aquellos últimos lugares en los que se condena a los enemigos o a los… (dejo el calificativo a consideración del lector).

    El nuevo gobierno debía terminar con eso. Un vice con oficina en la Rosada sólo para gestionar obras y remesas, y un gobernador del mismo palo “tirando juntos” en beneficio de los mendocinos era una foto memorable. La mesa estaba servida y sólo había que traer las fuentes con el menú. Seis meses más tarde, el espectáculo es desolador. Nada por aquí, nada por allá. Las megaobras de los anuncios (Portezuelo, Trasandino, Los Blancos, Gasoductos, Comahue-Cuyo) sumidas en lento trajinar burocrático.Nuevas obras, medianas o pequeñas, no se conocen. Y, lo que para algunos, como quien esto escribe, es lo más grave, la relación fiscal pasando por su peor momento en muchos, pero muchísimos, años. No se recuerda otra época en que la Nación se quedara tan groseramente con recursos de Mendoza.

     Sólo entre regalías petroleras, impuesto al cheque, ATN, y fondos previsionales, estamos perdiendo más de 1.500 millones al año, es decir, 25% del presupuesto. De la foto del vice y el gobernador tirando juntos, pasamos a la foto de ambos… tirándose denuncias, insultos, cizañas y con rencores de nunca acabar. Volvamos a la rambla uruguaya. ¿Que quedó en pie de aquella propuesta tentadora? Pareciera todo reducido a una cuestión puramente personal. Ser vicepresidente para compartir el poder y la gloria.

    ¿Vale la pena seguir escribiendo? En la Argentina de estos tiempos, el poder no se comparte con nadie. Es un bien ganancial y “los de afuera son de palo”. Cobos también. No tiene que ver con sus buenas intenciones. Es más, soy testigo de que ellas existen, como aquella vez que, compartiendo una propuesta mía, promovió sinceramente la presencia del entonces ministro Losteau al Senado, para asumir públicamente la condición de autoridad de aplicación de una ley de promoción económica que estábamos discutiendo. El resultado fue lapidario.

    Enterada la presidenta de “tamaña indisciplina”, pasó una topadora por sobre todos nosotros. La autoridad de aplicación fue De Vido, Losteau comenzó su caída libre, la oposición ninguneada… y Cobos desautorizado, al punto que, a partir de allí, no invitó nunca a más nadie del Ejecutivo. Quizás esta anécdota sea de por sí ilustrativa de estos primeros seis meses, pero me parecía insuficiente para explicar algo que es mucho más que una anécdota.

    Julio Cobos no puede ser evaluado desde lo personal. Es más, a pesar del abismo que me separa de él, no he cambiado mi apreciación personal respecto de sus virtudes. Pero está claro que él es sólo un pequeño engranaje de una maquinaria de acumulación política y económica que tuvo su momento de gloria un tiempo atrás, que está empezando a decaer por estos días, fruto de sus propios vicios, y que se va a terminar de caer cuando la sociedad argentina se harte de ella y los opositores nos decidamos a construir una verdadera alternativa progresista y republicana.