La decisión de la Corte mendocina zanjó ayer una discusión que corría el riesgo de desmadrarse y llegar a un estado casi de violencia. Nadie duda que cada parte tiene el derecho de expresar sus ideas y debatir, plantear y discutir en un marco democrático las posibles modificaciones legales. Así como los grupos abortistas suelen militar, muchas veces, estruendosamente y con poco respeto por los demás, su posición, los grupos antiabortistas, a pesar de proclamarse católicos, suelen demostrar muy poco respeto al prójimo y, a veces, muy poca misericordia ante situaciones gravísimas.
El hecho de perseguir hasta el mismo aeropuerto a la madre de la joven discapacitada no es más que una muestra de un fundamentalismo intolerante y poco constructivo. La Corte zanjó ayer el tema Claudia, una historia más cercana a la tragedia que a la vida. Sin embargo, ahora aparece un desafío mayúsculo y es dar el debate serio sobre el tema, en forma civilizada, como sociedad que creemos ser, en un marco donde el respeto y la tolerancia sean moneda corriente y donde seamos capaces de respetar el resultado de ese debate, del que debe salir una posición definitiva del Estado sobre un tema tan candente como el aborto.
