Una suerte de promesa de mejores tiempos por venir en Argentina post-15 de noviembre, y con él protagonizando algunos de esos nuevos espacios que se abrirían para ser conducidos, es lo que parece haber tranquilizado y en lo que está concentrado el diputado nacional José Luis Ramón. ¿Dónde está Ramón?, es una de las preguntas que se hacen en medio de los variados análisis de la campaña previa a la definitiva elección legislativa.

Ramón, luego de haber sellado una estrecha relación con Sergio Massa, no sólo ya se considera en Mendoza “uno de sus hombres y referentes”, sino que ha comenzado a alimentar, como lo está haciendo el massismo nacional, un posible salto a la Nación si el presidente de la Cámara de Diputados nacional aparece al frente de un cargo relevante en un nuevo gabinete o controlando con más poder y decisión algunas de las áreas del Gobierno. El massismo, en principio, ofrece cambiar la historia y el rumbo de la administración nacional si lo dejan manejar Producción y Economía.

“Vos quédate tranquilo, que todos los cambios que se han hecho tienen plazo fijo y para un tiempo determinado. Lo importante y serio viene luego del 15, para cuando se reestructure el Gobierno hacia el 2023”, habría sido el mensaje de Massa hacia Ramón algunas semanas atrás. Por su perfil y por su origen desde la ONG Protectora, donde construyó toda una carrera en defensa de los consumidores, a Ramón no sólo se lo ha sindicado para un posible tribunal de los consumidores en Justicia, sino, como ha trascendido días atrás, en aquella estructura controladora y fiscalizadora de los precios congelados que ha asumido Roberto Feletti en Comercio Interior.

Los mensajes de Massa, varios con tono tranquilizador y que piden paciencia, no sólo los ha recibido Ramón en Mendoza, sino toda una porción visible del Frente de Todos que ha comenzado a interesarse en disputarle el poder al propio Alberto Fernández, y también al kirchnerismo, de la elaboración, la conducción y el monitoreo del plan que sí o sí –ahora más que nunca– el Gobierno nacional tiene que idear e implementar tras las elecciones del 15, si es que pretende reconstruir la confianza para llegar con vida al 2023.

Todo indica que el kirchnerismo que gobierna la Nación sabe que no podrá remontar el resultado de las PASO. Su objetivo se ha concentrado en no perder lo que obtuvo para la elección definitiva del domingo 14, como le ocurre aquí en Mendoza en la oposición. Por las provincias en general, desde ya que mantiene viva la esperanza de cambiar la historia, lo que es obvio. Pero la realidad le está devolviendo las imágenes que menos desea. Está haciendo fuerza, sin embargo, en La Pampa y Chubut, Estados que gobierna, y en los que cree que todavía podría escribir otra historia y salvar la amenaza cierta de perder los senadores que se eligen en ellas, como en seis estados provinciales más.

El temor a no contar con el control del Senado que conduce Cristina alumbraría un escenario inédito para el peronismo que siempre, desde allí, manejó buena parte de las políticas más estratégicas al frente del Gobierno. El “plan platita” y el programa de precios congelados son las únicas herramientas que pudo construir tras la pérdida de las Primarias para evitar una derrota que muchos, no pocos, califican de bisagra de cara a la puesta en juego de la conducción institucional del país en el 2023.

Resultó ser Massa el primero en aventurar la convocatoria a un acuerdo nacional necesario entre los gremios, los empresarios y la oposición. Claro que cuando lo esbozó, en un contexto exacerbado por la campaña electoral, lo primero que hizo Juntos por el Cambio a nivel nacional fue rechazarlo. Y, probablemente, también siga siendo su posición por un tiempo luego de las elecciones, si es que consigue derrotar al oficialismo como se cree. Tanto el Pro, como la Coalición Cívica y los radicales habrían acordado dejar que juegue sus fichas el Gobierno en la nueva configuración de país que tendremos hacia delante y luego se verá. Está claro que si algo capitalizó la oposición en este último tiempo ha sido la diferenciación de todo lo realizado desde la Rosada y, con eso de por medio, haber logrado un éxito llamativo y relativo también –tarde, es cierto–, de que buena parte de las reformas que intentó llevar adelante cuando gobernó sobre la relación estado y economía; sobre la búsqueda del equilibrio entre lo que ingresa y lo que se gasta y en qué desde el Estado, y otras medidas más. Y lo ha visto reflejado en la última elección. Ha sido parte por mérito propio; pero una parte clave, quién puede dudar de eso, del fracaso del nuevo gobierno y ese desasosiego extendido transversalmente a todos los sectores sociales sin distinción.

En ese escenario apocalíptico para el oficialismo, el plan de Massa apuntaría a buscar un acuerdo, como está dicho, donde todos deberían avalar una política de shock y de sinceramiento de todas las variables de la economía, particularmente. Quienes se preparan para ir a buscar los cambios y a militarlos en el Gobierno, como Massa, quien, además, no deja de pensar un solo instante en el 2023, hace tiempo se convencieron de que la inflación no se detendrá por un programa de congelamiento de precios por más exitoso que pueda ser, sino que lo que viene obliga a que se sincere todo el escenario y a buscar los caminos que conduzcan a la producción y generación de trabajo.

Todo lo demás ya es parte de un relato que ni los seguidores y adeptos más fieles y leales al kirchnerismo están siguiendo sin reparos ni cuestionamientos.