Con el último resquicio de inocencia, mientras el jueves a la noche se desparramaban por el país las imágenes más lacerantes de los últimos tiempos, muchos pensamos que ahora sí, que basta, que había un punto de no retorno que no se cruzaría.
En la provincia que presenta los peores números de calidad de vida del país, en una zona donde la manera más fácil de beber agua es abrir la boca y esperar que llueva, vimos la versión pueblos originarios de “El Cuento de la Criada”, esa distopía que tanto ha levantado la indignación de los, las, les bienpensantes bienpensantos bienpensantas progresistas progresistos progresistes urbanas urbanos urbanes y que ha convertido a su autora Margaret Atwood en símbolo de una lucha necesaria y urgente.
Claro que una cosa es ver a esas uniformadas de ficción, desfilando en prolijas filas con sus cónicos sombreros blancos y mantas bordó, con el rostro enigmático de la protagonista Elisabet Moss y algo muy distinto es escuchar la media lengua castellana de chiquitas del monte, semiocultas por el miedo y las telas raídas que la televisión mostró el jueves a la noche.
Creímos que ante la magnitud del horror -86 mujeres escondidas en el monte, escapando del Estado que las obliga a parir, las separan de sus hijos recién nacidos y les implanta, con violencia y sin su consentimiento, un chip para esterilizarlas- iba a primar el destello de la piedad, ese reflejo que nos hace humanos, la empatía con los más vulnerables. Porque sí, se habla acá del grupo más vulnerable del país –y uno de los más inermes del mundo entero- y se habla acá, también, de un gobierno que todo el tiempo dice que se preocupa, justamente, por los más vulnerables.

No había –pensamos, ilusos nosotros- lugar para grieta: todo argentino bien nacido dejaría de lado su posicionamiento partidario y pondría por delante su ideología, suponiendo además que la ideología que primase en el país sería un humanismo en donde la dignidad de las personas brillase por sobre todo lo demás.
Imaginábamos un “USA for Africa” criollo, con León Gieco, Teresa Parodi, Peteco Carabajal, Gustavo Santaolalla con canciones especialmente escritas para que nadie olvide la infamia.
Imaginábamos un colectivo de actrices y de feministas esta vez no con los atavíos de diseño de El Cuento de la Criada, sino con las prendas marchitas de las argentinas más olvidadas.
Imaginábamos a aquellos que se desgañitaron en sus mejores años cantando “Indio Toba/ sombra errante de la selva/ Pobre Toba reducido/ no abandonen a sus hijos/ gente buena/ gente pobre” en cada Centro Cultural de esos que los viernes a la noche se congregan a ver películas de la noche más negra, juntándose para discutir qué pasos seguir, compañeros, ante esta avanzada del autoritarismo que no podemos permitir.
Imaginábamos a Madres y Abuelas recordando que las chicas wichís también tienen Madres y Abuelas; que eran chicas a quienes les arrancaban sus hijos apenas paridas ¿cuándo vimos esto antes?
Imaginábamos un trabajo conjunto y urgente de los ministerios del Interior, de la Mujer, de Salud, de Justicia y Derechos Humanos para constituirse en el lugar y atribuir y deslindar responsabilidades.
Imaginábamos un Presidente responsable; una vicepresidenta que se hiciera cargo de su súbito interés por los temas de género; un presidente del Congreso que pusiera a la cámara en comisión hasta la zona del desastre humanitario; un Jefe de Gabinete en conferencia de prensa explicando qué medidas se tomarían para salvaguardar urgentemente a la población vulnerada; un INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas) exigiendo respuestas; un INADI (Insituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) constituyéndose en el lugar y proveyendo a las víctimas de asesoramiento legal y los elementos básicos para la subsistencia; un CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina) que desarrollase tesis y trabajos de investigación sobre el exterminio planeado de un etnia nacional.
Imaginábamos periodistas que sumaran datos; intelectuales que sumaran contexto; escritores que demostraran que lo que para Atwood es distopía, para Argentina es realismo; cineastas urgentes como Raymundos Gleyzers del siglo XXI que registren y guarden en sus cámaras el horror para que no se repita.
