La cercanía del debate electoral, que hipersensibiliza a la política y a la sociedad como es costumbre en la Argentina, la grieta ideológica y cultural que se acentúa en vez de morigerarse con el paso del tiempo y el fanatismo ideológico y dogmático de parte tanto de quien gobierna como de su principal oposición colocan al país en un callejón sin salida. Lo imposibilitan para alcanzar o siquiera pensar en un acuerdo amplio, un pacto social o la búsqueda de una concertación política que permita estabilizar la economía y, al mismo tiempo, aliviar el dolor de un proceso que puede llevar varios años.
Otros países resolvieron problemas estructurales similares al que tiene la Argentina y consiguieron sostener esas soluciones durante mucho tiempo, precisamente porque sus sociedades y sus dirigencias encontraron mecanismos para hacer soportable la transición.
El problema del endeudamiento social y familiar en la Argentina, precisamente por estas razones que hoy dificultan cualquier entendimiento lógico y serio, ha caído también en el sendero de los extremos. Por eso se llega a la conclusión de que la suerte de ese problema social en el que han caído miles de familias, el endeudamiento, por múltiples razones que no viene a cuento examinar aquí, pareciera quedar sometida a la suerte de una contienda electoral en la que el resultado no puede ser otro que blanco o negro.
Es una manifestación más de la dificultad argentina para construir acuerdos sobre cuestiones que deberían estar por encima de una elección. Una dificultad particularmente grave en un país que durante décadas se consideró entre los más avanzados e ilustrados del continente.
La estabilización de la economía en la que entró el país hacia fines de 2023, otro intento de los tantos que fracasaron en el pasado reciento o tuvieron un éxito temporario a lo largo de la historia argentina, supone, como ha sucedido en otros procesos de esta naturaleza, ingresar en una zona de fuertes turbulencias y alto sufrimiento para buena parte de la sociedad, empezando por los sectores medios y, en particular, por los sectores más vulnerables.
Todo proceso de estabilización supone sacrificios, lo sabemos por experiencia propia y por lo que ha sucedido en el resto del mundo. Ahora bien, ¿es posible llevarlo adelante con medidas paliativas para quienes más sacrificio hacen y más lo sufren?
Para el universo libertario, parece tratarse de asumir políticas del populismo que vino a combatir y eliminar del país. Responder así, como lo hace Milei, supone cuanto menos una falta de consideración hacia una parte de la sociedad que ha confiado en su visión y en su capacidad para sacar la nación adelante, pero que le reclama a la vez algún grado de sensibilidad.
Milei parece interpretar que eso significa volver a la emisión descontrolada, a los planes platita y al dispendio irresponsable de los recursos públicos por parte de funcionarios que administran plata ajena.
Pero esa no es necesariamente la única alternativa. La experiencia de otros países que enfrentaron y resolvieron problemas de inflación, endeudamiento y desequilibrios estructurales desmiente tanto esa mirada del oficialismo como el método utilizado en otros momentos por quienes hoy forman parte de la oposición.
Israel es un buen ejemplo. En 1985 puso en marcha un drástico programa de estabilización que combinó ajuste fiscal, disciplina monetaria, una fuerte corrección cambiaria y un acuerdo entre el gobierno, los sindicatos y los empresarios. El entendimiento incluyó un congelamiento de salarios y precios y permitió reducir drásticamente la inflación, con un costo social que fue amortiguado por mecanismos de protección.
En Israel nunca abandonaron por eso el ajuste. Sino que construyeron las condiciones sociales y políticas para que el control de las cuentas pudiera sostenerse.
Chile ofrece otra experiencia, aunque mucho más controvertida por su origen y por el costo social de las políticas aplicadas durante la dictadura de Augusto Pinochet. La estabilización y las reformas económicas fueron dolorosas y tuvieron consecuencias sociales profundas. Pero la recuperación democrática posterior, ya en los 90, encontró un amplio consenso en torno a la disciplina macroeconómica y permitió combinar crecimiento, reducción de la pobreza y políticas sociales, aunque la desigualdad siguió siendo uno de los grandes problemas del modelo chileno. La búsqueda de consensos fue también una de las razones de la estabilidad económica posterior. Chile ha sido el padre de la concertación.
