El primer aplauso para Alfredo Cornejo llegó varios minutos después del comienzo de su discurso en la Asamblea Legislativa del 1 de mayo. No es porque la platea de intendentes, ministros y legisladores estuviera adormilada. Ese primer gesto de apoyo se demoró porque el gobernador ocupó la primera parte del speech en un duro diagnóstico sobre la economía, el ajuste y el impacto en la vida de los mendocinos. No había nada que festejar.
Cornejo eligió una silla incómoda en la que ubicarse en el nuevo mapa nacional. Ese diseño político tiene a Javier Milei, por un lado, y a los gobernadores y fuerzas de la oposición, por el otro. Como quedó demostrado con la reciente sanción de la ley Bases y el paquete fiscal en Diputados, esa vidriera no muestra los antagonismos de antes, sino que responde a otra lógica del poder.
El diagnóstico confirmó detalles de la degradación social que ha tenido Mendoza a lo largo de los años. Por ejemplo, recordó que en su primera gestión había 400 chicos en hogares del Estado. Esa cifra hoy se duplica, lo que exigirá presupuesto para abrir más de estos centros de contención.
La recaudación provincial tampoco alumbra un horizonte despejado, porque la caída en los ingresos tanto nacionales como locales impactó en tres de los principales servicios que da el Estado: el transporte, la educación y la salud, todos sensibles al humor social.
Por eso, entre tantos apuros, el acuerdo con el Gobierno nacional para poder utilizar sin limitaciones los 1023 millones de dólares de Portezuelo del Viento en obras de agua y energía fue uno de los pocos anuncios donde en general la clase política que lo escuchaba respiró con alivio. Esa descomunal torta de plata se repartirá en toda la provincia, prometió.
La silla en la que se ubicó Cornejo está constreñida hacia la izquierda por la agudización de los problemas sociales y, hacia la derecha, por la aceleración del ajuste para reordenar la macroeconomía. Pellizca de un lado, pincha del otro. Hace que el gobernador en su segunda gestión no esté tan a sus anchas como en la primera.
De allí que esa primera parte del discurso sirvió para justificar por qué en estos cinco meses se ha encolumnado detrás de las reformas que ha empujado Javier Milei. El gobernador ha sabido disimular bastante bien las diferencias con la Casa Rosada, pero no ha ocultado su apoyo, a veces de manera enfática, como en la Vendimia.
Hay una afirmación que Cornejo reitera, a veces, como un mantra, pero otras como un casete reiterativo. “Si a la Nación le va bien, a Mendoza le va a ir aún mejor“. Esta afirmación revalidó que el ajuste económico ha sido la principal justificación, aunque con “reparos” -se atajó-, para apoyar el big bang del presidente libertario al frente del país.
En esa silla apretada, Cornejo revalidó que hay que darle las herramientas necesarias para que lleve adelante las reformas, aunque también le pidió al Gobierno nacional que pueda ver más allá de sus dogmas.
Este lugar incómodo tendrá que volver a jugarse el 25 de mayo. Dado su alineamiento, seguramente Alfredo Cornejo estará en Córdoba para suscribir el Pacto de Mayo. Apenas marcó un tenue límite: pidió acuerdos para el futuro y que este pacto no se quede sólo en la economía, también apunte a la educación.
