Los festejos en el Obelisco por el triunfo de la Selección. Credit: NA

Hay partidos de fútbol que sólo duran noventa minutos, otros que dejan algo más y unos pocos que en verdad se convierten en históricos, más allá de la tendencia que se tiene de calificar todo lo extraordinario, precisamente, como histórico. Esos históricos de verdad son los que se recordarán toda la vida. El triunfo de la Selección frente a Egipto, este martes en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, pertenece a esta última categoría. No sólo por la clasificación a cuartos de final, por el dramatismo del desarrollo o por la sensación, tantas veces repetida durante el ciclo de Lionel Scaloni, de que este equipo siempre encuentra una respuesta distinta cuando parece haber agotado todas las posibilidades. También porque, durante un par de horas largas, consiguió algo que la política, la economía y buena parte de las instituciones argentinas llevan décadas sin poder lograr: que millones de personas miraran para el mismo lado.

Puede parecer una exageración (una comparación cursi no faltará que alguien diga). Pero no lo es. Mientras los argentinos discutíamos sobre el juego de Messi, su penal errado y los suyos, mientras sufríamos cada avance de los faraones y celebrábamos cada recuperación de la pelota, como la de Paredes (el mejor 5 del mundo mundial) ante tres egipcios sobre el final, desaparecieron por un rato las divisiones y diferencias que dominan la conversación pública desde hace años. El kirchnerista y el libertario, el que llega con alivio a fin de mes y el que todavía no puede hacerlo, el que cree que Javier Milei está cambiando el país y el que está convencido de que lo está empeorando, compartíamos exactamente el mismo deseo.

No ocurre demasiado seguido. Y diría más, sólo ocurre con la Selección. Quizá por eso resulta tan interesante que la consultora de Martha Reale haya decidido cerrar su última encuesta nacional con una pregunta futbolera. Después de más de treinta páginas dedicadas a medir preocupaciones económicas, imágenes de dirigentes, intención de voto y expectativas sociales, aparece un bonus track que, en realidad, dice bastante más sobre la Argentina que muchas de las preguntas anteriores.

El 73,5 por ciento de los consultados cree que la Selección volverá a ser campeona del mundo. Otro 23,8 por ciento piensa que, como mínimo, estará entre los cuatro mejores. Apenas un 2,7 por ciento imagina una eliminación temprana. Dicho de otro modo, el 97 por ciento de los argentinos creemos que este equipo estará entre los principales protagonistas del Mundial.

No hay ningún dirigente político que despierte semejante nivel de confianza. Tampoco una institución, una empresa, un sindicato, una universidad o un poder del Estado. Ningún liderazgo consigue hoy ese consenso.

Y allí aparece una conclusión. La encuesta muestra un país partido casi por la mitad en prácticamente todos los temas relevantes. Hay diferencias mínimas entre quienes creen que el sacrificio económico valdrá la pena y quienes piensan que no servirá para nada. La gestión nacional acumula más desaprobación que aprobación. Dos tercios de los argentinos describen su situación económica como difícil o mala. La corrupción vuelve a instalarse entre las principales preocupaciones. Sin embargo, cuando la pregunta deja de ser política y pasa a ser futbolística, la grieta prácticamente desaparece.

No es algo menor. Hace décadas que la Argentina viene fracasando en casi todas las discusiones importantes. Cambian los gobiernos, cambian los modelos económicos, cambian las recetas y hasta las mayorías parlamentarias, pero el resultado termina siendo demasiado parecido. No acertamos, al menos hasta ahora. Desde hace más de medio siglo, por no decir mucho más, el país alterna crisis cambiarias, inflación, endeudamiento, pobreza creciente, pérdida de oportunidades y una dificultad estructural y recurrente, crónica, para sostener políticas de Estado que sobrevivan a un mandato presidencial.

La consecuencia es una sociedad cansada. Somos una sociedad que aprendió a desconfiar y no salimos de ahí. Una sociedad que sospecha antes de creer. Que escucha una promesa pensando que nunca será cumplida.

Por eso la Selección ocupa un lugar que excede largamente a este deporte que amamos los argentinos. No une porque todos pensemos igual. Une porque construyó exactamente lo que buena parte de la dirigencia argentina fue perdiendo durante décadas: credibilidad. Y recordemos cuánto le costó, después de años de frustraciones con un grupo extraordinario de jugadores. La construyó no a partir del relato sino de los resultados. No desde la épica vacía sino desde el trabajo sostenido, jugando cada partido como si fuera el primero.

Es probable que allí esté la diferencia. La política suele pedir confianza por adelantado. La Selección la fue acumulando de atrás hacia adelante. Tras las derrotas, los fracasos y las lágrimas, apareció el aprendizaje. Más tarde llegaron las dos Copas América. Luego el Mundial. Finalmente, una continuidad que convirtió la excepción en costumbre.

Los argentinos, que llevamos cincuenta años o más esperando que el país encuentre un rumbo parecido, reconocemos inmediatamente cuando algo funciona y eso es la Selección, independientemente de cómo siga la historia de ahora en más.

Quizá por eso festejamos tanto (y pensar que estamos en cuartos, recién). No celebramos solamente un triunfo frente a Egipto. Celebramos la posibilidad de volver a sentir orgullo ante una obra colectiva. De comprobar que todavía existen espacios donde el mérito, el esfuerzo, el liderazgo y la inteligencia producen resultados.

Mientras el país continúa buscando cómo salir de un estancamiento que ya atraviesa generaciones enteras, la Selección ofrece una certeza inusual: que es posible construir un proyecto duradero y colectivo sin empezar de cero cada cuatro años.

No resuelve la inflación, no genera empleo, no baja la pobreza ni ordena las cuentas públicas. Pero recuerda algo que la Argentina parece olvidar demasiado seguido: ninguna sociedad progresa si pierde la capacidad de confiar en alguien o en algo.

Tal vez por eso, después de otra tarde inolvidable de Mundial, la encuesta de Martha Reale termine diciendo bastante menos sobre fútbol que sobre la Argentina. Porque revela que, en medio de un país que discute absolutamente todo, todavía queda un lugar donde la inmensa mayoría puede reconocerse en un mismo abrazo. Y, para un país que hace demasiado tiempo dejó de encontrarse consigo mismo, eso no deja de ser una buena noticia.