El milagro económico más grande de la humanidad, como se viene de jactar de estar llevando adelante y aplicando el presidente Javier Milei, según su reciente discurso en cadena nacional, para muchos –entre los que figuran técnicos, especialistas, analistas políticos y gente común de andar a pie–, se ejecuta a tontas y a locas, sin finezas, mucho menos sintonía fina y en verdad a pura motosierra. Lo que le ha significado un logro evidente, esto de alcanzar el superávit fiscal en el primer trimestre del año, parece haberse logrado con todo el riesgo que supone el jugar con fuego. Y en la Argentina del siglo XXI, como así lo ha demostrado la crisis del 2001/2002, sin lugar a dudas el hito de descomposición social, económico, institucional, cultural y político más importante de la Argentina moderna, jugar con fuego supone una práctica más que peligrosa.

En tan sólo cuatro meses al frente del gobierno, Milei arrasó con ese Estado presente que, evidentemente y de acuerdo a cómo se lo administró y llevó adelante por sus antecesores, condujo a la Argentina hacia el abismo y a un punto de no retorno que llevó a la mayoría de los ciudadanos a un barajar y dar de nuevo del que se vio beneficiado, por estar en el momento y lugar adecuado. Pero –¿por torpeza o acción deliberada? –, Milei apoyó su motosierra en aspectos esenciales y clave que no todos estarían dispuestos a que se vean afectados. Allí está la educación y la multitudinaria movilización de este martes en todas las capitales y ciudades importante del país, le está demostrando al libertario que no todo es lo mismo, que no todo da igual y que ajustar el gasto del Estado no necesariamente pasa por estrangular al sistema educativo, de todos los niveles, no sólo del terciario o universitario.

Hay pilares que sostienen a la sociedad argentina y a su sistema institucional, desde los tiempos en que se garantizaron los valores de la república y cuando comenzó a construirse la base del contrato social que a duras penas nos ha acompañado, que nadie o la gran mayoría está dispuesta a modificar. Cerca de 6 de 10 argentinos han acompañado un ajuste que se sufre y que no se puede desconocer a los ojos sensibles de cualquier observador. Pero de allí a tocar sustancialmente algunas de estas columnas fundamentales, para el que lo hace o lo ordena, como en este caso Milei desde la presidencia, supone marcar límites y topes; algo así como barreras infranqueables. Justo antes de la caída de su gobierno, el presidente Fernando de la Rúa, por la vía de su ministro Ricardo López Murphy, había dispuesto un recorte presupuestario del 13 por ciento a las partidas educativas. Y si bien la degradación ya era total, aquella medida tuvo el efecto de la gota que colmó el vaso.

El ímpetu soberbio, avasallador y prepotente de Milei, ajeno a la búsqueda de consensos y acuerdos porque el ir por ese camino a su modo de ver es entregarse a la casta, ha conducido a su gobierno a este paso en falso. En la cadena nacional del lunes el presidente se quejó por no tener Ley Bases, pero no por ganarse el derecho de conducir al país significa haber conseguido una suerte de carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, a troche y moche. Ese modo, ese estilo, tan propio de todo lo que caracterizó al kirchnerismo cuando se creyó contar con la suma de poder público ignorando el Congreso, a las provincias, a la Justicia y al federalismo, es lo que convence a muchos de que estamos frente a un personaje mesiánico, que se ve a sí mismo superior y capaz de lo que sea, poniendo a la República ante el riesgo de volver a caer en el inframundo del que su ciudadanía entiende que comenzó a salir cuando consiguió desembarazarse del populismo K en el proceso electoral del año pasado.

Milei ha podido, hasta ahora, privar a las provincias de la obra pública, mucha de ella esencial, necesaria y clave para el desarrollo; también de las partidas que recibían discrecionalmente muchas de ellas; de los subsidios al transporte; de los fondos que financiaban y garantizaban un piso salarial para los docentes de todo el país; pudo también mantener vigentes los impuestos que permitían el sostenimiento de los subsidios que se eliminaron y con esos recursos mostrarle al país haber alcanzado el superávit; pudo, incluso, convencer a muchos –no a todos– que no se valió de la licuadora para llegar a esa “hazaña histórica” gracias al atraso de los haberes jubilatorios y el estándar de vida de los sectores medios. Milei pudo y hasta puede seguir alcanzando grandes objetivos, necesarios, para estabilizar la economía y ordenar el país. Lo de ayer puede que le esté advirtiendo al presidente que no podrá borrar el Estado de lo que es justo y también necesario. Y que tendrá que cambiar la estrategia del insulto y la provocación, porque no todo es lo mismo y que la democracia le da derechos, le pone límites y lo somete a obligaciones, le guste o no, como a todos.