No son pocos los que, militando, o ubicados decididamente en la oposición más cerrada a Javier Milei, comparan los tiempos actuales con aquellos que precedieron a la crisis de fines del 2001 y comienzos del 2002, recordada como una de las peores convulsiones integrales (social, económica, cultural e institucional) que haya sufrido la Argentina en los últimos cincuenta años.
Un cuarto de siglo después de aquella explosión social que terminaría con la caída de Fernando De la Rúa, el país deambula en el desencanto con una economía paralizada, sin crecimiento, con pérdida constante de puestos de trabajo, salarios deprimidos y sin indicios más o menos creíbles que den cuenta de un freno al derrumbe.
Sin embargo, en el tiempo medio que ha transcurrido a lo largo de estos años, el país supo pasar por momentos extraordinariamente buenos que hicieron encender en los millones de ciudadanos la esperanza de que algo distinto a lo vivido y sufrido era posible. Fue el primer kirchnerismo al que le cupo en gracia administrar el flujo de mayores ingresos jamás imaginados sólo algunos años atrás, cuando la Plaza de Mayo ardía mientras se retiraba el gobierno de la Alianza. Y fue el segundo kirchnerismo el que consiguió dilapidar las oportunidades de oro sumiendo al país una vez más en un oscuro ostracismo iniciado en la segunda década del nuevo siglo permaneciendo hasta el presente.
Como se sabe, el país no ha mostrado indicios de crecimiento durante los últimos quince años y en Mendoza apenas se ha podido administrar y gestionar la mishiadura. En estos años y en términos generales, tanto en el país como en Mendoza, los argentinos y los mendocinos hemos vivido con el mismo volumen de riqueza que los estados producen, pero con más gente que atender, más bocas que alimentar y nuevos y más complejos desafíos que enfrentar.
Digamos que la Argentina es ese país en el que de un día para otro pueden pasar las cosas más extrañas e inverosímiles en términos políticos y sociales, inesperadas claramente, pero que sin embargo a lo largo de los años muestra a todos en el exterior y a su propia sociedad una tremenda incapacidad para evolucionar y montarse al movimiento más o menos regular del mundo desarrollado, empantanado y estancado.
No se sabe cómo le irá al gobierno de Milei en las elecciones de medio término. Hasta no hace mucho, quizás desde que saltara a la luz el escándalo de los audios en la Agencia de Discapacidad (ANDIS) y la impericia política manifiesta del oficialismo para llevar adelante un dialogo con los sectores más o menos afines que evitaran esa cadena de derrotas parlamentarias que lo dañaron, se daba por hecho un triunfo claro de sus candidatos en casi todo el país. Hoy está en dudas y mucho más desde la caída en la provincia de Buenos Aires.
Esa incertidumbre ha llegado a Mendoza. Y obliga al oficialismo provincial a modificar la estrategia de campaña. Con su alianza con La Libertad Avanza (LLA) construida para el 26 de octubre, Alfredo Cornejo ha quedado ubicado entre los pocos gobernadores que hoy juegan como aliados del gobierno de Milei. Y sin posibilidad alguna de cambiar de caballo a mitad del río, no le ha quedado más que buscar provincializar lo más que se pueda de una elección que inevitablemente tendrá cariz nacional.
A lo largo de su ciclo alimentando y administrando el poder político provincial, es difícil encontrar en el camino de Cornejo tanta complejidad y algo de incertidumbre en lo que le viene como en este momento. La alianza con Milei es posible que le esté quemando parte del potencial electoral con el que hubiese contado si hubiese confiado en las propias fuerzas, algo debilitadas es cierto, de su gobierno ante el examen de las urnas. De la misma manera si la elección de la provincia se hubiera mantenido desenganchada del cronograma nacional, para abril del próximo como estaba establecida, de esa manera quizás habría gambeteado la negatividad que hoy ha comenzado a establecerse alrededor de la imagen presidencial y de su propuesta electoral. Como siempre, son hipótesis que pueden cambiar de un momento a otro.
Mientras desde Córdoba ha surgido y se ha mostrado con fuerza la alternativa a Milei y al kirchnerismo, tal como los gobernadores protagonistas de la misma prometen. “Hay que ponerle un límite a la locura de los dos extremos”, fue una de las consignas más festejadas desde Río IV, en esa reunión que encontró a los locales Martín Llaryora y Juan Schiaretti con Maxi Pullaro de Santa Fe, Carlos Sadir de Jujuy y Gustavo Valdés de Corrientes. Pero desde ya que todo lo que manifestaron, en un sentido amplio, pudo haber sido compartido por un Cornejo que ve la conformación del espacio desde afuera, al menos en esta instancia de la coyuntura política. El grupo rechazó el veto de Milei a la ley de ATN, denunció discrecionalidad en el reparto de fondo, reclamó un diálogo institucional real y advirtieron que no se prestarán a fotos con fines electorales. Y, desde ya, aseguraron reforzar sus armados provinciales, marcando distancia tanto de Milei como del kirchnerismo de cara a las elecciones de octubre.
Tras aquel encuentro del miércoles pasado de Cornejo, Rogelio Frigerio (Entre Ríos) y Leandro Zdero (Chaco) con Luis Toto Caputo, Guillermo Francos y el flamante ministro del Interior, Lisandro Catalán, al mendocino no le queda otra que confiar en alguna señal beneficiosa de parte del gobierno nacional que pueda mejorar su posición ante los electores que corrobore y justifique su acompañamiento, crítico sí, a la gestión libertaria. Esas señales podrían inscribirse quizás en el proyecto de Presupuesto nacional para el 2026 que se conocería en el arranque de la semana y en alguna contrapropuesta de la presidencia en torno a la distribución de los Adelantos del Tesoro Nacional (ATN).
Esas acciones esperadas por los gobernadores que aceptaron teñirse de violeta para octubre, los tres del encuentro aludido, sería recibidas más que de buen grado por tres jefes de Estado que siempre, como los que se reunieron en Río IV, militaron aquella consigna de “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”, una frase que supo popularizar Domingo Cavallo en los 90, durante el menemato, aunque con resultados diametralmente opuestos a su significado.
