En Juntos por el Cambio están convencidos de que, si se les llegara a presentar una oportunidad más y cierta de gobernar el país hacia el 2023, como aquella que tuvo el frente en el 2015, será más que nada motivada por las urgencias económicas y por las reformas estructurales que de una buena vez hay que hacer en el país.

Si esto fuese así, y aun especulando con un nuevo accedo al Gobierno, la nueva administración no debería dudar un solo instante en ir por la aplicación de las nuevas medidas bajo el método del shock, aunque explicando y explicando cada uno de los movimientos.

Y, siguiendo en el juego imaginario y en el plano de las hipótesis, si todo lo dicho anteriormente ocurriese, entendido por esa oportunidad cierta de retornar al poder motivado por el convencimiento colectivo o mayoritario –ahora sí–, de los cambios de fondo, se habrá diferenciado de aquellas demandas del 2015 que se basaban –así lo creen los propios analistas de Juntos por el Cambio–, en que había que expulsar al kirchnerismo, porque el país se había desgastado de tanta tropelía cometida a lo largo de tres períodos de gobierno bajo la conducción de los pingüinos. Pero, así como la sociedad quería, necesitaba y pretendía terminar con los Kirchner (no para siempre, ya se sabe, porque de lo contrario no hubiese vuelto al Gobierno ni aún bajo el disfraz de Alberto), no pretendía, ni por asomo, que fuese a costa de la pérdida de privilegios y beneficios adheridos a la piel del país como si se tratase de derechos adquiridos en la prehistoria.

La gran incógnita hacia el 2023 puede que esté radicada en ese interrogante de fondo: ¿en verdad los argentinos queremos cambiar, ahora sí, de fondo, pasar por las necesidades más adversas y someternos, todos, a sacrificios impensados por tres, cuatro, cinco o diez años hasta salir a flote? Al próximo gobierno, ¿se le pedirán medidas de ajuste al hueso y, a veces, tener que operar sin anestesia? ¿Qué tipo de sacrificio se estará, de forma colectiva, dispuesto a soportar y enfrentar?

Aún con tales dudas, supongamos que el próximo gobierno decide, por convicción –y porque en verdad todo el mundo dice que debe ser así porque no hay ni salida ni futuro a la vista– hendir el cuchillo a fondo y cortar por lo sano, sin dudas que se encontrará con una oposición cerrada dispuesta a no dejarlo pasar ni a que cumpla con sus objetivos. El populismo ya ha demostrado que no se deja derrotar tan fácilmente ni aun perdiendo elecciones. Se movilizarán organizaciones, sindicatos y ejércitos de beneficiados, bajo el orden de corporaciones o sin ellas, de manera probablemente anárquica y autónoma, con el objetivo de no permitir las reformas necesarias. Es probable que quien gobierne tenga una vida de penurias si no explica acabadamente y de forma convincente lo que hay que hacer, incluso, advirtiendo de las zozobras, pero para todos.

No está del todo claro, a más de un año de las elecciones generales, cuáles serían las motivaciones de los argentinos para cuando llegue la fecha de elegir el recambio de Fernández por algo distinto, alejado de las extravagancias; o por su reelección; o por ir a más o por más, hacia una radicalización del proyecto hegemónico de la autocracia soñada por la vicepresidenta. Pero sí se sabe, si los sondeos no están confundiendo ni faltando a la verdad, en qué estamos los argentinos: si es por los números de la consultora Mind Your Economics, de la que forma parte el economista Guido Sandleris, y que fueron recordados por Carlos Pagni en La Nación+, se puede afirmar sin lugar a dudas que el argentino está más confundido que el propio gobierno. O quizás no tanto: con esa característica con la que se identifica al ser nacional en cualquier parte del mundo, bien se puede decir, por qué no, que el argentino sabe lo que hay que hacer con el país y que todo se tiene que llevar adelante sin que lo afecte, de ninguna manera.

El trabajo de Sandleris habla de nosotros y cada uno en la intimidad debiese descubrir, sincera y sensatamente, si está incluido en ese nosotros. Un trabajo de autoconocimiento individual y voluntario. El sondeo pregunta por los problemas argentinos basados en la economía. Ahí se señala que uno de ellos es el déficit fiscal. Entonces, se consulta sobre qué hay que hacer con el déficit fiscal, y el 61 por ciento responde que hay que bajar el gasto público. Seguidamente, la encuesta propone cuatro aspectos a ser potencialmente objeto de algún tipo de ajuste. Respecto de los subsidios energéticos, el 43 por ciento se inclina por un no rotundo a ser eliminados, mientras que el 41 dice que sí. Sobre los planes sociales, el 47 por ciento responde que no hay que tocarlos, mientras el 32 dice que sí. Sobre el empleo público y los salarios que paga el Estado, el 68 por ciento opina que no hay que reducir ni bajar nada de ahí, mientras el 20 por ciento dice que sí y, en cuanto a las jubilaciones, quizás de todos los puntos el más sensible, el 95 por ciento sostiene que no hay que ajustar nada allí.

Claudio Loser, el economista mendocino que fue director para América latina del FMI durante los 90, entrevistado este martes en LVDiez, dijo lo que muchas veces ha repetido: que el FMI tiene muchas bocas que atender y que Argentina es una más de entre todas, aunque ahora ha provocado la atención y la preocupación porque es el país al que más se asistió en la historia del organismo. Dicho eso, sostuvo, como un mendocino más que siente y sufre lo que le ocurre al país, que Argentina es visto como ese país que tiene todo y que puede ser todo, aunque
su drama capital es estar mal manejado o conducido desde tiempos inmemoriales.