La economía ofrece mejoras a cuenta gotas: el crecimiento apenas muestra unas milésimas en positivo mes a mes, lo suficiente como para que no se decrete la recesión; los precios de los productos se mueven en un soporífero 2 por ciento mensual, más o menos demostrando lo tortuoso que ha significado el camino de la lucha antiinflacionaria, aunque muy lejos de aquellos 20 puntos de fines de 2023 y comienzos de 2024, todavía tan frescos en la memoria de muchos. Lo propio ocurre con los salarios: no suben lo justo y necesario, pero tampoco se han desbarrancado como para provocar un cataclismo del sistema. El consumo se mueve a fuerza de anabólicos digitales, tales como el Cyber Monday, promociones varias y productos buenos y no tan buenos y baratijas que provienen desde el exterior; la infraestructura social básica se arrima peligrosamente al desastre total, pero sin llegar todavía a la colisión fatal, a fuerza de revoques, parches, bacheos transitorios y ataduras con alambre; el ánimo está por el piso y la paciencia, en niveles mínimos.

Mientras tanto, el fantasma del mercado, ese que componen personas bien o mal intencionadas, empresas grandes, fuertes y poderosas junto a otras ínfimas, inversores, aventureros, especuladores, cazarrecompensas y oportunistas, mantiene el dólar a raya, manda a volar de tanto en tanto el riesgo país hoy arriba de los 800 puntos y las tasas en niveles más o menos elevados, como para no asegurar riquezas extraordinarias en el mundo de la timba, pero tampoco habilitar salidas saludables hacia el crédito productivo. Las presentaciones en el RIGI son, por ahora, eso: presentaciones de promesas multimillonarias de inversiones capaces de mover la aguja de verdad, a la espera de una mayor confianza. Pero tampoco el RIGI pasó a ser una herramienta neutra o inútil, como algunos pronosticaban. Está ahí, latente, en estado embrionario, con un nacimiento que se posterga. Y así transcurren las cosas, muchas, casi todas, en el mundo libertario inaugurado por Javier Milei a fines de 2023.

Milei consiguió estabilizar el país y la economía, si se quiere, pero en un punto que no ha dejado conforme a nadie. Sin embargo, esa estabilidad que molesta, que genera insatisfacciones e incluso incertidumbres por todos lados, tampoco ha conseguido, a esta altura del partido que se juega en el país del péndulo, una alternativa política y electoral capaz de ofrecerle a la inconformidad una salida. Esa es una gran diferencia a lo ocurrido en el pasado reciente cuando a esta altura del gobierno ya aparecía algo por el horizonte que lo amenazaba.

Allí, en ese fenómeno de orfandad de discursos opuestos a Milei que contengan algo más promisorio que lo que el propio presente y la oferta libertaria aplican y ejecutan, se encuentra buena parte del éxito de la administración. El mayor activo que hoy parece tener el gobierno es haberse hecho fuerte en una colina desde donde lo que se alcanza a ver hacia el futuro está íntimamente ligado al pasado, ese que sigue estando muy presente en buena parte de la sociedad.

Así lo determinan las encuestas y los sondeos, incluso los más cercanos a sectores de la oposición: Milei cae en la consideración pública, pero, aun así, si las elecciones fuesen hoy, tendría grandes chances de ser ratificado y reelegido. Y lo que aparece como distinto a Milei, pero con la promesa de mantener buena parte de lo conseguido por Milei, proviene del mismo ecosistema libertario o de derecha y centroderecha, representado, por caso, por Patricia Bullrich. Lo opuesto, identificado en Sergio Massa, Axel Kicillof y la propia Cristina Fernández de Kirchner, la que fantasea deliberadamente con una candidatura que hoy tiene vedada por su condena en una de las conocidas causas de corrupción que la involucró, no es otra cosa que la prueba más clara y fehaciente de la falta de renovación y de la permanencia de una clase dirigente emparentada directamente con el fraude colectivo, seguida de una claque que ya fue condenada en las urnas por los mismos insatisfechos de hoy, que tienen sobradas razones para estarlo.

Quienes observan este fenómeno con sagacidad y se preguntan, como tantos otros con sentido común, qué podría romper ese estado de cierta comodidad en el que navega un gobierno sitiado por una comunidad insatisfecha, pero que no encuentra triunfos en buena parte de aquello que el oficialismo profesaba, no ven hoy esa respuesta en la política ni identifican una solución que provenga de una dirigencia a la que se observa, cuanto menos, inútil para semejante tarea. Entonces se estira la espera y se busca la mejor posición en medio del adormecimiento.

¿Será la visita de León XIV ese punto de inflexión? El líder de la Iglesia católica y del Vaticano aterrizará en la Argentina el próximo domingo, munido de un discurso elaborado sobre la base de la Doctrina Social de la Iglesia y de muchas de aquellas ideas que Milei y su dogmatismo rechazan, como sus críticas a la inteligencia artificial, por caso. Todo lo que Milei ha enfrentado. El papa puede que derrame no sólo un manto que tenga el efecto de revitalizar la fe cristiana y de una tradición católica de la sociedad argentina que se ha ido, como tantas cosas, diluyendo y desvirtuando. Es probable que, además, refuerce la crítica a la insensibilidad social con la que parece estar gobernando al dejar en manos del mercado los sectores que alimentan el empleo y acercan mes a mes el ingreso de características populares a los sectores medios y medios bajos del país.

En Mendoza se despliega el mismo manto nacional, con sus contras y sus pros. Las primeras van de la mano de la insatisfacción y de la caída en la valoración que los mendocinos tienen sobre las dos administraciones, la nacional y la provincial. Los segundos tienen que ver con aquello mismo que tranquiliza a la gestión Milei: la ausencia de una oposición competitiva. Claro que, dentro de las particularidades que se observan claramente en Mendoza y que amenazan el poder de Cambia Mendoza, aparece una propuesta originada en la misma costilla partidaria, personificada en el diputado nacional Luis Petri.

Las diferencias con el ámbito nacional y con la administración de la macroeconomía se observan, en cambio, en el manejo cotidiano de las herramientas con las que cuenta Mendoza y que se utilizan con la expectativa de que le permitan al gobierno de Alfredo Cornejo contener, al menos en parte, todo aquello que pueda afectarlo política y electoralmente. El uso y el destino de importantes sumas de dinero público al mantenimiento de la obra pública son una prueba.

Ayer nomás, desde Hacienda se divulgaba una serie de medidas de alivio fiscal para las pymes, que constituyen el alma y el corazón del empleo en la sociedad y que han sido golpeadas por el parate y la caída del consumo. El tiempo dirá si la suspensión de los embargos, las facilidades de pago para las deudas impositivas, la difusión de un plan de 18 meses para cancelar esas obligaciones, la disminución de intereses y la posibilidad de utilizar los créditos a favor surgidos de impuestos como Ingresos Brutos y Sellos permitirán el despegue de algunas de ellas o evitarán la caída de las más comprometidas. Sin dudas, son herramientas de alivio, pero están lejos de constituir una solución de fondo.

Desafíos, advertencias, mantos de preocupaciones variadas y una interpelación constante de una sociedad que demanda, con justicia y como corresponde, mayor acción y efectividad de parte de la política dominan la escena del poder y lo incomodan. Un rol que, en una democracia saludable, debiese estar cumpliendo la oposición y del que está todavía muy lejos.