La serie 1883, con la que Taylor Sheridan logró darles a los fanáticos de Yellowstone (Paramount) la continuidad de una saga extraordinaria y magnífica basada en la accidentada y a la vez exitosísima historia de los Dutton y su rancho en Montana –en este caso, bajo el formato de una precuela–, bien podría ser el espejo en donde la Argentina, si se mirara a través del mismo, quizás hallaría algunas de las claves posibles que le permitirían, por qué no, detener y corregir ese viaje hacia la nada misma o, peor aún, hacia las profundidades del mismo infierno, a las que parece conducirse desde tantos años a esta parte y a las que nunca llega, además, haciendo eterna la agonía.
Casi un siglo y medio antes del gran presente del rancho Yellowstone, en la serie del mismo nombre, los antepasados de John Dutton (Kevin Costner), recorren medio Estados Unidos desde una empobrecida Texas con dirección noroeste, hacia la zona de las Grandes Llanuras, en Montana, donde terminarán estableciéndose. No están solos: los acompaña un grupo de sufridos colonos europeos, particularmente, alemanes e irlandeses, que han llegado al Nuevo Mundo huyendo de las miserias de sus países y persiguiendo un sueño de libertad. La inmigración desde el este hacia el oeste es una de las más impresionantes de la historia americana, pero se van introduciendo en un territorio indomable, incierto, peligroso, y en ese viaje hacia la realización y la libertad van a sufrir y ¡vaya!, cuánto sufrirán.
En el camino, la caravana de los Dutton y los inmigrantes se encuentran de todo. Deberán lidiar con ladrones, bandidos de toda laya, asesinos buscados por la justicia, indios hostiles, oportunistas y encantadores de serpientes. Cruzarán montañas y cañones, pasarán hambre y les costará horrores encontrar agua. Algunos van a Oregon, el destino final, pero los Dutton se establecerán en Montana, en un valle soñado elegido por la hija del patriarca, la que encontrará la muerte tras ser herida por la flecha de un nativo. Es el lugar, en concreto, que el jefe de una tribu amigable le ha aconsejado para establecerse y en el que podrá descansar eternamente su hija. Es el lugar en donde, le asegura el cacique a James (el protagonista de la serie), “un hombre que planea puede prosperar”. A lo agrega: “Pareces un hombre que planea”.
En el viaje, la familia Dutton perderá parte de sus integrantes y algunos colonos perecerán en el camino, plagado de adversidades. Las mayores dudas asedian al grupo cuando deben decidir entre cruzar un río, probablemente, uno de los afluentes del Misuri, del que desconocen su profundidad, las corrientes internas y el lecho, posiblemente cubierto de una greda muy peligrosa que no permite la marcha de las carretas. Y así, se van perdiendo integrantes. No todos llegarán a destino. De donde vienen, el mundo se les presenta inviable y sin futuro, por eso saben adónde van y qué es lo quieren y lo que buscan, convencidos de que nada se les presentará gratis y que el precio que tienen que pagar será alto, plagado de sacrificios y sinsabores. Pero la luz que ven hacia el final del camino los alienta a seguir y a intentar los desafíos.
Una vez más, como sucede siempre con los ciclos de cambios, correcciones, ratificaciones o confirmaciones de los rumbos que permite el sistema democrático, los argentinos nos encontramos frente a un momento de decisión clave: ratificar la dirección tomada o dar un viraje. El viraje no significa necesariamente cambiar de monta y de montura; pero sí supone, indudablemente, tomar un camino diferente de lo conocido. Supone asumir los riesgos y los peligros de los Dutton y compañía camino a la libertad y las realizaciones. Y quien esté dispuesto a guiar la caravana, se tendría que ganar ese derecho no sólo bajo el juramento de hablar con honestidad y verdad, sino dando garantías de tener la fortaleza y dignidad de asumirlo.
Pero, más que dar con el equipo de gobierno y de ideas, planes y proyectos correctos, los votantes primero tendrían que convencerse, al menos, mayoritariamente, de saber adónde ir y exigir por ello. Esto significa que se encontrarán no una, sino decenas de adversidades y, por sobre todo, sacrificio. Bien se podrá decir, en medio de las meditaciones y recogimientos intelectuales previos al momento de elegir, que ya se ha sufrido mucho y que no hay margen para más dolores. Es cierto también. Pero el país debería focalizarse en convertirse, de una buena vez, en adulto y dejar la adolescencia eterna en la que sobrevive, imaginando y soñando con salidas mágicas y promesas infantiles. El persistir siempre con lo mismo nos ha ubicado en el lugar en el que estamos, aferrados eternamente a una madera que no nos permite respirar con tranquilidad ni hundirnos definitivamente. Cambiar por un plan serio supone, también, construir una base sólida en donde asentar las transformaciones estructurales que se necesitan. Y no es gratis. No lo era cuando el país todavía no había llegado a tales índices de miseria, hambre, pobreza y de ausencia de proyectos. Tampoco lo es ahora, pese a que se diga, y con razón, que se ha sufrido lo suficiente para conquistar, ahora, el desierto.
“No sabía nada sobre los horrores que se escondían entre las sombras de la libertad”, reflexiona el héroe y protagonista de 1883, cuando se da cuenta, cuando se convence definitivamente, de que no podrá esquivar, ni mucho menos doblegar, la desgracia. Tras ello, se habrá ganado parte del cielo que ha buscado para su familia; un cielo que, de todas maneras, le seguirá deparando sorpresas y esfuerzos adicionales para mantenerlo. Como todo, porque nada es gratis ni duradero si no es a base de algo a cambio.
