¿Se equivoca el gobierno de Rodolfo Suarez al sostener una posición firme y rígida frente al conflicto docente? ¿Se equivoca al sintetizar que el kirchnerismo que hoy controla el gremio sobreactúa un malestar y lo amplifica? ¿Subestima el impacto que podría llegar a tener en los padres de los chicos en edad escolar el paro por 72 horas que el SUTE cumple desde hoy en reclamo por mejoras salariales y por considerar insuficiente el aumento de 44 por ciento ofrecido hasta el momento con la promesa de volver a discutir la suma antes de fin de año?

El paro del sindicato más numeroso y poderoso de empleados públicos, el de los docentes, domina la agenda de la semana, al menos en su arranque. En Mendoza, esa decisión gremial ha dejado en un segundo plano los pases teatralizados que está ofreciendo Sergio Massa en la Nación al mando de la economía del país. No es poca cosa. En verdad, el menú puesto enfrente de los mendocinos es dramático, hay que decir, como el de todos los argentinos. Nada por aquí y nada por allá.

El oficialismo ha cerrado filas detrás de la estrategia de no ceder un tranco de pollo a las demandas de un sindicato que, en términos políticos y logísticos, ha dejado sus movimientos en manos de la CTA conducida por Gustavo Correa, una organización K que ni en sueños imaginaba llegar a contar con el poder de fuego del SUTE. Desde allí, el kirchnerismo más duro e insensato, por su falta de madurez y prudencia, puede que edifique su estrategia de lucha, el alimento de la grieta lisa y llana, con vistas en el 2023 y en mantener bajo control el piso sólido que lo sustenta, no importa cuánto sea eso en términos electorales. Desde allí se les habla a los convencidos y leales y se cuidan las posibles fugas en un contexto, como el que le presenta Mendoza, muy adverso desde tiempo atrás. Corre un riesgo: que el método de confrontación llano contra el gobierno de los radicales y sus socios se desgaste por el solo abuso del mismo. Si eso sucede, eso del debilitamiento de las ligas que lo unen a parte de una sociedad que no ha comulgado con ellos, pero que con aquel faltazo masivo de chicos a las escuelas en los primeros dos días de huelga interpretó que había mucho de legitimidad en el reclamo, puede que eche todo por la borda más temprano que tarde.

El gremio, con la misma suficiencia que ha demostrado tener el gobierno en la pulseada, ha declarado que los tres días que se avecinan de inactividad, con marcha y todo por la ciudad programada para el miércoles, serán un éxito total y que con ello torcerán el brazo a un Ejecutivo que desde el 2016 les viene ganando la iniciativa, la agenda y el resultado de esa disputa tan particular y valiosa que es la adhesión del resto de la sociedad que no está ligada al Estado más que por el buen o mal servicio que recibe de él con el pago de los impuestos. 

El gobierno de Suarez ha cerrado filas detrás de un solo objetivo: ubicar al gremio, a sus dirigentes, a sus actos y decisiones, como uno de los enemigos de la sociedad. Son kirchneristas que quieren imponer sus métodos violentos, coercitivos y prepotentes como lo consiguieron en el ámbito nacional, dicen Suarez y sus ministros, el de Educación, José Thomas, y el de Gobierno, Víctor Ibañez, los directamente vinculados en la relación. Uno, por el objeto en sí, el hecho educativo, y el otro, por tener en sus manos la negociación salarial con los topes y disponibilidad de recursos que ordena Hacienda.

Es probable que la administración cuente con información calificada que le esté indicando que todavía hay margen, visto desde lo puramente político, que al desnudar al kirchnerismo detrás de la movida del gremio docente, la estrategia le seguirá redundando en beneficios como ha venido sucediendo hasta ahora. Sin embargo, quién puede negar el nivel de fastidio y malestar por esos 74.000 pesos por mes que cobra un docente de nivel inicial, con diez años de antigüedad, un cargo testigo por el que se elaboran los aumentos alcanzados en paritarias y también los descuentos que impactan en el bolsillo de los trabajadores cuando no trabajan.

Puede que haya faltado un poco más de paciencia, quizás algo de creatividad y de profesionalismo también, para mantener abierta la discusión antes de cerrarla y decidiendo por decreto la suba, como sucedió. Aunque el sindicato, como afirman desde el Ejecutivo, ni siquiera haya analizado con las bases las mejoras propuestas.

Levantando un poco la mirada, desde arriba, ni siquiera tan arriba, se puede ver con más claridad que la educación no la está pasando bien en Mendoza. Que, para ser más claro, nada ni nadie la pasa bien en Mendoza y que todo necesita de una intervención, de un cambio de rumbo y dirección, de una transformación y revisión.

Educación, salud, seguridad son la columna vertebral de una sociedad que, cuando la economía da respuestas, crece, florece y se desarrolla, y rara vez manifiesta estar enferma o que necesita de atención. Hoy, en gran medida, esa columna vertebral da muestras de desgaste evidente. Es cuando pide que lo mejor del Estado y de su gobierno le preste atención con la puesta a su servicio de lo más idóneo y profesional y calificado que se tenga a mano. Y no es lo que está sucediendo. Todavía está presente el fracaso a aquel llamado al congreso pedagógico del inicio de la gestión que, de haber funcionado, podría haber adelantado algunos de los conflictos de hoy o, por qué no, todos.

La subestimación de los problemas y la, quizás, excesiva confianza que en el gobierno se entiende que tiene en él la sociedad, han conducido a la apertura de un frente múltiple de conflicto que no puede cerrar el elenco oficialista. No sólo parece haber comenzado a perder una porción de adhesiones que ganó hace tiempo en los sectores medios por falta de respuestas y de especial atención, casi personalizada que debió tener y que no ha tenido, además de aquellos empresarios, medianos y pequeños en su mayoría, que un día pretendieron trabajar e involucrarse en la gestión y en el aporte de ideas, pero que, sin embargo, huyeron del espacio, o lo están haciendo, por la soberbia, la falta de empatía y el sectarismo que demuestra la política y muchos de sus actores cuando se les ha dado, o prestado, el rol y el cargo de la conducción.