El derrumbe del kirchnerismo recién se produjo en toda su magnitud cuando convergieron dos de las variables que el electorado argentino suele considerar determinantes a la hora de poner fin a un ciclo político: la corrupción y la crisis económica. Hacia finales de 2015, la combinación de ambos factores se había vuelto inaceptable para una mayoría social que decidió clausurar en las urnas aquella larga etapa de gobierno, reconocida en el populismo K.
El breve ciclo de Mauricio Macri tampoco logró sostenerse. La crisis de confianza y la inestabilidad monetaria terminaron por condicionarlo de manera decisiva. Sin embargo, entre las PASO de 2019 y las elecciones generales de ese mismo año, el propio Macri confesó haberse sentido “un profeta” por el trato que recibía en cada una de las ciudades que visitaba en un intento, finalmente infructuoso, de modificar un desenlace que parecía escrito de antemano. Él mismo diría luego que debió imprimirle otra emocionalidad a su gestión para persuadir de que se iba por buen camino pese a las penurias. Pero empezó, claramente, tarde. La bronca mayoritaria le ganó en gran medida a la sensatez republicana.
Y el último intento del kirchnerismo, exitoso en su regreso al poder en 2019, concluyó apenas cuatro años después por haber llevado al país a una de las peores crisis económicas de su historia reciente, al borde de una hiperinflación que, de no haber sido contenida, podría haber desembocado en una situación semejante a la vivida entre fines de los años ochenta y comienzos de los noventa.
El gobierno de Javier Milei parece encontrarse hoy en el punto exacto en el que debe tomar una decisión de la que depende buena parte de su futuro político; en definitiva, la posibilidad de un nuevo mandato, algo que el propio presidente ha reconocido como objetivo. Si las elecciones fueran ahora, la administración libertaria debería enfrentarse a errores propios que encierran un problema todavía más delicado que sus consecuencias electorales: la negativa a admitirlos.
Y a una velocidad mucho más acelerada que la observada durante los años del kirchnerismo, la combinación entre la ausencia de resultados económicos perceptibles para amplios sectores de la sociedad y una sucesión de episodios de corrupción cada vez más resonantes comienza a configurar una amenaza seria para el oficialismo. La historia reciente parece estar advirtiéndole a Milei sobre los riesgos que enfrenta.
Por el lado de la corrupción, el panorama es cada vez más complejo. El todavía irresuelto caso Libra, que tuvo al propio presidente como protagonista; las denuncias por presuntas coimas en la Andis; el posible enriquecimiento ilícito que involucra al jefe de Gabinete Manuel Adorni; y el reciente escándalo desatado en Arsat, con “la banda de los mendocinos” como protagonista, han terminado por erosionar gran parte del capital moral con el que Milei llegó a la Casa Rosada y desde el cual buscaba diferenciarse del kirchnerismo.
Pero la economía tampoco termina de despegar. Y allí reside una de las principales preocupaciones para el oficialismo. Los resultados todavía no llegan con claridad al terreno donde los votos cuentan más que en ningún otro lado: la vida cotidiana de la clase media, que junto a los sectores más vulnerables fue decisiva para que Milei alcanzara el poder. La estabilización de la macroeconomía constituye, sin duda, un logro relevante. Existen incluso señales puntuales que sugieren que el rumbo elegido podría ser el correcto. Sin embargo, el tiempo comienza a transformarse en un adversario para el Gobierno en la variable más sensible de todas: el bolsillo.
Tampoco puede ignorarse una característica histórica del electorado argentino. La sociedad suele inclinarse por quien la está gobernando cuando percibe prosperidad o tranquilidad económica, sin importar demasiado su identidad política. Durante varios años, la bonanza económica del kirchnerismo redujo al mínimo la capacidad de daño de los escándalos de corrupción. Las denuncias acompañaron a ese espacio prácticamente desde su nacimiento, casi como una marca de origen. Pero el poder recién comenzó a resquebrajarse cuando aparecieron la inflación, la incertidumbre y el deterioro social como preocupaciones centrales de la población.
El clima generado por las acciones, omisiones y decisiones del gobierno de Milei —muchas de ellas necesarias y reclamadas por amplios sectores de la sociedad—, pero sin los resultados esperados hasta ahora, agravado además por un creciente número de irregularidades que rodean áreas sensibles de la gestión, extiende sus efectos más allá de la Casa Rosada y sume en la incertidumbre a socios y aliados políticos.
En ese lote viaja el gobierno de Alfredo Cornejo, que seguramente ya se prepara para hacer equilibrio y mantenerse a flote frente al temporal político-electoral que podría avecinarse si el escenario nacional no logra revertirse.
Cornejo y el largo ciclo político que ha liderado durante más de una década, con el desgaste inevitable que impone el paso del tiempo y también con debilidades generadas por sus propias decisiones, deberán prepararse para ese eventual cimbronazo. El Gobierno provincial espera los primeros indicios de un cambio de clima que podrían llegar con el inicio de la construcción de PSJ Cobre Mendocino en Uspallata y con buena parte de las obras financiadas por el Fondo del Resarcimiento ya en marcha. No sería extraño que ambos procesos coincidan con el comienzo de la campaña electoral de 2027.
Cornejo podría abandonar el poder dejando detrás un conjunto de realizaciones y promesas cuyos frutos terminarán siendo cosechados por otros. Si alguien sabe de esas paradojas es el propio gobernador. Por estas horas seguramente ya estará buscando el argumento preciso y el mensaje adecuado para convencer al electorado que lo acompañó durante años de que el recorrido valió la pena.
Claro que para llegar hasta aquí, además de los objetivos alcanzados y de los logros que efectivamente fue acumulando en el camino, contó también con una oposición que se fue diluyendo hasta volverse casi invisible. Una oposición que, más que construir una alternativa propia, terminó depositando gran parte de sus expectativas en el fracaso ajeno.
Y la historia demuestra que apostar únicamente al fracaso del adversario suele ser una estrategia tan riesgosa como gobernar creyendo que los problemas económicos o los escándalos de corrupción, por separado, nunca alcanzarán para pasar factura.