Imaginábamos una Justicia presta a ubicar responsables, castigar a los torturadores y defender a las torturadas.
Imaginábamos, sí, un partido gobernante que dijera “no todo es la lucha por el poder, no todo es grieta, como seres políticos somos seres humanos y no podemos desconocer el sufrimiento y la tortura a la que son sometidos nuestros hermanos. No va a importar quien caiga, la dignidad humana no tiene precio”.
Imaginábamos, lamentablemente, un país que no tenemos.
Imaginábamos un país posible pero sólo recibimos peronismo, o sea, un país imposible.
Primero fue el tuit más cínico e hipócrita de toda la historia de Twiter, enviado por la Ministra de la Mujer, Elizabeth Gómez Alcorta: “Participé del conversatorio de ‘Violencia por Motivos de Género con perspectiva indígena’ del INAI. Quienes llevamos adelante el diseño y la implementación de políticas públicas tenemos la obligación de escuchar las voces históricamente invisibilizadas de los pueblos indígenas”, con dos fotos de la fulana rodeada de las banderas argentina, de la diversidad y de los pueblos indígenas, fotos de mujeres de pueblos originarios con el pañuelo verde a favor del aborto mirando una charla por zoom.
Participé del conversatorio de “Violencia por Motivos de Género con perspectiva indígena” del INAI.
Quienes llevamos adelante el diseño y la implementación de políticas públicas tenemos la obligación de escuchar las voces históricamente invisibilizadas de los pueblos indígenas. pic.twitter.com/PazxGot83I
— Eli Gomez Alcorta (@EliGAlcorta) March 10, 2021
Habla de “las voces históricamente invisibilizadas” pero para poder escuchar esas voces, la periodista Paula Bernini y su equipo debieron gestionar un hábeas corpus para poder entrar a Formosa y escuchar esas voces. ¿Entenderá la ministra de doble apellido y anteojitos cool que fue la persona con la que celebró sonriente el Día de la Mujer, el gobernador de Formosa, quien prohíbe escuchar esas voces?
Ni la Secretaría de Derechos Humanos (al día siguiente se supo que su director, Horacio Pietragalla ya sabía lo que estaba ocurriendo y lo ocultó en su “informe”) ni ningún estamento del estado o del partido gobernante dijeron nada.
Nada.
Vuelvo a escribir la palabra “Nada” y me quedo mirando la pantalla.
Nada.
Y entonces el documento encabezado por José Mayans, el senador preferido de la Megamechera Intergaláctica, el que dijo que en pandemia no hay derechos. La vergüenza condensada en dos hojitas. Se elogian, culpan al “medio hegemónico”, se elogian. Hablan del crecimiento de la provincia (alabanza negada por cualquier dato de la realidad, como queda claro con sólo mirar estadísticas oficiales), hablan de la provincia como “pionera en política indígena”.
Acá hay que hacer un punto porque es cierto y muestra una coherencia rara pero real en el partido gobernante. Octubre de 1947, bajo la presidencia del General. La Gendarmería por primera vez en su historia participa de represión interna en Argentina. A pedido de los Insfrán y Mayans de la época, Perón envía a matar a todos los integrantes de la comunidad Pilagá, que estaba en el monte. Fue además el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea Argentina: dos aviones enviados desde Buenos Aires participaron de la cacería. Fueron tres semanas de matanza indiscriminada, porque los mejores días siempre fueron peronistas, aunque difícilmente esta aseveración la compartan las casi mil muertos, las mujeres y niñas violadas, los ancianos ajusticiados o los que apenas sobrevivieron escapando a Paraguay, hasta donde los persiguieron. Sí, teniendo en cuenta este antecedente, con San Perón como presidente y Jefe de las Fuerzas Armadas, se puede considerar a Formosa como “pionera en política indígena”. Fue un genocidio peronista, un crimen de lesa humanidad impulsado por Perón, conocido (poco) como La Masacre de Rincón Bomba. Por el mismo monte en que en el ’47 se escondieron los indígenas, ahora mientras esto está siendo leído, se esconden 86 chicas embarazadas. También las persigue el peronismo.
