Gonzálo Damián González fue detenido la semana pasada.

La desaparición de José Teodoro Massó dejó de ser, para la fiscalía y los efectivos de Investigaciones, un caso de paradero incierto. A casi un mes del último rastro, la pesquisa se reconfiguró como un homicidio y tiene a un único señalado: Gonzalo Damián González, el hombre de 49 años que fue detenido el martes por la noche y que este jueves fue imputado por homicidio simple. Para las fuentes consultadas por El Sol, no se trata de una sospecha aislada, sino de una reconstrucción que, paso a paso, lo ubica en el centro de la escena, antes y después del presunto crimen.

El eje de la acusación es tan concreto como contundente: González fue la última persona que vio con vida al empresario de 83 años. Esa conclusión no surge de un testimonio, sino de un trabajo de cruce de datos que incluyó el análisis de cámaras de seguridad públicas y privadas, registros telefónicos y movimientos vehiculares.

La secuencia comienza el 9 de marzo, cuando ambos se encontraron en el centro mendocino. Compartieron un café en calle Amigorena. Luego, una cámara los captó juntos dentro del Chevrolet Corsa gris de la víctima, en lo que sería el último registro visual de Massó con vida.

José Massó.

A partir de allí, el rastro se corta cuando se dirigen hacia Maipú. El teléfono del jubilado se apagó y no volvió a emitir señal. Pero en ese punto aparece otro dato que estrecha el cerco sobre González: también fue la última persona que se comunicó con él. Para los investigadores, esa coincidencia -último contacto físico y último contacto telefónico- no es casual, sino una pieza central en la hipótesis que construyen.

Con el correr de los días, la pesquisa dejó de concentrarse únicamente en la desaparición y avanzó sobre el entorno del sospechoso.

Allí surgió un perfil que, según la fiscalía, puede explicar el posible móvil. Los detectives sostienen que González es ludópata, con una fuerte adicción al juego que lo llevaba a recorrer distintos casinos del Gran Mendoza.

Registros fílmicos lo ubican entrando y saliendo de salas como el Hyatt, el Sheraton y el Casino de Mendoza en reiteradas ocasiones. La hipótesis es que atravesaba dificultades económicas, posiblemente con deudas acumuladas, y que el crimen pudo estar vinculado a la necesidad de conseguir dinero para sostener ese hábito.

El vínculo con la víctima, en ese contexto, aparece como circunstancial y débil. La familia de Massó aseguró que no lo conocía. Sin embargo, reconstruyeron que González es hijo de un ex amigo del empresario, ya fallecido, y que mantenía con él un contacto esporádico: le hacía algunas changas.

No tenía empleo fijo. Vivía en San Martín, en el barrio Mebna, manzana C, junto a su pareja y sus hijos. Nació el 28 de mayo de 1976. Ese dato, sumado a su situación económica y a su adicción al juego, completa un cuadro que la fiscalía considera relevante para entender el trasfondo del hecho. Cuando le notificaron la imputación, miraba incrédulo; como sin entender cuál era su futuro. Para la investigadora del Ministerio Público estaba clarísimo: firmó el decreto de traslado a prisión.

Pero es en los movimientos posteriores a la desaparición donde la instrucción encuentra uno de los elementos más comprometedores. El Chevrolet Corsa gris de Massó fue hallado días después en un taller mecánico ubicado en la intersección de San Martín y Besares, en Luján.

Quien lo llevó hasta allí fue el propio González. El responsable del taller declaró que el ahora detenido le pidió que le retirara el equipo de gas. El vehículo, además, tenía uno de los números de la patente parcialmente cubierto, es decir, tapado con un fin poco claro, un detalle que los pesquisas interpretan como un intento de evitar su identificación. Sospechan que el verdadero objetivo era desarmarlo.

Las pericias realizadas por Policía Científica en ese rodado marcaron un punto de inflexión. En distintos sectores -baúl, alfombras, zócalos— se detectaron múltiples rastros para analizar y esta semana estarán los resultados. El objetivo es saber si se trata de rastros de sangre, debido a que no estaba confirmado. También se levantaron huellas papilares y fragmentos de precintos.

Esos indicios son compatibles con una situación de violencia ocurrida dentro del vehículo, posiblemente con la víctima reducida. La escena, según esa lectura, no solo sugiere un ataque, sino también una maniobra posterior para trasladar u ocultar el cuerpo. Esta es la gran duda que tiene el expediente, o que se intenta revelar: conocer si el jubilado fue asesinado y sus restos trasladados y ocultados.

En paralelo, la causa incorporó un dato que abre otra línea de análisis vinculada al patrimonio de la víctima. Una camioneta Mitsubishi que Massó utilizaba para sus actividades había sido adquirida a comienzos de año por el mismo dueño del taller donde apareció el Corsa.

Si bien el vehículo no estaba a nombre de Massó, era de uso habitual en sus negocios. Los investigadores sospechan que González pudo haber rastreado al titular registral y avanzar en gestiones para comercializarla, mediante formularios 08, en una operación que alcanzó los 9 millones de pesos. Esa posible maniobra refuerza la hipótesis de un móvil económico.

El allanamiento en la vivienda de González, en San Martín, también aportó elementos a la causa. Allí se secuestraron teléfonos celulares, una computadora portátil y prendas de vestir. Todo está siendo sometido a peritajes y cruzado con los registros fílmicos ya incorporados al expediente.

La expectativa de los investigadores está puesta en esos dispositivos: sospechan que pueden contener información clave para reconstruir con mayor precisión las horas posteriores al último encuentro con la víctima.

La fiscal Claudia Alejandra Ríos avanzó este jueves con la imputación formal por homicidio simple, sostenida en este conjunto de indicios que, para la acusación, conforman un cuadro sólido. Sin embargo, el caso mantiene una incógnita central: el paradero de Massó. Mientras esa pieza no aparezca, la investigación seguirá abierta, con rastrillajes y medidas en curso.