Ahí aparece una cuestión que parece elemental y, sin embargo, la Argentina todavía no consigue resolver: es posible buscar el equilibrio fiscal sin abandonar la búsqueda de un equilibrio social.
Portugal también muestra un derrotero a seguir interesante, aunque por razones diferentes. Atravesó procesos severos de ajuste y, más recientemente, una crisis de deuda que obligó a importantes recortes. Pero el camino posterior mostró que la consolidación fiscal no necesariamente obliga a mantener indefinidamente por el piso los salarios, las jubilaciones y el consumo. Una vez recuperado el equilibrio, Portugal pudo recomponer ingresos y gasto social manteniendo una trayectoria fiscal prudente.
Grecia constituye probablemente el ejemplo más extremo y, por eso mismo, el que más debería llamar la atención. La estabilización posterior a la crisis de deuda fue lenta y extraordinariamente dolorosa. Los programas de austeridad provocaron una profunda recesión, desempleo y un deterioro social enorme. La experiencia dejó una enseñanza que no debería ser ignorada: la disciplina fiscal puede ser indispensable, pero el modo en que se distribuye su costo importa tanto para la sociedad como para la propia sostenibilidad del programa. Grecia salió finalmente de los programas de rescate y hoy combina disciplina fiscal con medidas destinadas a recomponer salarios, pensiones y asistencia a sectores vulnerables.
Ninguno de estos casos puede ser copiado mecánicamente por la Argentina. Sus economías, sus instituciones, sus sociedades y las circunstancias históricas fueron diferentes. Pero todos dejan una enseñanza que parece difícil de discutir: la estabilización económica no tiene por qué ser sinónimo de indiferencia social.
Para el gobierno libertario, el mayor compromiso social con sus gobernados parece consistir en no sucumbir al pedido de empatía que se le reclama, porque de hacerlo podría derivar en un gasto público irresponsable para ir en rescate de contratos entre privados.
Lo que necesita una política económica es algo más concreto y práctico: mecanismos de protección para evitar que el costo de la estabilización destruya el capital humano, expulse trabajadores del sistema, profundice innecesariamente la pobreza o termine generando un rechazo social capaz de poner en riesgo el propio programa económico.
La experiencia internacional muestra que esos mecanismos no necesariamente implican abandonar el equilibrio fiscal. En algunos casos fueron parte de la estrategia para conseguirlo y sostenerlo.
Incluso el FMI ha insistido en distintos procesos de estabilización en la importancia de proteger a los sectores más vulnerables y preservar la gobernabilidad, precisamente para evitar que los costos sociales terminen haciendo inviable el programa económico.
Las lecciones internacionales son demasiado ricas como para ignorarlas. La Argentina necesita estabilizar su economía, terminar con la inflación, recuperar el crédito, reducir el endeudamiento y reconstruir las condiciones para que familias y empresas puedan volver a financiarse a tasas razonables. El programa de Milei puede ser el camino para conseguirlo. Pero podría equivocarse gravemente si cree que para alcanzar ese objetivo haya que elegir entre equilibrio fiscal y equilibrio social.
Hay salidas. Hace falta un esfuerzo de responsabilidad para buscarlas, proponerlas, discutirlas y llevarlas a la práctica, todo lo que no se encuentra en el universo de redes sociales que le marcan el clima y el humor al gobierno.
El fanatismo ideológico, en cambio, vuelve a colocar a la Argentina frente al mismo problema de siempre: la incapacidad de encontrar un punto de acuerdo que permita sostener en el tiempo aquello que una mayoría circunstancial consiguió imponer.
Y así vuelve a aparecer el fantasma del péndulo, ese enemigo de las inversiones, de la previsibilidad y de quienes alguna vez, desde afuera, creyeron ver a la Argentina como una oportunidad.
