En el Foro Económico de Davos, que recientemente ha dado a conocer sus conclusiones en una reunión que ha sido presencial tras dos años de virtualidad, el mundo ha advertido por la inflación, la amenaza cierta de una nueva recesión y por los efectos dramáticos que dejará la crisis, agravada por la invasión rusa a Ucrania, en los países más vulnerables del planeta, entre ellos, algunos de América latina. Estos países, entre los que se cuenta Argentina, sufrirán más que por la falta de recursos y de potencial –que los tienen, y para el caso de nuestro país, en gran volumen y diversidad–, por la ausencia de políticas claras y acertadas, y por conducciones que a lo largo del paso del tiempo los ha sumido en la indiferencia global, además de transitar, por supuesto, por rumbos erráticos e incomprensibles para el mundo civilizado.

Sin embargo, dos países americanos se han salvado de la debacle y de esa mirada penosa que el mundo les dispensa a naciones a las que, en alguna medida, las ha dejado ya libradas a su propia suerte por su propia tozudez. Brasil y México, para los americanos, e Indonesia, para los asiáticos, se salvan de la tarjeta roja que les han sacado más de 2.500 representantes del mundo económico más avanzado, de las ciencias, la tecnología, las comunicaciones y de las innovaciones de todo tipo, que se han puesto a trabajar para descifrar la nueva configuración que opera a nivel global tras la pandemia; y ahora, desde casi cien días, de las consecuencias de la cruel invasión rusa a Ucrania.

Es todo un símbolo y una señal que por Argentina se hayan destacado, en Suiza, los emprendedores. Por lo demás, desde lo institucional y político, más lo económico- corporativo, ha brillado por su ausencia. Esto último ha sido un hecho o suceso que no ha sorprendido a casi nadie, si se observa en detalle en qué está internamente Argentina, cuáles sus distracciones, dilemas sin resolver y los intereses por los que navega la dirigencia política.

Pero, la crisis de los alimentos, la energía y la deuda se han trasformado, en esta oportunidad, en los asuntos más ponzoñosos para atender, además del proceso inflacionario, que los líderes del mundo creen que comenzará a aflojar en el segundo semestre del año.

Cuando los argentinos otean el horizonte de los aspectos que necesariamente atraen la atención de los principales países, porque preocupa sobremanera el futuro de la actual generación y lo que se les dejará a las próximas, y los comparan con las apariciones en público del presidente con sus diatribas, sus ataques a la oposición de baja estofa, más sus interpretaciones descalzadas de la realidad sobre las fuerzas e intereses que mueven al mundo, no pueden hace otra cosa que sumergirse en más desesperanza.

Las idas y vueltas respecto de la actitud que asumirá, no sólo como presidente de Argentina, sino como titular de la Comunidad de los Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en la cumbre de las Américas organizada por Estados Unidos, en Los Ángeles, hablan claramente y explican el verdadero lugar que ocupa un país que se asume como imprescindible y, a la vez, víctima de las fuerzas que mueven al planeta.

El mundo está preocupado por su economía, claramente; por las consecuencias terribles que ha dejado la pandemia –cuya su finalización la OMS está a punto de declarar– y las inesperadas que provocó la invasión de Rusia a Ucrania. En esto último está centrado el mayor drama mundial. Tanto es así que David Beasley, jefe del Programa Mundial de Alimentos (PMA), planteó en este foro una pregunta inquietante: “¿Se pueden imaginar lo que sucede cuando el país que es proveedor de pan del mundo (Ucrania), que es capaz de ali mentar a 400 millones de personas, está en guerra? Es una crisis absoluta”.

En verdad, Argentina podría haber llegado a esta circunstancia global tan extrema en una posición mucho más privilegiada que otras naciones del planeta. Y no ha sido posible, ni aun pese a los esfuerzos del propio presidente en aquella gira por algunas naciones europeas, cuando se presentó ante ellas como líder de un país capaz de alimentar al mundo y calmar la hambruna, además de proveer de gas a una Europa que ya no lo tiene, por el cierre del grifo que ha ordenado Rusia como represalia al apoyo que se le da a Ucrania. 

Rusia terminó, como era de presuponer, expulsada del foro económico tras su ataque a Ucrania; China decidió no presentarse y los 2.500 asistentes optaron por evitar una declaración conjunta. Sin embargo, en Davos, al que muchos consideran el templo del capitalismo liberal del mundo, el ánimo y el clima resultaron ser pesimistas sobre el futuro inmediato del planeta. Los desafíos pasan por lo geopolítico, desde ya, lo económico y lo de salud global. Y aquel sistema de cooperación internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, en 1945, está en riesgo seriamente como nunca antes. La recesión, la amenaza de una hambruna extraordinaria y el cambio climático junto con la descomunal crisis energética se han transformado en los problemas más difíciles de afrontar y resolver con acierto. Y, desde lo político, el foro dejó un claro mensaje: “El mundo democrático no puede permitir que Rusia triunfe en su guerra con Ucrania” y Putin debe fracasar.

Y, aquí en Argentina, sus habitantes deberían preguntarse dónde está el país, frente a esos vientos que corren, con una crisis inesperada e inédita como no se recuerda desde aquellas guerras que asolaron al mundo hasta mediados de los años 40. Además de dónde está, otra pregunta a dilucidar es cómo se enfrentará y cómo saldrá ante semejantes desafíos.