Quien podría aventurar 40 años atrás, cuando renacía, ahora sí y de forma permanente la democracia en la Argentina que en la elección del aniversario de las cuatro décadas, nada más y nada menos, el país se iba a debatir entre seguir con una constante e inexplicable insistencia de un modelo que sólo ha triunfado en la fabricación de pobres y más pobres, además de posicionar holgadamente al país al tope de las naciones más inflacionarias del planeta, o apostar por un aspirante alternativo que sólo parece haber garantizado una expresión a la indignación, la bronca y el odio dejando un mar de interrogantes en torno a medidas exageradamente transgresoras, novedosas y por demás extravagantes. De Guatemala a Guatepeor.
Que tales alternativas, tan poco sofisticadas –pero tan potencialmente dañinas por lo que ofrecen–, tendría que obligar a la sociedad a sumergirse en un esfuerzo no por no decidir llevar adelante las reformas y las correcciones sobre todo lo que se ha hecho muy mal. Pero sí por las razones objetivas y de fondo por los motivos y las causas que impiden alumbrar, a esta altura de las circunstancias, un estadio de ideas de calidad superior, con sentido común y similares a la de los países más o menos normales.
En la nueva configuración que se avecina, Mendoza ha quedado bajo el control institucional de una conducción que se ha visto en la oposición de lo que viene, no importa lo que eso fuese, según se ha dicho oficialmente. Ahora, ¿le será lo mismo? ¿le vendrá igual a la provincia quedar sujeta a un país en manos de Sergio Massa o de Javier Milei?
El primero viene de refrendar un acuerdo con los gobernadores afines al kirchnerismo, muchos de ellos históricos y fervientes defensores de un Estado cínicamente benefactor a nivel nacional que los condujo a manejarse con las dádivas y recursos repartidos caprichosamente bajo el criterio de la billetera y el garrote, como se ha visto por tantos años.
Provincias que no se creyeron entonces –ni tampoco se vieron–, obligadas a buscar un sustento propio basado en la explotación de sus recursos y riqueza por su cuenta, con independencia, autonomía y dignidad. Provincias que paralizaron la producción de sus bienes naturales o bien la exploración de los mismos, animados o desanimados según como se lo mire por un sistema de coparticipación federal de impuestos que con el paso del tiempo terminó premiando más la ineficiencia, la quietud, la pasividad y el clientelismo, que el progreso, por caso. Y la inquietud por buscar, siempre, las condiciones de vida y el estatus en general de toda la sociedad. Esto último vale no solo para los gobiernos de las provincias por ser los que han tomado las decisiones que han marcado el rumbo de sus propios estados, sino también para sus mismos pueblos, porque evidentemente ambas cosas van de la mano.
Por el lado del libertario, sin embargo, y pese a que fue el que promocionó una suerte de plataforma escrita con las bases mínimas del proyecto de país que ha defendido y con el que se ganó el derecho de jugar en el balotaje, la imprecisión y la confusión es lo que ha abundado en sus ideas, en particular aquellas vinculadas con la administración del Estado y de sus recursos. Pero si algo dejó en claro Milei que de llegar al gobierno eliminaría buena parte de las transferencias hacia las provincias, quizás, imaginando que podría impulsar un cambio en la forma y manera de administración y de recaudación de los impuestos. No está del todo claro. Pero las dudas crecen alrededor de la sustentación de su proyecto; otra vez, de su forma y su modo de llevarlo adelante, atropellando y mancillando, incluso bases constitucionales.
La elección, para muchos argentinos, se dirime entre cosas malas. Dos cosas malas. En verdad, el feudalismo que se arraigó en la Argentina en las últimas décadas tan sólidamente, tan apegado al “sentir nacional”, ha corroborado y confirmado el fracaso también de la misma política por ofrecer, ante eso, una alternativa competitiva y efectiva. Hoy, Juntos por el Cambio es la manifestación más clara de todo eso.
Continuando con las especulaciones y presunciones frente a lo que se le puede venir a la Argentina, no sólo a nivel de modelo y gestión sobre sus bienes y sus recursos en manos de uno u otra propuesta, es válido imaginar lo que pueda emerger de esa oposición desperdigada. Esa coalición, tal como se la conocía, parece haber llegado a su fin y aquellos que hacia fines del 2015 y principios del 2016 imaginaban el surgimiento en la Argentina de un esquema de fuerzas y de tensiones dividido en dos bloques, como ocurre en otras sociedades maduras, de centro izquierdas y centro derechas, sin obviar los matices, parece haber quedado en el olvido por impracticable.
Entonces otra vez se puede estar frente a un volver a empezar, o sucumbir a aquella idea de los grandes polos magnéticos en los que se pudieron dividir y acomodar las ideas del país. En contrapartida, radicales por un lado, macristas con el PRO quizás por otro y por un tiempo, hasta que el polvaderal se asiente, ambos tranquilos por la engañosa pureza recuperada en medio de una incomodidad total por una nueva frustración. Y en cuanto a ese estado ausente de contaminaciones, Mauricio Macri debe ser de todos, el dirigente del espacio opositor más animado y conforme, a sus anchas ahora de llevar adelante junto a Milei un programa libre de lo que él entendía durante su gobierno, la “vieja política”.
Lo cierto es que lo que se le fue contrarrestando al siempre poderoso peronismo no alcanzó. El no alcanzar significa, en buen romance, no haber podido construir un discurso superador para una sociedad mayoritariamente cómoda y a gusto con el dispendioso e ineficiente modelo de “Estado argentino”, el que hoy se ofrece eterno y gozando de buena salud; un esquema de administración que supo ser exitoso hasta casi un siglo atrás y que, inexplicablemente en un momento determinado tomó hacia un camino de suicidio colectivo y que sorprendentemente, porque es Argentina además, no lo ha conseguido todavía.
