El presidente Javier Milei en un acto de campaña.

El fin de año se presenta manso, pero no tranquilo. Manso por lo relativamente calmo, no por el sentido que le damos en Mendoza. No hay nada “súper” en el escenario social, ni mucho menos extraordinario en términos de grandiosidad o espectacularidad. Y si bien el cierre del 2025 llega manso, no es tranquilo como está dicho. La era de Javier Milei ha logrado forjar un nuevo modelo de ciudadano, un personaje social y político distinto: en ese ser hay esperanza, pero no optimismo; y una mirada que no se extiende más allá del metro cuadrado. Cómo me salvo, qué emprendo, qué arriesgo o por dónde innovo para hacer valer mi mérito y convertir mi sacrificio en recompensa.

Un adelanto de un trabajo de focus group que Roberto Stahringer (Sociolítica) presentará en pocos días confirma ese nuevo modelo de jóvenes veinteañeros y subcuarenta que el mileísmo parece estar moldeando. Son personas atravesadas por la búsqueda de su destino personal —lo que incluye desde la subsistencia hasta la realización profesional—. Tienen esperanza, pero no son optimistas; y la intranquilidad de fin de año, mencionada al comienzo, proviene justamente de este universo de ciudadanos que marca el pulso político del país. Se refleja en la frustración, el cansancio, la desilusión y el descreimiento —dice Stahringer—, probablemente por tantos años de sinsabores.

No creen en la política como la conocimos ni ven una alternativa concreta frente a Milei, mucho menos algo cercano a lo que pretenden. La política tradicional, con sus vicios, sus formas y sus modos, estafó en gran medida a sus abuelos y bastante a sus padres. No quieren más de eso. Y ahora toca jugar en este nuevo escenario, con reglas distintas y nuevas herramientas que el mundo analógico de sus mayores desconoce o en las que no confía.

En la praxis de la política concreta, la grieta, siempre en movimiento, ahora se asienta sobre el modelo de país. No es que antes no se tratara también de eso, pero ahora la división está más nítidamente vinculada al formato de nación y al lugar en el mundo que la Argentina debería ocupar. Milei ha trazado nuevos límites.

Para este período de sesiones parlamentarias extraordinarias, empoderado por el resultado de octubre, el Presidente apunta al Congreso hacia reformas de fondo que ninguno de sus antecesores logró concretar, aunque todos las intentaron. El debate que viene –marcado por los cambios estructurales en lo laboral, lo tributario, lo fiscal, y una necesaria revisión previsional que se postergaría– debería garantizar un equilibrio de condiciones y fuerzas para todos los involucrados. Que la generación de empleo no sea a costa de la empresa, motor de la riqueza, ni tampoco del trabajador. Se avecina una reconfiguración que modificará más rápido de lo pensado el perfil de las empresas, de las unidades económicas y del trabajador mismo. Todo en un sistema ahogado por un esquema impositivo que se ha convertido en el mayor lastre de la competitividad argentina en la región y frente al mundo desarrollado.

Ese debate –integral– divide hoy los mundos que alimentan la grieta. Una parte mira el pasado y se obsesiona con repetir épocas que ya no volverán, mientras otra intenta salir de trampas repetidas durante décadas. La sociedad, no caben dudas, hizo oír su voz en este desorden, y es eso lo que Milei usará para acelerar. También es de suponer que el propio Milei y su entorno toman nota de los errores de quienes lo precedieron y de aquellas promesas sobre su rol y un eventual paso al costado. Sería imperdonable que así no lo hiciera, para evitar más frustraciones colectivas. Pero en la administración del poder nunca se sabe, y menos cuando se ha alcanzado la cresta de la ola.

Mucho de esa nueva/vieja grieta se vio esta semana en Mendoza con el debate sobre el paquete de leyes mineras y el futuro de la provincia. El peronismo, retorciéndose en busca de una posición frente a una discusión histórica, queda preso del extremismo de una de sus facciones –minoritaria, bulliciosa, poderosa aun en inferioridad–, que le impide ver a esa Mendoza que necesita redefinirse en el nuevo modelo de país.

Antes de que el Senado convierta en ley la DIA del Proyecto San Jorge – Cobre Mendocino (PSJ), el peronismo tiene todavía unos días para seguir analizando un informe que, para las organizaciones técnicas, ofrece garantías ambientales suficientes, incluyendo monitoreos permanentes que condicionan el avance de lo que podría ser la primera mina de cobre en producción del país.

Ese debate en Diputados dejó, además, un elemento llamativo para el análisis: un contraste que expone ese país dividido por edades, entre una generación analógica –que puede no comprender del todo lo que pasa o lo lee con anteojos de medio siglo atrás– y otra ya mimetizada con los ritmos que imponen la IA, la tecnología, la innovación y los cambios culturales. Dos o tres legisladores de una misma generación, treintañeros ellos, enfrentados no sólo por ideología o convicciones políticas, sino por una brecha más profunda: la que separa un pasado agotado de un futuro por construir, incierto, sí, pero cargado de esperanza.