Promediaba 2018 cuando una nueva tormenta financiera y cambiaria, de las que habitualmente visitan la Argentina, amenazaba con llevar al país a otro período de incertidumbre y golpeaba severamente, en lo político, al gobierno de Mauricio Macri. En ese contexto, un informe específico de una consultora, supuestamente elaborado a pedido del propio gobierno mendocino, entonces en manos de Alfredo Cornejo como ahora, emitía una serie de calificaciones y descripciones de Mendoza con la intención de separar a la provincia de un Estado nacional que parecía dirigirse hacia el abismo.
El equipo de Estrategia & Research de Balanz concluiría, en un trabajo destinado a sus clientes, potenciales inversores de capitales en países emergentes y en busca de oportunidades, que Mendoza, en verdad, era “una buena casa en un barrio complicado”. Llegaría a esa mirada luego de destacar una “agresiva consolidación fiscal”, su “capacidad de pago y flexibilidad política”, el buen posicionamiento de la provincia frente a un panorama nacional dominado por las devaluaciones y su condición de estar a la vanguardia de la “modernidad regulatoria”, al darle un marco legal y normativo a plataformas de transporte como Uber, por caso. Por esas razones, y otras que se inscribían en el informe, Balanz les decía a sus clientes que, si apostaban por Mendoza, se encontrarían con una buena casa en un barrio complicado.
Esa metáfora volvió ocho años después, pero esta vez de la mano de Alfredo Cornejo, ayer, al cerrar con su discurso los actos centrales del tradicional almuerzo de las fuerzas vivas de San Rafael, en un nuevo aniversario del departamento conducido por los hermanos Félix, Omar, el intendente, y Emir, actual diputado nacional y referente de la principal fuerza opositora de la provincia.
En realidad, Cornejo no hizo mención a aquel informe de la consultora como la autora de la cita, sino que habría confundido la misma con una publicación de un diario internacional que tampoco identificó. De igual forma, apeló a la figura (Mendoza, una casa linda en un barrio feo) en un contexto dominado por las severas dificultades de la economía para crecer y en un momento en el que los indicadores empiezan a alimentar el temor a que el país ingrese en una recesión técnica. Con una macroeconomía que todavía no consigue traducir sus resultados en mejoras sostenidas para la economía real, Mendoza, como buena parte del país, navega hacia un rumbo incierto, con malestar social y una paciencia colectiva que empieza a dar señales de agotamiento.
En algún momento, las palabras de Cornejo frente a los empresarios sureños, a buena parte de la política local presente en el tradicional almuerzo y a invitados de afuera, como Jorge Brito, de Genneia, o Nicolás Pino, de la Sociedad Rural Argentina, se convirtieron en un deja vu. Es que hace años que Cornejo repite logros que fueron estridentes, resonantes, llamativos, espectaculares, valientes y osados en tiempos en los que la provincia necesitaba y exigía un viraje brusco en ese sentido, pero que hoy ya no lucen de la misma manera o, al menos, no le permiten a Mendoza ser vista como el faro que supo ser y que el propio gobernador intentó y que de alguna manera consiguió rescatar hace once años, pero por poco tiempo hay que decir, tras una serie de gobiernos desordenados e ineficientes que se habían llevado adelante entre el 2007 y el 2015.
La autonomía fiscal que aquel informe de la consultora rescataba en 2018 volvió a ser aludida por el gobernador, como también el dato de que, once años atrás, la provincia tenía un stock de deuda un 52 por ciento más alto que el actual. En ese mismo período, según destacó Cornejo, se produjo una reducción sostenida de impuestos, principalmente Ingresos Brutos y Sellos, por un monto del orden de los 1.000 millones de dólares, que habría terminado capitalizando el sector privado. A eso le agregó que, para 2027, se sumarían otros 81.000 millones de pesos por la disminución de Sellos prevista en el proyecto de Ley Impositiva que acompaña al Presupuesto provincial.
Y si bien su ciclo comenzó en 2015, cuando el PBI per cápita ya había iniciado su declive en la Argentina, en un proceso que se prolonga hasta el presente, en Mendoza el salario real se fue diluyendo y el empleo privado registrado apenas consiguió sostenerse, sin un crecimiento significativo. No se derrumbó, pero tampoco creció de manera sostenida, como tampoco lo hizo la economía provincial; una dinámica económica que no ha logrado satisfacer las expectativas de los más de dos millones de habitantes de Mendoza.
Al menos, bien se puede decir, desde una mirada comprensiva y hasta piadosa, que Mendoza logró mantenerse en pie, con el pago de los sueldos públicos asegurado y el sistema de servicios básicos en funcionamiento, lo que no es poco. Pero desde miradas menos comprensivas y más críticas, como las de ciertos sectores del empresariado, al Gobierno se le viene exigiendo y reclamando más osadía y valentía para seguir disminuyendo impuestos, bajar la carga fiscal sobre el sector privado y encarar una nueva ola de transformaciones en el Estado y en su gasto para hacerlo más eficiente.
A un año de las elecciones que marcarán la continuidad o el cierre de un largo ciclo de Cornejo manejando a su gusto los hilos del poder político e institucional de la provincia, el gobernador se enfrenta a un horizonte de desafíos complejos, marcados, en principio, por el malestar social ante la marcha de una economía real que no da buenas noticias. A ese panorama económico adverso, que en buena medida no depende de su gobierno ni de sus decisiones al frente de él, sino más bien de la macroeconomía conducida por Javier Milei, hay que agregarle el desorden y hasta un dejo de descontrol con el que se mueven algunas piezas del gabinete, cometiendo torpezas o, en todo caso, incurriendo en faltas éticas que años atrás hubiesen sido fácilmente sofocadas, impedidas, desarticuladas antes de su comisión.
Lo descubierto alrededor de la ministra Jimena Latorre y esa maestría pagada con fondos públicos se suma a un cuadro de cuestionamientos que alcanza también a los organismos de control. La Oficina de Ética Pública, que ya recibió una denuncia por el caso, todavía no se ha expedido públicamente, al menos hasta el momento. El silencio frente a una presentación formal agrega un interrogante sobre el funcionamiento de los mecanismos de control del propio Estado, en un contexto en el que también se acumulan señales de deterioro en la gestión cotidiana.
El servicio de cloacas, el estado de la infraestructura vial más cercana al vecino y la situación de deterioro y decrepitud que se ha apoderado de sectores del Gran Mendoza, alguna vez presentado como una ciudad o un pueblo floreciente y resplandeciente, también dan cuenta de un desgaste que ya no puede explicarse solamente por las dificultades económicas del país.
Todo eso da pie a imaginar que algunas de las piezas de aquella maquinaria de poder infranqueable y eficiente, construida hace once años, han comenzado a mostrar síntomas de desgaste y necesitan un recambio o, cuanto menos, un mantenimiento más que urgente.
Un problema grave y generalizado porque, como siempre se ha dicho desde acá, cuando uno levanta la cabeza y busca alternativas por afuera de lo que tiene, termina chocando con un carrusel de figuras propias del tren fantasma. Justo en tiempos de Halloween.
