En un análisis político que en sus formas se acerca al ensayo, y en el que despliega como hipótesis que los partidos políticos han sido remplazados por el gusto del elector que ha virado hacia un grupo común de ideas sintetizadas en lo que se conoce como las alianzas, el sociólogo Roberto Stahringer, imagina que hacia el fin de este proceso “el próximo paso no sea el de ‘aliarse para existir’, sino atreverse a imaginar una nueva forma de hacer política que combine gestión, emoción y proyecto y que encuentre el punto de conexión con el electorado más allá de una relación transaccional, porque existir –culmina– no debería ser sólo sobrevivir”.
Desde que comenzó a perder el poder en el 2013, junto a ese terreno de privilegio con el que contaba en la preferencia del elector mendocino que le extendía de tanto en tanto un crédito en el manejo y control de las instituciones, el peronismo no ha logrado dar pie con bola para comprender los porqués de su debacle y caída.
Como dice Stahringer, probablemente se haya dedicado a lo largo de tantos años transcurridos (más de una década) a existir sobreviviendo. Esto es que, más allá que su dirigencia jure y perjure que se la pasó haciendo autocrítica y explorando hacia adentro los errores cometidos que terminaron alejándolo del sentir mendocino, nunca logró demostrar en gran medida que se había recuperado, que había aprendido y tomado nota de los yerros y que ya se encontraba en condiciones de volver a liderar en la provincia un proyecto común de crecimiento integral para todos.
Dominado a gusto y placer por el kirchnerismo y La Cámpora, el peronismo o lo que se conoce de él, se fue alejando de los asuntos que lo aferraban a Mendoza. No cuajó en la provincia ese relato combativo y enérgico con el que el cristinismo emocionó y subyugó a multitudes de jóvenes y no tan jóvenes en buena parte del territorio nacional. En todo caso no cuajó a su favor. Y el peronismo se fue alejando de los grandes temas y problemas mendocinos para quedar reducido a casi una mirada vecinal en un puñado de departamentos.
Al tiempo que el peronismo se retrajo, el radicalismo en alianza se fue consolidando en el centro de la escena controlando de la vida no sólo de la política provincial sino del conjunto de la actualidad social. Se sabe que como efecto pernicioso del alejamiento del peronismo de cuanto espacio de poder podría haberse mantenido y que no lo hizo por múltiples factores, permitió que se tiñese de un solo color el funcionamiento de las instituciones. La vida de la Corte y de la Justicia en un sentido amplio, como la de los ministerios de la Defensa y la sensible Procuración; la de los organismos de control como el Tribunal de Cuentas o la Contaduría General; la oficina de Ética Pública; ámbitos clave y sensibles como Irrigación y las cámaras legislativas desde ya vienen moviéndose al ritmo del baile impuesto por el oficialismo gobernante dándole a los mismos una apariencia opaca, cuando debiese tender hacia la transparencia total.
El peronismo frente a las dudas no ha hecho otra cosa que denunciar gritando a los vientos supuestas irregularidades y un funcionamiento anormal de las instituciones mendocinas y advertencias tales como que se está ante una república en peligro, sin reparar que en gran medida todo se fue gestando mientras como oposición se fue concentrando más en la vida del movimiento a nivel nacional, que de la propia límites adentro de la provincia.
Incluso el oficialismo, si se quiere, con el paso del tiempo fue perdiendo algo de brillo y lucidez para conectar, rapidez para reaccionar y la osadía, valentía y seguridad necesaria, la que tuvo en sus comienzos para avanzar más a fondo con las reformas y la restructuración del Estado, todo lo que le permitió alcanzar el poder diez años atrás. Dicho de otra manera, el aburguesamiento del oficialismo que se fue dando con el paso del tiempo, en gran medida fue conseguido por la ausencia del peronismo opositor.
Para el lamento ciudadano, el futuro del peronismo no es el más promisorio por lo que hoy nuevamente vuelve a demostrar: los intendentes, más cercanos al recuerdo de los años de gloria del movimiento y convencidos de la necesidad de recuperar los lazos con la sociedad, parecen esperar que el tiempo haga por ellos lo que no se animaron cuando pudieron curarse en salud: que el kirchnerismo se diluya sin traumas, sin costos, sin los escándalos y los dolores que producen necesariamente los divorcios cuando se persigue un cambio de verdad y real.
