Muchas veces hemos defendido desde esta columna el derecho constitucional de peticionar ante las autoridades, de reclamar dentro del marco de la ley y, por sobre todas las cosas, de hacerlo con respeto hacia los demás. En las últimas semanas volvió a aparecer en escena, después de un tiempo de silencio, Raquel Blas, un personaje por lo menos contradictorio, ya que muchas veces suele decir cosas que otros no se animan, pero a la vez suele espantar con sus actitudes y sus formas a quienes podrían apoyarla.
Más allá de que sus reclamos contra la OSEP pueden ser muy discutibles y quizás hasta planteados en el ámbito equivocado, asusta la facilidad para calificar con adjetivos delictuales a sus adversarios. Pero, sobre todo, debería preocupar la foto que parece hoy en las páginas de este diario y algunas otras que no publicamos por cuestiones de espacio. Ver a una dirigente sindical, que debería encabezar reclamos de sus representados, pintando con aerosol rojo la vereda de la OSEP, o sea, un espacio público, y que encima es la entrada a un edificio donde sus propios representados van a hacer cientos de trámites relacionados con su salud, es, por lo menos, impresentable. Pero no sólo eso.
Cuando terminó de escribir todas sus acusaciones en la vereda, siguió con el mismo aerosol en el arbolado público que se encuentra en las adyacencias de la OSEP, y para peor, ante la mirada atenta y aprobatoria que de sus colegas sindicalistas, entre ellos, nada más y nada menos que del titular del gremio docente.
Obviamente, mientras esto pasaba, cientos de hombres y mujeres que ellos dicen representar y defender no podían hacer los trámites que necesitaban en la obra social que los cubre, porque, o no podían acceder al edificio, o si estaban dentro, debían ver cómo un grupo de empleados de la OSEP, en vez de llamarse a silencio y trabajar, se dedicó a contrarrestar la protesta. La verdad es que estamos ante un verdadero despropósito que alguien debería parar, sobre todo llamando a la reflexión a un grupo de personas que dicen representar a otras pero que toman actitudes que sólo los marginan de la sociedad.