El documento del Frente de Todos marca no sólo un quiebre absoluto con la responsabilidad ciudadana, con los derechos humanos, con la verdad y la justicia. También marca el estado de total alienación no sólo de quienes lo escriben, sino y especialmente de quienes lo justifican y lo exhiben como certificado de bondad.
Hay que estar dispuesto a creer que una periodista que entra con hábeas corpus a una provincia hostil, que es perseguida las 24 horas de cada día que estuvo ahí, fue capaz de armar una ficción con 100 participantes que estuvieran dispuestos a hacerlo, que siguieran un guión unas chicas vulnerables, que alguien tenga la intención de hacerlo porque “odian a Insfrán”, que se destine todo ese esfuerzo a inventar una nota cuando alcanza con mostrar la cara de Mauro Ledesma para descubrir lo que pasa en esa provincia.

¿Por qué tanta gente está dispuesta a creer que hay una maniobra mediática y no algo que es mucho más lógico con el contexto en el que se ha movido la gobernación de Insfrán a lo largo de los años?
Porque esta fue una rana que se hirvió a lo largo de años. Discursos, actos, cartelitos, todo fue construyendo esta historia en donde el gobierno, pobrecito, es víctima de los medios de comunicación; los periodistas que no rinden pleitesía, unos jodidos vendepatrias a los que hay que escupir en plaza pública; la verdad, nada importante, algo que puede ser interpretado de acuerdo a quien lo cuenta. Y en esto entraron intelectuales de amplios subsidios, artistas del régimen, sindicalistas corruptos, empresarios que pescan en peceras siempre detrás de una licitación amañada; floggers con disforia de género que se creen mapuches; nostálgicos sobrevivientes de los ’70; mediopelos deconstruídos que añoran una Evita que nunca existió; loquitos varios.
Hoy, ahora, el peronismo está jugando con demonios sin darse cuenta de lo peligroso que es. Lo sufrió el sábado en carne propia la pareja de Fabiola y la propia Fabiola. Mientras que la Ministra de Seguridad Sabrina Frederic no tenía tiempo de preparar un operativo, ocupada como estaba en elogiar a Insfrán, el cuidado del presidente quedó en manos de monos de la UOCRA. Quienes atacaron a Fabiola y su pareja en Lago Puelo no fueron los agobiados ciudadanos que perdieron todo (hasta la vida, como el puestero Sixto Garcés, hallado calcinado junto a su caballo y dos perros, o la señora que llevaron con quemaduras a Bariloche). Ellos no protagonizaron la refriega. No fueron los vecinos que por años anunciaron las chispas que salen del tendido eléctrico del año 74 y que no se arregla por contubernios chiquitos entre el poder político local y los sindicalistas de Servicios Públicos de Chubut. Fueron los loquitos más violentos que hace años acosan la zona, que cortan las rutas, que producen incendios, que desconocen la autoridad y que cuentan con el beneplácito de parte del gobierno.

Por muy poco no tomaron de rehén a la pareja de Fabiola (cosa que por ahora sólo puede hacer la Megamechera) porque un Estado complaciente con el terrorismo sólo engorda discursos violentos. Mientras fortalecen a mapuches truchos y su locura de machís posmodernas y exterminan wichís con chips subcutáneos, atizan un fuego que se le hace cada vez más difícil manejar.
Seguirán diciendo que nadie debe enseñarles nada de derechos humanos; seguirán encerrados en su discurso que rebota entre las paredes de la camioneta en la que huyen de sus propios demonios; seguirán creyendo que son buenos y que volvieron mejores.
¿Qué será de nosotros si no es una mayoría la que comprende que estamos viviendo una locura?
Hoy, ahora, hay 86 chicas escondidas en el monte escapando del Estado.
Hay una grieta ¿quién está de cada lado?
