La muerte del Indio Solari pareció dejar algo más que la despedida de una de las figuras más influyentes del rock argentino. Las movilizaciones espontáneas, las concentraciones en distintos puntos del país y, particularmente, la llamada “misa ricotera” en Plaza de Mayo, pusieron otra vez en escena una cultura que durante años excedió largamente el universo musical para convertirse en una forma de entender la política, la sociedad y la relación con el poder.
Por eso, y aunque ciertamente no en su mayoría, no se trató solamente del adiós a un artista. Hubo allí consignas, símbolos, expresiones y posicionamientos que remitieron a una identidad cultural bien definida. Críticas al capitalismo, cuestionamientos al liberalismo, rechazos al gobierno de Javier Milei y manifestaciones de simpatía hacia el último kirchnerismo convivieron en una movilización que, más allá de la emoción genuina de miles de seguidores, permitió advertir que determinadas corrientes de pensamiento siguen vivas y conservan capacidad de convocatoria.
El propio Solari nunca ocultó dónde estaba parado. “Yo soy un artista peronista. Los artistas peronistas somos lo que damos, lo que tenemos para dar, la gloria que tenemos para ofrecer y no mucho más que eso“, afirmó en una entrevista concedida a finales de 2023. Y agregó una definición que también reflejaba su mirada sobre el presente: “No doy más que eso, porque a mí me aburre la política; no me gusta hoy, en los términos que está y cómo se resuelven las cosas… me hace reír… de miedo“.
Durante décadas, el universo ricotero fue asociado a valores que iban desde la rebeldía hasta una postura crítica frente al sistema. Una cultura construida alrededor de la pertenencia, de la resistencia y, sobre todo, del aguante. Una palabra que en nuestro país adquirió un significado mucho más profundo que el que ofrece cualquier diccionario. Incluso asociado al fútbol y sólidamente arraigado a la raíz social del país.
Porque el aguante no fue solamente una forma de acompañar a una banda de rock. También fue una manera de soportar –vaya paradoja– frustraciones, justificar decepciones y sostener expectativas aun cuando la realidad ofrecía pocos argumentos para hacerlo. En algún momento, quizás promediando la primera década del nuevo milenio, esa lógica terminó encontrando un correlato político.
El populismo supo interpretar y aprovechar como pocos esa cultura. Durante años logró sostener adhesiones importantes aun cuando comenzaban a deteriorarse los indicadores económicos, crecían las denuncias de corrupción o se debilitaban las instituciones. La invitación permanente era resistir, soportar, aguantar. Siempre había una explicación para los fracasos y una promesa para el futuro. Y un correr el arco constante.
La llegada de Javier Milei al poder pareció representar una ruptura con esa lógica. Millones de argentinos interpretaron que había llegado el momento de abandonar años de resignación y tolerancia frente a resultados cada vez más pobres. El triunfo libertario fue leído como un rechazo a una forma de hacer política y también a una determinada cultura política.
Sin embargo, como sabemos, la realidad argentina nunca resulta tan lineal. Y más cuando el propio Milei se ha venido encargando de derrumbar buena parte de las esperanzas por el mismo construidas.
Pero incluso sin tener en cuenta el desencanto por el actual oficialismo, la movilización que acompañó la despedida del Indio mostró que aquella cultura no desapareció. Tal vez perdió centralidad. Tal vez quedó temporalmente relegada por una mayoría social que decidió ensayar otro camino. Pero sigue allí.
Y eso constituye una señal que el oficialismo no debería ignorar.
Milei conserva todavía una porción importante del crédito político que la sociedad le otorgó para intentar un cambio profundo. Pero ese respaldo ya no parece tan amplio ni tan sólido como el que exhibía en los primeros meses de gestión. La estabilización macroeconómica constituye un avance relevante, aunque todavía insuficiente para amplios sectores que continúan esperando mejoras concretas en su vida cotidiana.
La diferencia entre expectativa y resultado se está transformando lentamente en una variable política.
Toda experiencia de gobierno enfrenta tarde o temprano ese momento decisivo. El instante en que las promesas dejan de alcanzar y quienes apoyaron, creyeron y con mucha más razón los que no, comienzan a exigir evidencias. Es allí donde se define la suerte de los ciclos políticos. De cualquiera. La historia argentina ofrece ejemplos de sobra.
Por eso la reaparición pública de la cultura del aguante alrededor de la figura del Indio no debería ser interpretada únicamente como un fenómeno cultural o nostálgico. Tampoco como una amenaza electoral inmediata. Sería exagerado. Porque para no pocos lo visto durante el fin de semana tiene que ver con una manifestación de una minoría bulliciosa.
Pero sí funciona como una luz de alarma. Porque recuerda que existe un reservorio cultural, político y emocional contradictorio consigo mismo y dispuesto a reorganizarse si el experimento libertario fracasa en ofrecer los resultados que prometió. Un espacio que perdió elecciones, perdió poder e incluso acaba de perder –para los más extremistas y fanatizados– a uno de sus mayores símbolos, pero que conserva identidad, memoria y capacidad de resistencia.
Tal vez la verdadera noticia de estos días no haya sido solamente la muerte del Indio Solari. Tal vez haya sido comprobar que la cultura que durante años acompañó al populismo sigue viva bajo la superficie.
Y que el verdadero cambio que pretende consolidar la Argentina no dependerá de discursos, consignas o victorias electorales. Dependerá de algo mucho más sencillo y mucho más difícil a la vez: demostrar que esta vez el sacrificio conduce efectivamente a un lugar mejor.
Porque los argentinos han demostrado una extraordinaria capacidad para aguantar.
Lo que ya no parece tan claro, lo vemos desde unos cuantos meses a esta parte, es cuánto tiempo más estarán dispuestos a hacerlo.
