Las familias argentinas buscan encauzar su nivel de morosidad. Credit: Imagen creada con Gemini, inteligencia artificial.

Desde junio aproximadamente, cuando se conocieron los primeros datos oficiales del endeudamiento de las familias publicado por el BCRA, Argentina habla de lo mismo, y con razón. Como sucede en Mendoza, se sabe que el salario se termina antes que el mes y cada vez más familias acuden al crédito para cubrir el tiempo que falta hasta el próximo cobro. La tarjeta, el préstamo personal, la billetera virtual y otras formas de financiamiento dejaron de ser solamente instrumentos para adelantar una compra y, para una parte de los hogares, comenzaron a convertirse en una forma de completar los gastos de todos los días.

Y así fue cómo la consultora Zentrix puso en relieve la situación: el 65,4 por ciento de los hogares mendocinos consultados ha asegurado que sus ingresos no alcanzan para llegar al día 20 y que el 62,2 por ciento reconoce haberse endeudado durante los últimos seis meses. Y lo que se comprueba es que una parte significativa de ese endeudamiento está vinculado con la necesidad de sostener el consumo de todos los días.

Una verdad de Perogrullo escrita por enésima vez, pero no por eso menos relevante: no es lo mismo endeudarse para comprar una casa, cambiar el auto, un electrodoméstico o financiar un proyecto familiar que hacerlo para completar el supermercado, pagar los remedios o llegar a fin de mes. La diferencia es importante porque permite entender que detrás del problema financiero hay otro más inquietante y de fondo: somos parte de un ecosistema económico que no consigue generar ingresos suficientes para una parte importante de su población.

Mendoza lleva alrededor de quince años atravesando una economía de bajo crecimiento, con recuperaciones y retrocesos que no han logrado instalar un ciclo sostenido capaz de modificar de manera significativa la estructura del empleo, los salarios y el consumo. Durante todos estos años, la provincia no consiguió encontrar una locomotora con la potencia suficiente para cambiar la escala de su economía. El motor de crecimiento con el que soñamos y seguimos esperando, por tomar prestada una expresión de los economistas del IERAL.

La depresión de la economía está en todos lados. Se ve en el comercio, que atraviesa una transformación que va mucho más allá de una mala temporada. Por ejemplo, en el centro de la ciudad que ha cambiado sustancialmente su fisonomía, quizás desde la pandemia a esta parte: hay locales que cierran, otros que cambian de rubro y muchos que sobreviven con promociones, descuentos y márgenes cada vez más ajustados. También cambió la forma de comprar: se compara más, se busca precio, se posterga lo que puede esperar y las grandes plataformas incorporaron nuevas herramientas vía internet que modificaron hábitos de consumo que durante décadas parecían consolidados.

La transformación está claramente marcada en el down town mendocino. Sólo hay que caminar unas cuadras para corroborarlo y ni hablar cuando se lo visita entrada la noche. Hay una oferta creciente de productos de menor precio, segundas marcas y negocios orientados a un consumidor que necesita hacer rendir cada peso. Algunos empiezan a describir esa nueva configuración, con cierta malicia, pero tampoco completamente alejados de la realidad, como un “persa a cielo abierto”. No solamente hay menos capacidad para consumir, sino que se consume de otra manera.

Detrás de todo está el salario y, obviamente, la calidad del empleo. Mendoza tiene un problema que tampoco comenzó con la actual coyuntura. La provincia logró construir una economía bastante diversificada, con vitivinicultura, agroindustria, petróleo, turismo, servicios, energía, construcción y ahora una minería que vuelve a aparecer como una posibilidad concreta de transformación. Pero, esa diversidad, que la hizo brillar en su momento, hoy no ha conseguido producir una actividad capaz de convertirse en la linga que arrastre al resto de la economía y eleve de manera significativa los ingresos de la sociedad.

La comparación con otras provincias permite ver el fenómeno mendocino con claridad y a la vez, provocar el disgusto del gobierno porque lo considera injusto. Neuquén encontró en Vaca Muerta algo más que una salida hacia la salvación. Encontró una actividad de alta productividad y altos salarios que genera empleo, demanda proveedores y moviliza detrás suyo al transporte, la construcción, el comercio, la gastronomía, los servicios y el mercado inmobiliario. Córdoba tiene una combinación de industria, agro y servicios que le permite sostener una estructura económica de otra escala. Santa Fe cuenta con el peso de su agroindustria, su industria y su salida exportadora.

Mendoza, que tiene muchas piezas y dispersas, no consiguió que alguna de ellas, o una combinación de ellas, tenga la capacidad de hacer la diferencia sobre el conjunto. La diversificación que Mendoza ofrece por todos lados, no ha conseguido que algunos de los sectores que la compone haya logrado convertirse en la actividad capaz de cambiar por sí sola la trayectoria general.

Y los salarios siguen siendo una de las principales restricciones. No acompañan el costo de vida. Y de ahí, el endeudamiento familiar. El fenómeno tampoco es exclusivamente mendocino. La Argentina está atravesando, por lo tanto, una expansión del crédito familiar que tiene una contracara molesta y paradójica: una parte de las familias está utilizando nuevas formas de financiamiento para sostener un nivel de consumo que sus ingresos corrientes no pueden garantizar.

La provincia participa de esa realidad nacional, pero merece una mirada particular porque llega a este momento después de un largo período de crecimiento insuficiente y con una estructura salarial sin fuerza. Mientras, el Estado ha hecho durante los últimos años un esfuerzo por mantener sus cuentas ordenadas, contener el crecimiento del gasto y evitar que se convierta en una carga todavía mayor para una economía que necesita recuperar dinamismo. Como tantas veces se ha dicho, ese esfuerzo fiscal puede ser discutido en sus prioridades y en sus resultados, pero no alcanza para resolver el problema de fondo. Hacen falta inversión, productividad, nuevas empresas, nuevos mercados y, sobre todo, actividades capaces de generar empleos de mayor calidad y mejores salarios.

La minería, el petróleo, la energía y los grandes proyectos de inversión pueden abrir una etapa diferente. La incorporación de capital, la construcción de infraestructura y el desarrollo de nuevas cadenas de proveedores podrían modificar una matriz que durante demasiado tiempo ha permanecido sin grandes cambios.

Esa riqueza todavía está por llegar. Mientras está la sociedad del presente que tiene que seguir pagando el alquiler, cargar lo que se pueda (ya no llenar) el carrito, comprar medicamentos, sostener la educación de sus hijos y llegar al final del mes.

El endeudamiento familiar puede ser esa señal de lo que ocurre cuando la economía pasa demasiado tiempo por el mismo estado de decadencia.

Mendoza está esperando una nueva etapa económica de la mano de la minería, la energía y el petróleo no convencional. Hay razones para pensar que puede abrirse un ciclo diferente y que algunas de las inversiones que hoy se encuentran en discusión pueden modificar la estructura productiva provincial.

Y entre esa Mendoza que espera una nueva etapa y la Mendoza que necesita llegar al próximo salario hay una realidad que se ha vuelto cada vez más visible: familias que se endeudan para sostener el presente mientras esperan que la economía vuelva a generar el ingreso que alguna vez les permitió vivir sin hacerlo.