Ilustración: ElGolDeBedoya

Más allá de las respuestas furiosas que salieron desde Casa de Gobierno estos últimos dos viernes, en el círculo rojo de Rodolfo Suarez todavía no queda claro cuál es la motivación que tuvo el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (Inai) para repartir más de 25 mil hectáreas de tierras mendocinas a supuestas comunidades mapuches en un plazo de 15 días. A partir de ahí plantean tres hipótesis. O son fanáticos oportunistas, o son haraganes o directamente buscan provocar una situación de caos en la provincia.

La primera posibilidad tiene que ver con cuestiones ideológicas. Dan por sentado que el Inai es un refugio del kirchnerismo más fundamentalista, casi primitivo, que está basado en el falso progresismo culposo palermitano. Y que cada vez que se escucha la frase “pueblos originarios”, automáticamente se activa el chip de la corrección política, y de la retórica se pasa a los hechos. Resultado: “Reconócese la ocupación actual, tradicional y pública…”. Lo que sigue es la descripción del terreno otorgado.

Hay discusión sobre el alcance de estas medidas. Algunos quieren bajar el tono y decir que sólo es un reconocimiento en sintonía con lo que marca la Constitución Nacional. Y no mucho más. Para otros, es la puerta de entrada a reclamos de títulos de propiedad. Por eso, desde el Ejecutivo local se enfocan en las características de esas tierras; en su potencial petrolero, turístico e inmobiliario.

La novedad apareció apenas tiempo después de que YPF anunciara una inversión en la zona (la lengua norte de Vaca Muerta) que podría cambiar la historia de los hidrocarburos en Mendoza. Y si bien la rentabilidad para los superficiarios es absolutamente marginal en comparación con el volumen de la actividad, no es la primera vez que, frente a estos emprendimientos, aparecen trabas para ganar capacidad de negociación e imponer condiciones.

La segunda conjetura que se hace en Mendoza es más liviana y complaciente. “Son vagos y no saben lo que hacen”, sueltan para encontrar una justificación a las resoluciones del organismo que lidera Alejandro Fabián Marmoni, un hombre que llegó al Inai de la mano de “Soberanos”, una agrupación capaz de dejar a “La Cámpora” como una formación tibia en cuanto a fanatismo se refiere.

“Psicólogo, cooperativista, pincharrata, indigenista y ambientalista. Militante de las causas Nacionales y Emancipatorias. Soy del Sur y quiero al Sur”. Así se presenta Marmoni en su breve biografía en Twitter. Y sus referentes políticos van desde Pino Solanas, pasando por Alicia Castro hasta Amado Boudou.

La presunción de la pereza choca con un dato fáctico. Desde el Inai habían solicitado una información catastral hace unos meses. Pero no más que eso. Jamás imaginaron lo que venía. O tampoco le prestaron demasiado atención.

El tercer supuesto se sostiene a partir de las noticias que llegan desde la Patagonia, donde el conflicto con los mapuches tiene otros ribetes.

Hace unos meses, el gobernador Suarez usaba el sarcasmo para referirse a esa situación y advertía sobre la tranquilidad que había en Mendoza. Pero reconocía que, si nadie se encargaba del asunto, un día estas comunidades iban a pedir los terrenos de la Arístides Villanueva. Todo era chiste, hasta que el problema llegó.

Un paneo de la consultora MerovingianData en Twitter mostró que el tema “mapuches” no era tópico de conversación entre los mendocinos; al menos no en las semanas previas a que se conociera la primera resolución. Luego, sí, la red social se llenó de comentarios con palabras en contra de la medida del Inai. Y esa rispidez social empezó a fluir.

Políticamente, fue capitalizado por todo el oficialismo local. La idea de la Casa Rosada bombardeando a Mendoza ya forma parte de la discusión electoral y se instaló en el acervo mendocino: el kirchnerismo tiene algo en contra de la provincia.

Suarez ha hecho de eso casi una religión. También es cierto que la gestión de Alberto Fernández no hace nada para desmentirlo; al contrario. Es una tras otra.

Hasta Omar De Marchi, lanzado en su carrera hacia el Sillón de San Martín, intentó sacar su tajada. Emuló a Santiago Felipe Llaver y se fue al sur a fotografiarse en el lugar y a decir que no se cederá ni un metro cuadrado de suelo mendocino. Claro que, a diferencia de Llaver, el lujanino no es ni gobernador ni le hizo falta la fuerza pública y armas largas para hacerse cargo de una represa en medio de una fuerte tensión, como ocurrió a mediados de la década del ochenta.

En el perokirchnerismo mendocino optaron esta vez por el silencio; especialmente, porque ya no quedan ni ganas ni argumentos para defender al presidente. Lejos de eso, son cada vez más las voces que, en off, le dan la razón a la frase gauchesca que alguna vez pronunció el ministro de Seguridad de Provincia de Buenos Aires, Sergio Berni. Los cuestionamientos apuntan directamente a CFK. Ella lo trajo, ella pidió que se milite por él, ella debe decidir qué hacer ahora.

Hubo un esbozo para hacer una comparación con el proyecto turístico El Azufre y los permisos otorgados por la Provincia a un grupo de empresarios. La idea de plantear una doble vara duró poco porque, más allá de la instalación del relato, técnicamente no había con qué sostenerlo. Hasta ahí llegó. Reina el desconcierto. Alguien está haciendo goles en contra de Mendoza en Buenos Aires. Y, al igual que en el oficialismo, también se dan cuenta. Pero tampoco saben por qué.