Hay algo que dejó el Mundial para la Argentina tan llamativo, sorpresivo y hasta triste como el propio resultado obtenido por la Selección en la final. Ocurrió a lo largo de la competencia, durante y después del último partido cuando desde distintos rincones del mundo comenzó a multiplicarse una campaña llamativamente hostil hacia la Selección argentina y el propio país. Videos editados, jugadas fuera de contexto, imágenes parciales y relatos interesados y falsos fueron construyendo en las redes sociales una imagen de un equipo ventajero, pendenciero y hasta racista. Una campaña anti argentina, cargada de odio. Una caricatura difícil de asociar con un país cuya historia se edificó, precisamente, sobre sucesivas corrientes inmigratorias llegadas desde los lugares más diversos del planeta, escapando de guerras, persecuciones o simplemente buscando oportunidades que en sus tierras de origen les resultaban imposibles. “La caída de los grandes es la felicidad de los mediocres”, se usó ayer a lo largo y ancho del país como frase de síntesis y respuesta ante el ataque.

Quizás exista ahí, para todos, una nueva enseñanza dejada por el fútbol y el Mundial. Durante poco más de un mes los argentinos encontramos un motivo común para alinearnos. No desaparecieron las diferencias, pero quedaron desplazadas por una emoción colectiva sólo conseguida por la actuación del Seleccionado. Y terminado el Mundial, la agenda volvió a imponer sus prioridades y otra vez aparecieron las preocupaciones de toda la vida: la economía, el empleo, el salario, el consumo y una política que, aunque las elecciones todavía parezcan lejanas, ya comenzó a mover su estructura.

La actividad se ha reanudado prácticamente en todos los frentes. Javier Milei gobierna y proyecta su reelección en el 2027. Alfredo Cornejo, por su parte, ya administra desde hace rato los tiempos de una sucesión que todavía no tiene dueño. Del otro lado, en cambio, el peronismo continúa sin ofrecer demasiadas señales de recuperación. Es un fenómeno que excede a Mendoza. Tampoco a nivel nacional aparecen liderazgos capaces de ordenar un espacio que sigue dividido entre el kirchnerismo, La Cámpora y los sectores que reivindican un peronismo más tradicional. Y cero alternativas a la coyuntura moldeada por las políticas de Milei.

Esa ausencia de una oposición competitiva termina siendo, por ahora, uno de los principales activos de los oficialismos. Porque las dificultades económicas no desaparecieron durante el Mundial; simplemente quedaron relegadas por unas semanas. Hoy vuelven a ocupar el centro de la escena con la misma intensidad que tenían antes de que comenzaran los partidos.

Los datos conocidos en las últimas horas ayudan a dimensionar ese regreso a la realidad. Según la consultora Demokratía, seis de cada diez mendocinos ubican a la economía y a todo lo que deriva de ella —el empleo, los ingresos y el consumo— como su principal preocupación. El 74 por ciento considera que su situación personal es mala o muy mala y al 66 por ciento, directamente, se le acabó la paciencia. El propio Nicolás González, responsable de la consultora, resume ese diagnóstico con una definición que merece ser atendida: “La expectativa de un esfuerzo ciudadano prolongado encuentra sus dificultades naturales ante las restricciones materiales de los hogares, marcando un desafío en la sintonía entre la macro política y el día a día. Correlativamente la penalización a la tarea dirigente sufre un aumento indiscriminado, los vecinos necesitan encontrar un responsable y apuntan contra la política sin ningún tipo de reparos ni atenuantes”.

Allí aparece buena parte de la explicación de lo que hoy ocurre. Porque mientras la macroeconomía puede ofrecer algunos indicadores que el Gobierno exhibe como señales de estabilización, la vida cotidiana continúa transitando por un carril diferente. Allí se juega buena parte del desafío político de los próximos meses: sostener expectativas cuando las urgencias, irresueltas, siguen presentes en millones de hogares.

