En la nueva Argentina que inauguró Javier Milei un año y medio atrás, la mitad de los hogares del país sobrevive con menos de 1,1 millón de pesos al mes: en verdad y para ser precisos, dentro de ese 50 por ciento, el 31 efectivamente reúne un poco más de ese millón de pesos al mes, porque el 19 por ciento restante apenas consigue 585 mil pesos entre todos los integrantes y con eso pasa el mes. Claro, éstos últimos son pobres de toda pobreza, indigentes que no alcanzan a alimentarse como Dios manda con lo que ganan u obtienen por ahí. El otro 30 es lo que se entiende como pobres en la Argentina.
Es el dato que refleja el país que está gobernado por Milei, pero de ninguna manera se trata de una consecuencia pura y exclusiva de las políticas de ajuste que la actual administración lleva adelante. La pobreza y la decadencia argentina se fueron construyendo al ritmo en que se consolidaba un populismo prebendario, clientelista, demagogo, irresponsable, mentiroso, estafador de voluntades colectivas y corrupto. El ajuste y el parate económico para enfriar la actividad y con eso dominar la inflación, el principal flagelo que dejaron como herencia los abanderados de los pobres en la Argentina, han hecho el resto y profundizado lo que se conoce, se pena y se sufre.
Ha sido Moiguer Consultora de Estrategia quien ha elaborado la nueva estructura social de la Argentina, definiendo dónde está parada la mitad de los hogares del país. Ese trabajo, y por ingresos actualizados, ha fijado también los límites de la nueva clase media argentina: está compuesta por el 44 por ciento del total de los hogares a los que les ingresa entre 1,5 millón de pesos y un poco más de 3 millones al mes. Como ocurre con los pobres, con esa mitad del país, hay que descomponer el dato: el 26% cuenta con 1,5 millones de pesos, mientras que sólo el 18 por ciento alcanza los 3,1 millón de pesos al mes.
A modo informativo, si se quiere, y estadístico claro, el vértice superior de la pirámide lo compone un 6 por ciento de los hogares argentinos, el sector ABC1 integrado por hogares que consiguen ingresos superiores a los 9 millones de pesos como piso hasta 20 millones de pesos y más.
El 2025 está reflejando ser no sólo un año severo en materia económica para los argentinos, sino complejo sobre todo para entenderlo. Se trata de un momento o de época que exige de un análisis sofisticado y preciso para capitalizar las oportunidades que aparecen ocultas para el gran público. El país ha comenzado a crecer y también lo ha hecho el consumo dicen los números oficiales. Pero ¿quién o quiénes están viendo tal mejora promocionada por el gobierno y los economistas que lo escoltan? Lo que parece estar ocurriendo es un andar desigual o dual. Hay un sector que efectivamente ha podido desbloquear el nivel que lo ha tenido apresado; mientras que el resto, la mayoría, esa compuesta por parte de la clase media baja y el 50 por ciento de hogares pobres, no está viendo la salida: es más, tiene problemas de empleo, teme caer en la precariedad y su salario no logra alcanzar el poder adquisitivo de algunos años atrás y que se sostenía, claramente, con los anabólicos del populismo.
Sociolítica, de Roberto Stahringer, viene de realizar otro interesante trabajo alrededor de la problemática del empleo en Mendoza con el despliegue de dos escenarios posibles como consecuencia de las políticas y medidas tomadas por parte del gobierno libertario. En el último período medido, la provincia ha perdido 11 mil puestos de trabajo. Se trata, como bien se sabe, de 11 mil nuevos desempleados. Sólo en el Gran Mendoza, sin contar el resto de los oasis productivos, las personas sin empleo ascienden a 36 mil. El drama es tan complejo que incluso las estadísticas reflejan que se ha perdido empleo informal. Dicho de otra manera: la economía de Mendoza no crea empleo ni siquiera en negro.
De un focus group, Sociolítica tomó el testimonio real de Lorena, una mendocina preocupada por su presente y futuro. Allí cuenta que no ha hecho otra cosa en su vida que trabajar. Que ha podido con mucho esfuerzo criar a su hijo, al que hoy ve “como bola sin manija, sin poder imaginar en tener su casa propia” y se pregunta para qué ha trabajado tanto y para qué trabaja hoy: ¿trabajo para comer? ¿para pagar las cuentas? ¿para sobrevivir? ¿acaso no tendría que trabajar para vivir?
Las encuestas han llevado a Stahringer a desarrollar dos escenarios posibles en materia económica: el optimista y el pesimista. Para el primero de los casos, el consultor imagina que el plan de Milei derrotará la inflación y el déficit fiscal que han enfermado a la Argentina. El país ha logrado darle confianza a los inversores y el crecimiento ya se nota como en V, al 4 por ciento anual. La inversión se da básicamente en energía, minería y en el agro.
Estos logros, sin embargo, han dado como resultado una estructura social dual: el grupo de los argentinos más calificados han conseguido empleos dignos y bien pagos, pero una buena parte del resto de los argentinos, la mayoría probablemente, conforma una fuerza laboral con salarios bajos, poca productividad, mucha precariedad e informalidad. Es el tipo de trabajo que ofrece el mercado interno argentino y la industria. Este escenario se reconoce, además, por una agudización de la desigualdad y donde la modalidad social ascendente se convierte en un objetivo muy difícil de conseguir por la falta de capacidades, instrucción y formación de la mayoría de la fuerza laboral.
Hay un segundo escenario para Sociolítica, el pesimista: en este caso se extiende en el tiempo el período del ajuste; la apertura comercial ha golpeado al mercado interno y a la industria nacional; la economía no despega y el estancamiento se prolonga con inflación reprimida y crecimiento en L. Aumenta la pobreza y se erosiona aún más la clase media.
Entre ambos escenarios, todo parece indicar que Mendoza y Argentina transitan entre la frontera de una con la otra: ¿podrá la provincia y el país conseguir una síntesis con lo mejor de los dos? En eso se está, en medio de tal incertidumbre, pero con el convencimiento general de no querer volver atrás, a lo viejo y malo conocido.
