– ¿No tenés una bandera?- preguntó Alma.
– Tengo una grande, de Israel. No creo que te sirva para ir a los festejos, aunque los colores son parecidos- respondí.
Alma se había puesto una camiseta de River mía. Para mí, la Selección pasa por River. Por eso valía vestirse así para ir al Kilómetro Cero. Se entiende, salvo que eligiera una casaca de Brasil o una de Inglaterra, todo era permitido en medio de la maraña de gente.
Me di cuenta de que la última vez que tuve alguna pilcha de la Selección fue durante el Mundial del ’94. Eran otros tiempos, era otra la historia. Eran años de adolescencia, e ir con esos trapos a las playas chilenas era señal de aguante. O al menos en la inmadurez del momento pensaba eso.
A partir de ahí, y hasta Brasil 2014 no hubo más que frustraciones y lágrimas. Cuando eso sucede, no queda más que refugiarse en aquellos rincones que dan sensación de seguridad. River es uno de esos, incluso con el descenso en el medio. Después llegaría el 9 de diciembre de 2018 y el fútbol y la vida adquirirían otros colores.
Alma, Mora y Emma crecieron en ese mundo, con esos matices; con esos gritos que las despertaron con sobresaltos desde que eran chiquitas y el Millo jugaba después de las 21. Hoy, directamente, se quedan a acompañarme. Gritan y cantan. Saben perfectamente que un gol no se festeja antes de que se mueva la red. Y evitan comentarios si la cosa viene de culo.
Todas tuvieron oportunamente sus camisetas. Algunas con la leyenda “soy de River como mi papá” o algo por el estilo. Salvo Emma, que es la más peque y tiene una de su talle, las otras dos usan las mías, que–duele decirlo- ya dejaron de ser mías, como la que se llevó Mora a su viaje de egresados. Pero, misteriosamente, jamás les compré una de la Selección. Lejos de eso, me han escuchado más de una vez criticar al país de mierda en que vivimos. Nada que ver con lo futbolístico, claro.
Hace un par de años, Alma me preguntó por qué estaba tan enojado. Le contesté que me había hartado de vivir en un país que no tenía nada bueno y donde la gente era una bosta. Así, sin anestesia; y jamás me percaté de que ella tenía 12 años.
“Claro que hay cosas buenas”, dijo, “como los alfajores”. Y me terminó de clavar el puñal: “Mamá y vos son gente buena”.
Un año más tarde salió abanderada. Al año siguiente, Mora fue escolta. Cada uno de los actos a los que fui, en una escuela pública, sirvieron para reconciliarme un poco con los colores y sentir orgullo. O al menos parar levantar la voz ante las injusticias aprovechando la horizontalidad que dan las redes sociales. Ahí, por ejemplo, le podés decir al presidente o a cualquier funcionario, cara a cara, que son personajes que no se merecen ningún respeto. Sutilezas para descargar la bronca y afilar la escritura.
Justo este martes, Alma era la única de las tres que estaba en Mendoza. Eligió ver el partido conmigo. Podría haber ido con sus amigas o con la madre y las amigas de la madre. Pero no. Entendió que era una semifinal; que no había espacio para el boludeo y la especulación. Y que había que comprar helado y verlo con papá.
Cuando bajamos del auto después del partido, vimos un puesto con merchandising argento frente al Hospital Central. Con algo de timidez me pidió que le comprara una banderita con un palito de plástico. Pregunté el precio de la más grande. De reojo le vi la cara de emoción cuando dije “me la llevo”.
Caminamos cuatro cuadras. Sonrió al verme levantar las manos, agitarlas y cantar “volveremos otra vez, volveremos a ser campeones como en el ‘86”.
A las horas me llegó un video. Ahí la contemplaba, entre la muchedumbre. Apenas se distinguía la camiseta de River. Estaba, una vez más, embanderada con la celeste y blanca, y enamorada del Dibu, de Julián, de Enzo y de Lionel. Así se vive a los 14 años. Con los colores que, bien o mal, le enseñé a amar. Los que la van a hacer llorar siempre, de felicidad y de tristeza. Y cantaba: “Quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial”.
