De pronto, el “progre” descubrió que la verdadera y única lucha por los derechos humanos se inició aquel 24 de marzo del 2004, cuando el presidente Néstor Kirchner ordenó bajar el cuadro del dictador Videla de una de las paredes del Colegio Militar. Para el progre –el verdadero–, nada se había hecho antes para hacerles pagar a los militares golpistas tanta afrenta y dolor provocado al pueblo argentino con el golpe de 1976, como si no hubiese existido un juicio a las Juntas, por caso, llevado adelante por la Justicia civil en 1985, tras una decisión política del presidente Raúl Alfonsín. Como si en setiembre de 1984 –un año antes del arranque del emblemático proceso reivindicatorio de los derechos y de las leyes institucionales vigentes en el país– tampoco hubiese existido una Conadep, de donde surgió el Nunca Más, en el que quedaron registradas las 8.961 desapariciones forzadas de personas que se denunciaron durante los años más oscuros de la historia moderna del país. Y así con muchas cosas más. El progre, como el concepto novedoso que caracterizaría de ahí en más al emergente de un ciudadano distinto de lo conocido, fue rebautizando situaciones, formas y modos de ver la realidad en un sentido amplio, además de reescribir una historia que, en su particular visión, o se había escondido o, deliberadamente, se había distorsionado. 

Algo de todo esto está contenido en un libro que está dando mucho que hablar en la discusión ideológica que se ha instalado en el país y que ha ganado las calles pocos días atrás, durante marzo. Se llama El gran simulacro, el naufragio de la educación argentina, escrito por la especialista en educación e integrante de la Facultad  Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) Guillermina Tiramonti.

El trabajo cuenta con todo un viento a favor para involucrarse de lleno en la polémica siempre vigente del presente y el futuro de la educación en Argentina, hoy dominada y contaminada por un proceso de hiperideologización en todos sus ámbitos, desde la formación y postura de los docentes frente al hecho educativo, pasando por los contenidos que se imparten, hasta el objeto y el fin de la escuela para chicos que viven en un país pobre y sin rumbo en un sentido amplio.

Cuando, en la semana, el ex director general de Escuelas de la provincia Jaime Correas fue invitado por LV10 para analizar los pros y contras que puede haber por tener una hora más de clases para los  chicos de la primaria de todo el país mencionó la necesidad de tener en cuenta la toma de decisiones, la capacitación y la formación de los docentes, y lo hizo apoyándose en un dato intrigante –conocido por el propio Correas– y que Tiramonti ha incluido en su libro: entre 40 y 50 por ciento de los estudiantes de los institutos de formación docente, de 4to año, a punto de recibirse, no tiene comprensión lectora.

Vamos otra vez: la mitad de los futuros maestros –de  acuerdo con este trabajo de investigación que surgió tras revisar las evaluaciones del 2017– no logró comprender textos que, según Correas, no tenían nada de extraño.  “No les preguntaban sobre la Teoría de la Relatividad, sino que, más bien, se trataba de un texto razonable que cualquiera podría entender”, dijo.

La capacitación docente no está entre los primeros temas de discusión o entre los prioritarios en la relación que llevan adelante los gobiernos con los sindicatos del sector. De eso va, en gran medida, el libro de Tiramonti. Y lo prueba la reacción de la CTERA, la confederación que reúne a los gremios docentes de todo el país y que conduce Roberto Baradel, una vez que se conoció la propuesta del Ministerio de Educación nacional para impartir una hora más de clases en la primaria. Por medio de un comunicado distribuido por la confederación K, la medida se rechaza de plano porque se vulneran los derechos de los trabajadores y se sobrecarga la tarea del docente.

Distinta resultó ser la postura del sindicato docente mendocino, el SUTE, que, al menos, se ha permitido esperar la decisión oficial que se discute en el Consejo Federal de Educación y analizar con más detenimiento un tema que merece ser abordado sin tantas cuestiones ideológicas, pasiones extremas, pero con mucho sentido común, además de criterio y pragmatismo.

El gran simulacro… trata del grave problema argentino de los docentes mal formados, del hecho de que cerca de la mitad de los chicos son los que terminan la  escolaridad obligatoria, de que los jóvenes no egresan preparados para ingresar y desempeñarse con éxito en el sistema laboral y de que desde un tiempo a esta parte  “se dejó de enseñar y se pasó a simular”. Tiramonti describe lo que ella señala como el asistencialismo en las escuelas y la pedagogía de la compasión, lo que ha dejado como resultado que se abandone la preocupación por los aprendizajes y se haya extendido el menosprecio al progreso individual.

Uno de los aspectos que la especialista ha identificado como nocivo es el de la extrema ideologización de todo el proceso y del avance del “progre” por sobre lo que no lo es para el propio progre, visto desde una suerte de ideología dominante: el que no es progresista o progre, es un neoliberal, tomado con una connotación despectiva y peyorativa, por supuesto.

“En materia educativa, esto se traduce en una desacreditación de los modos de trabajo que se organizan sobre la base de la utilización de tecnologías y también en una incomprensión respecto de cómo se articula su uso con nuevas formas de aprender. Hay una asociación entre tecnologías, innovación escolar y neoliberalismo. Se interpreta que son los neoliberales los que están atentos al futuro, porque su preocupación es generar sujetos funcionales a las nuevas características del mercado”,  dice Tiramonti.

En su libro, agrega la especialista: “Ellos dicen todos y todas y ellos y ellas, y los que pertenecen al grupo rojo de la cofradía escriben con la equis (x), reemplazando las  vocales, o para aludir a la extensa variación de los géneros se habla con la e. Las convicciones progres son de carácter político-ideológico, pero tienen la fuerza de las creencias religiosas. Se sostienen aún para fundamentar los discursos supuestamente científicos. En sus palabras, la realidad es una plastilina maleable que siempre  admite una interpretación acorde con las certezas previas”.

“Los progres son renuentes al criterio del mérito como principio de reconocimiento o distribución. Consideran que lo que se denomina mérito no es más que una adopción de las pautas culturales y los valores de las élites como universalmente legítimas y, por lo tanto, exigibles a toda la población, sea cual sea su origen o  condición. El mérito les exige a las minorías someterse a las pautas culturales de los sectores dominantes y, desde esta perspectiva, la meritocracia no es más que la coartada perfecta para la reproducción de las desigualdades”.

Y, finalmente, los describe como los “cultores del corporativismo y no del pluralismo político. Cuando se reclama consenso, se está aludiendo a los acuerdos entre corporaciones, sindicatos y aquellos que definen y defienden corporativamente sus intereses. Por ejemplo, los institutos de formación docente o los rectores universitarios o cualquier agrupación que se adjudique la representación de un colectivo que, por supuesto, acuerde con el pensamiento progre. Si no, serán acusados de defensores de los intereses neoliberales”.