El 8 de octubre del 2018, en Incheon, Corea, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), decidió corregir la meta que se había planteado tres años antes, en la cumbre climática de París: que en vez de hacer esfuerzos para evitar que la temperatura superficial del planeta superase los 2 grados centígrados hacia el 2030, se fijara un objetivo más exigente, de 1,5 grados centígrados, debido a las visibles y pésimas consecuencias que ya se estaban experimentando en la naturaleza por el constante aumento y casi sin control de las emisiones de CO2.

Más de 190 países, entre ellos, Argentina, bajo el cobijo de las Naciones Unidas y en sintonía con las advertencias de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), tomaban nota de los riesgos y desafíos y decidían adelantar el cumplimiento de los nuevos objetivos, como una etapa previa, y de cumplimiento desesperado, de acuerdo con el nivel de preocupación, para el objetivo final de una emisión cero de C02 para el 2050.

Cinco años después, el lunes 20 de este mes en Interlaken, Suiza, un comunicado de prensa del Grupo lanzó una nueva advertencia, seguida de una serie de recomendaciones de urgente aplicación. “El desafío es aún mayor –se lee en el reciente escrito– debido al aumento constante de las emisiones de gases de efecto invernadero. El ritmo y la escala de las medidas adoptadas hasta el momento, así como los planes actuales, son insuficientes para hacer frente al cambio climático”. ¿Y por qué razón el IPCC decidió hacer un nuevo llamado en la fijación de las metas que los países se comprometieron a cumplir? Porque la nueva medición de la temperatura superficial del planeta ya es 1,1 grado centígrado más de la que se registraba en la era preindustrial. “La temperatura –agrega el nuevo comunicado–, ha aumentado más rápido que en cualquier otro momento de los últimos 2.000 años como mínimo”.

Este miércoles, durante la cumbre bilateral entre el presidente argentino Alberto Fernández y Joe Biden, en Washington, el tema del cambio climático y el calentamiento global fue uno de los abordados. “Mi preocupación sobre esto es real”, le dijo Fernández a su par norteamericano, impactado, quizás, por el espanto que ha provocado la sequía en la zona central de Argentina, la que le producirá un quebranto no menor de 20.000 millones de dólares. Recursos que no ingresarán, con los que el país no podrá contar en medio de una de las crisis económicas e inflacionarias más complejas de toda su historia.

La administración de Biden cree ver en Argentina una suerte de liderazgo en América latina respecto de los esfuerzos en la región para garantizar el cumplimiento de las metas sobre el cambio climático.

Pero Argentina tiene sus propios problemas relacionados con esa lucha. Su impacto en el mundo sobre emisiones de gases invernadero no superan el 0,5 por ciento de todo lo que se produce. Sin embargo, sufre, como cualquier otro país en el mundo, las mismas consecuencias que afectan a las naciones que en verdad son las que producen a gran escala las emisiones tóxicas, como el carbono y el metano. Como país pobre, más allá de los recursos naturales con los que cuenta, se ve impedida de frenar a cero las emisiones y, aunque lo hiciera, no recibiría una compensación tal en proporción. Con lo que Argentina no tiene otro camino que adaptarse a las circunstancias, buscar mitigar al máximo los esfuerzos, dejar la hipocresía que tanto la domina y envuelve e ir detrás de la explotación de los recursos que sí son necesarios para la transición hacia las energías limpias.

Explotar los recursos que sí necesita el mundo detrás de ese objetivo y recursos con los que cuenta, además. Alemania, sin ir más lejos, acaba de postergar el fin de la prohibición para la fabricación y venta de los vehículos con motores de combustión que entraría en vigencia el 2035. Dos factores han sido determinantes: la invasión de Rusia a Ucrania la dejó sin el gas que le proporcionaba el primer país y debió acudir a sus reservas de carbón para pasar el invierno, que está terminando en el hemisferio norte.

El otro tiene que ver con la fuerte presión de los fabricantes de automóviles, que han obligado al Gobierno a posponer la prohibición, aunque con la condición de utilizar combustibles sintéticos o efuels, una tecnología que Porsche desarrolla en Chile “a partir del C02 de actividades industriales y utilizando electricidad generada de manera sustentable”, según informó Clarín el martes.

Una de las salidas posibles de Argentina, se ha dicho ya, es aprovechar esa ventana de oportunidad para proporcionarle al mundo litio y cobre, los minerales de la transición y los que permitirán consolidar las energías limpias. El Grupo Sarmiento, de San Juan, hace tiempo que viene pregonando las salidas posibles y, a la vez, advirtiendo de las consecuencias que está dejando el calentamiento global en Argentina, con el ojo puesto en San Juan y Mendoza, las que sufren desde casi una década la disminución constante de la provisión natural de agua: menos agua en los ríos y menos precipitaciones sólidas (nieve) en las montañas. Es el mismo grupo sanjuanino el que está llamando la atención en la vecina provincia, lo que puede ser extensivo a Mendoza: en cinco años, la reserva de glaciares blancos en la cordillera sanjuanina se ha reducido en 30 por ciento, mientras que la reciente incorporación de la medición del consumo de agua en los barrios de sectores de altos ingresos ha dado como resultado el espantoso promedio de consumo diario de 2.500 litros por persona. La OMS sugiere no más de 250 litros por persona a nivel global. Hasta esta revelación sobre el consumo que permitió la medición en San Juan se creía, de acuerdo con estimaciones previas que, en ambas provincias, incluida Mendoza, el consumo era de 800 litros por persona y por día.

El dato en San Juan ya tendría que generar escalofríos aquí en Mendoza. Volviendo al informe del IPCC sobre la necesidad de reformular la meta de la temperatura superficial (tender a que el aumento no supere los 1,5 grados centígrados hacia el 2030), enumera las consecuencias en caso de que sea mayor. Dice el informe: “Se perderán para siempre ecosistemas enteros en zonas polares, costeras y montañosas. Incluso, con 1,5 grados centígrados de calentamiento, entre el 3 por ciento y el 14 por ciento de todas las especies terrestres se enfrentarán a un altísimo riesgo de extinción, y un calentamiento superior agravará aún más estas amenazas para la biodiversidad”. Y agrega: “Pondrá en riesgo la producción de alimentos y la seguridad alimentaria, debido a olas de calor, sequías, inundaciones más graves y frecuentes, junto con la subida del nivel del mar”.