De un total de 46 planes de estabilización de la economía que se ejecutaron en 13 países de la región, 26 fracasaron; 8 tuvieron un éxito transitorio; mientras que sólo 12 –un poco menos de 30 por ciento–, alcanzaron un éxito duradero extendido en el tiempo. Estos números se desprenden de un trabajo que el economista Martín Rapetti con otros dos especialistas, llevó adelante a lo largo de un año de investigación, tomando diferentes programas económicos que se aplicaron entre 1970 y la actualidad. En ese lapso, Argentina aportó al estudio dos intentos más o menos exitosos; uno transitorio, como resultó ser el plan Austral de Raúl Alfonsín, mientras que el considerado duradero y exitoso fue el de la Convertibilidad, que en los años 90 implementaron Carlos Menem en la Presidencia y Domingo Cavallo desde Economía.
La primera conclusión a salto de matas que ha permitido tal investigación es que “fallar es muy posible”, así lo dijo esta semana el propio Rapetti, director y cofundador del centro de análisis económico Equilibra, que pasó por Mendoza para dar detalles y explicar el fenómeno de la estabilización que requerirá el país, indefectiblemente, según el convencimiento general, a partir del primer día del próximo gobierno.
Y, si bien, entre los economistas existen puntos de vista distintos sobre cómo abordar las complejidades del drama argentino, sí suelen coincidir en dos aspectos sustanciales, partes fundamentales de cualquier intento de estabilización que se encare en el país: un componente técnico, desde ya, y el segundo, quizás más importante, el del ámbito comunicacional y político. Y, aunque se trate de una obviedad de Perogrullo, quien resulte ganador de las elecciones no tendrá más opción que arrancar de entrada, según Rapetti, con lo que se entiende como un “golpe sobre la mesa, con un quebrar el pasado y romper con él; con un ‘hasta acá llegamos’”. En cierta manera, el próximo presidente o presidenta, además de enfrentar –obligado sin más– el problema y describir, sin vueltas ni eufemismos, lo que se ha encontrado o lo que ha visto, también tendrá que aprovechar el envión del arranque y la legitimidad que le darán los votos y el ser elegido o elegida por la mayoría.
Rapetti y sus colegas advirtieron, en función de lo que confirmaron tras el trabajo, que ningún plan de estabilización ha tenido éxito perdurable iniciándolo durante la marcha del gobierno, sino que los que alcanzaron el objetivo que buscaban lo comenzaron casi en el arranque mismo de la gestión, que es cuando se cuenta con el mayor poder político y la credibilidad necesaria sobre una sociedad que, indefectiblemente, deberá pasar por momentos de zozobra, algunos, quizás más dolorosos, que los que se sufren en medio de un proceso de inflación casi desbocado.
Y todos aquellos planes que alcanzaron domar a la inflación, al menos, durante un buen tiempo, antes estabilizaron el dólar, uno de los precios de la economía más sensibles, particularmente para Argentina. Tomando el valor del dólar como el ancla, según los términos de la economía, sobreviene la expansión, atacando las causas de déficit fiscal y la emisión. Digamos, una serie de variables a tener en cuenta y a intervenir y modificar que el próximo gobierno deberá considerar y optar por cuáles de ellas empezar.
La economía, como tantas otras ciencias, no tiene bien claro si el éxito de un plan de estabilización depende de comenzar todo de golpe o paulatinamente, aunque sí los economistas coinciden, en su inmensa mayoría, en aquello de describir el problema y expresar con claridad el plan. Su claridad y consistencia, con objetivos y metas realizables, tendrán que determinar el grado y nivel de credibilidad y confianza necesarios del Gobierno para encarar las transformaciones. También, todos estos planes, sin dudas, han estado condicionados –aclara Rapetti– al contexto internacional y a la fortuna, influyendo en el resultado final de los mismos. Y si bien el gobierno de Alberto Fernández carece hoy de credibilidad y no infunde confianza para implementar un programa antiinflacionario, en caso de haberlo intentado habría chocado con la sequía, la que le impidió contar con esos 20.000 millones de dólares que, se calcula, habría aportado vía impuestos las exportaciones de soja y otros granos.
A todo esto, Argentina muestra un drama que arrastra desde casi 50 años atrás. Lo menciona el mismo Rapetti quien, tras otro trabajo, se identificó una ausencia de crecimiento de la economía, o deficiencias crónicas, que le han impedido crecer con normalidad cuanto menos desde 1974 a la actualidad. Y la consecuencia más notable, evidente y lastimosa ha sido, sin dudas, el aumento de la pobreza de manera constante hasta alcanzar los altos niveles de la actualidad. ¿Y qué pasa con la distribución del ingreso, que no está en la agenda de nadie en este proceso electoral?, le preguntaron a Rapetti en la charla. “No es una prioridad hoy”, respondió, tomándose unos minutos para ampliar el concepto: si el país lograse crecer desde el año que viene 5 por ciento anual durante veinte años, Argentina erradicaría la pobreza, el principal de todos los dramas que se desprenden de la inflación. Y recién ahí, con un país en crecimiento, surgiría con evidente fuerza el otro problema de muchas de las economías saneadas; el de las brechas y la equidad. Toda una paradoja del dramático momento argentino: antes de enfrentar la desigualdad, tiene que romper con el declive económico, que es lo que está provocando la multiplicación de los pobres.
La situación estructural de decadencia muestra una foto que ya es también, una película: los sectores acomodados la pasan sin mayores dificultades e, incluso, muchos de sus exponentes llegan a mejorar su condición; los sectores más pobres demandan, claro, y el Estado responde con las millonarias sumas de asistencia que mantienen en el tiempo el problema y su problema en particular. Son los sectores medios los que peor la pasan. Para ellos sólo hay una presión continua múltiple que se explica en más impuestos, menos trabajo, menos salario, menos educación y salud de calidad, menos seguridad y más incertidumbre.