Paradójicamente, ese malestar todavía no encuentra una traducción política clara. Buena parte de la sociedad, la inmensa mayoría, expresa cansancio, frustración y preocupación, pero al mismo tiempo tampoco visualiza una alternativa suficientemente sólida como para remplazar a quienes hoy están gobernando. Allí radica buena parte de la fortaleza relativa tanto del oficialismo nacional como del provincial.

En Mendoza, mientras tanto, ya es visible la carrera por la sucesión de Alfredo Cornejo. El gobernador parece decidido a que quienes aspiran a remplazarlo empiecen a caminar la provincia, a mostrarse y a construir volumen político propio antes de que llegue el momento de las definiciones. Es lo que siempre ha hecho. En esa nómina aparecen el intendente de la Ciudad, Ulpiano Suarez, seguramente el dirigente con mayor nivel de instalación, aunque no necesariamente el heredero político más cercano al gobernador; el ministro de Gobierno, Natalio Mema, decidido desde hace tiempo a incrementar su nivel de conocimiento público; y el director general de Escuelas, Tadeo García Zalazar, otro de los nombres que el cornejismo observa con atención para la etapa que viene.

Sin embargo, la principal incógnita no estaría dentro de Cambia Mendoza sino alrededor de Luis Petri, actual diputado nacional y ex ministro de Defensa de Milei. El entendimiento político entre Cornejo y Milei, que acá en Mendoza reiteran que está vigente, incluye una condición particular y determinante a la vez: la no interferencia del Gobierno nacional en la definición del próximo candidato del oficialismo mendocino. Aunque se trata, en rigor, de una no interferencia relativa. Si Mendoza conserva las PASO, como todo indica, podría existir una competencia entre dirigentes de Cambia Mendoza y de La Libertad Avanza. Hay una excepción con nombre y apellido: Luis Petri. Allí parecería encontrarse el límite implícito de un acuerdo político que, hasta ahora, ambas partes no descartan.

El tiempo dirá cuánto resiste ese delicado equilibrio y qué terminará haciendo el propio Petri si en algún momento advierte que el respaldo nacional al que aspira no resulta lo explícito como esperaba. Y si, aun así, La Libertad Avanza decidiera competir en una eventual interna provincial con otro dirigente, hay que empezar a mirar con mayor atención a quien hoy preside el partido en Mendoza, el otro diputado nacional Luis Correa Llano, mencionado cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones políticas, aunque él continúe haciendo como si nada escuchara de cuanto se dice a su alrededor.

Cornejo, mientras tanto, observa. Como lo ha hecho siempre. No está dispuesto a anticipar ninguna definición. Fiel al pragmatismo que caracteriza toda su trayectoria política, elegirá sobre el final. No necesariamente al dirigente más cercano, sino al que mejores condiciones muestre para ganar.

Los propios números que circulan dentro del oficialismo ayudan a entender esa lógica. Luis Petri continúa siendo quien mejor mide individualmente, con un nivel de intención de voto cercano al 19 por ciento. Sin embargo, cuando las encuestas reemplazan los nombres propios por una categoría genérica —”el candidato de Cornejo”— ese respaldo trepa hasta alrededor del 30 por ciento.

Hay un dato que no hay que dejar de observar. Al ritmo que crece el malestar social, como se ha visto, también empeora una oposición incapaz de construir hasta ahora algo potable, competitivo y confiable. Una oposición que muestra un andar mucho peor que el humor colectivo de los argentinos. Notable.

La situación económica que preocupa a la mayoría de los mendocinos es, en esencia, la misma que existía cuarenta días atrás. Lo que tampoco cambió es la ausencia de una alternativa política capaz de capitalizar plenamente ese malestar. La realidad volvió a instalarse sobre la mesa con toda su crudeza. Y mientras los gobiernos insisten en que todavía queda un tramo difícil antes de llegar a una situación mejor, la paciencia social comienza a mostrar límites cada vez más evidentes. Ese “mientras tanto”, que hasta hace poco parecía soportable, se ha convertido en el principal desafío político para quien está gobernando.