La decisión del gobierno escolar de la provincia de analizar la posibilidad de contratar agentes de seguridad privada para custodiar escuelas y así evitar robos y vandalismo es un síntoma de que vamos muy mal socialmente. La iniciativa, que ha generado dudas en los legisladores y por eso han citado a la titular de la Dirección de Escuelas, Emma Cunietti, nos demuestra que el vacío de valores solidarios que dejó la década pasada llega a niveles insospechados.

    El trabajo y la educación son los pilares de cualquier país que quiera progresar y convertirse en un lugar digno para vivir. En el caso de los que roban o destruyen escuelas, se trata nada menos que de jóvenes que han sido expulsados del sistema educativo y laboral por las políticas de exclusión implementadas en los últimos 30 años en Argentina. Estas son las consecuencias: jóvenes que no trabajan y se transforman en vándalos, a quienes tampoco les interesa estar dentro del sistema educativo, enmarcados en esa pérdida de valores trágica de los últimos años.

    El destruir una escuela nos demuestra el desprecio total a la posibilidad de salir adelante con esfuerzo personal, estudio y disciplina. Justamente, el ejemplo de individualismo y del “sálvese quién pueda” de los 90 y del pensamiento neoliberal fomentó jóvenes resentidos y muy violentos. El pasaje a un modelo de país diferente, sostenido en la solidaridad, el esfuerzo y el trabajo, es la única manera como los argentinos podamos sentirnos contenidos por un país que dé oportunidades a todos.