A poco menos de 8 kilómetros del complejo Zel, propiedad de la cadena Meliá en asociación con el ex tenista Rafael Nadal, se encuentra una de las joyas naturales de Punta Cana: la reserva ecológica Ojos Indígenas, un santuario para la fauna autóctona y donde también se puede explorar a nado uno de los atractivos para turistas que quieren algo distinto a la playa y los tragos en piscinas, los cenotes.
Antes de la explosión inmobiliaria que tiene a los resorts de lujo como las estrellas del turismo all inclusive, antes incluso de que llevara su actual nombre, Punta Cana era para los dominicanos Punta Borrachón. El cambio llegó con las inversiones y fue precisamente el llamado Grupo Punta Cana quien motorizó no sólo la transformación para convertir esta localidad en uno de los principales centros turísticos del Caribe.

Precisamente en el predio del resort Punta Cana, la reserva es un santuario que ocupa 1.800 hectáreas y resguarda a varias especies: los gavilanes de la española y las iguanas rinocerontes, además de enfocarse también en la protección de los corales que rodean a República Dominicana.
Los gavilanes de la española reciben este nombre desde la época en que Cristóbal Colón puso su pie en estas tierras. En 2013, sólo había una pareja de estas aves rapaces que suelen tener una característica, son muy fieles. En definitiva, sólo había un nido con un polluelo. Al día de hoy, por las tareas de rescate se consiguieron recuperar más de 300 ejemplares.

Su principal depredador es el humano, que en algunos casos las mata para evitar que dañen al ganado, aunque en rigor los gavilanes prefieren presas más pequeñas, como los ratones. El otro depredador que los coloca al borde de la extinción presenta pelea en un campo más difícil: se trata de un parásito que se los come por dentro.
Las iguanas rinoceronte son un espectáculo aparte, aunque estén echadas gran parte del día al sol. La más famosa de ellas se llama Roberto y es uno de los dos machos que tiene la reserva ecológica. Pasea en libertad por las estancias del santuario, que se encuentra dentro del programa de protección y monitoreo. Como el gavilán, la iguana rinoceronte –llamada de esta manera porque tiene un cuerpo en la parte superior de su cabeza- enfrenta el peligro de extinguirse, ya sea por la caza o por especies invasoras, como la iguana verde. El censo cuenta unos mil ejemplares en estado salvaje.

Las tareas más recientes tienen que ver con la protección del coral que rodea a Punta Cana. Al igual que el manglar, la vegetación que se encuentra sobre la línea de playa, el coral cumple una tarea más que estética para el ecosistema. Se entiende que son una barrera natural contra los huracanes. Pero están sufriendo a la vez el cambio climático, por lo que las tareas de la reserva apuntan a protegerlos, sobre todo, en las épocas de desove.
Los cenotes
Cualquiera que conozca la palabra cenote se le viene a la cabeza México. Sin embargo, estos ojos de agua en plena selva constituyen uno de los principales atractivos que se encuentran en Ojos Indígenas.
Antiguo asentamiento de la cultura taína –desaparecida tras la conquista española-, los 12 cenotes de la reserva albergan peces y tortugas. De hecho, para no estresar al ambiente y, sobre todo, a las tortugas, solo cuatro de éstos se encuentran habilitados para que los turistas se arrojen y naden en sus aguas, con una temperatura algo menor que la del mar de estas costas. El agua es tan transparente que se puede ver el fondo de piedra caliza.

Pero por más fría que sea la experiencia, aquellos que llegan a estos ojos de agua no dudan mucho en arrojarse o encontrar el punto de vista más llamativo para una selfie.
La entrada
El ticket de ingreso a la reserva ecológica Ojos Indígenas cuesta unos 90 dólares. Se puede recorrer en unas tres horas, con la asistencia de un guía en todo el camino selvático. La experiencia por los sendero es fascinante, ya que en todo momento se siente que la selva crepita. No son espíritus, no, son las pequeñas lagartijas que corren todo el tiempo para esquivar el paso de los turistas.
