“¿Sabés cuál es el principal problema de todo este gran lío en el que estamos? Que esta gente que conduce, la de La Cámpora, sólo está cumpliendo una de las dos partes que manda la décima verdad del peronismo, la de la ayuda social: asiste, distribuye, entrega planes, regala heladeras, cocinas, garrafas y calefones. Le está faltando la segunda parte, la de la justicia social. Y acá falla, no sabe qué hacer”. Esas palabras fueron usadas para describir el actual momento del peronismo en todo el país, el que se mueve desde hace tiempo por las máximas del cristinismo; y por La Cámpora, el brazo ejecutor por donde discurren las decisiones que se toman en el Instituto Patria, desde diciembre del 2019, cuando recuperó el control del país, pero mucho más acentuado desde el 12 de setiembre a esta parte.
El destinatario de aquella descripción llegó a Mendoza para alumbrar, con semejante manifestación, lo que está pasando en los alrededores y en los márgenes del poder presidencial, donde abrevan los históricos peronistas, los de Perón, los que mojan alguna que otra rebanada marginal de pan de la salsa en donde se cocina la estrategia de recuperación y revinculación con el pueblo perdido. Porque un populismo sin pueblo y sin plata es un barco sin timón, ni dirección ni rumbo.
Con “los puños llenos de verdades”, este peronista mendocino clásico, de los peronistas de Perón, se reúne con otros en situación similar y juntos hacen lo que pueden y lo que les dejan hacer. La diatriba –una suerte de cruzada reevangelizadora–, va de lado en lado, como un elemento más para desentrañar los mensajes que deja a su paso el electorado de Mendoza que el peronismo no alcanza a comprender.
A la máxima referente que hoy tiene el movimiento como conductora, la senadora Anabel Fernández Sagasti, le reconocen su empeño, el esfuerzo por lograr y mantener unido al peronismo, su apertura para buscar alternativas que lo acerquen al nivel de constituir, al menos, una alternativa cierta, confiable y creíble, pero a la vez admiten que no alcanza, que es insuficiente.
“No alcanzan los spots de un minuto de los que se difunden en las redes para enumerar la cantidad de cosas que Anabel ha hecho por Mendoza, lo que consigue, los trámites y las gestiones que destraba para los intendentes. Es enorme todo lo que ha realizado y logrado. Pero no cuaja; no termina de cerrar porque los mendocinos la ven como una delegada del poder central. Y no quieren eso en Mendoza. El equipo de los mendocinos de los 90 tenía eso, todo lo que hoy no existe: pertenencia, mendocinidad, era considerado como propio, como uno más de todos nosotros”, comenta el militante, a quien unos días en la ciudad de las luces le han permitido aclarar las ideas y el lugar en donde está y están, muchos, hoy parados.
Los peronistas, no todos, sacan por estos días las máximas del líder, como un camino que les permita el reencuentro con el origen. En esas veinte verdades que Perón enumeró para un aniversario del 17 de octubre afirmó que no existe para el peronismo más que una sola clase de personas: las que trabajan. A eso le agregó que en la “nueva Argentina de Perón” el trabajo es un derecho que crea dignidad y que también era un deber porque es justo, dijo, que cada uno produzca por lo menos lo que consume. Y en la décima verdad del evangelio político, ideológico, filosófico y hasta religioso que ya había ideado, aseguró: “Los dos brazos del peronismo son la justicia social y la ayuda social. Con ellos damos al pueblo un abrazo de justicia y amor”.
Todo está indicando que hay una nueva configuración del voto en la Argentina. Que hay peronistas clásicos que están queriendo volver a las fuentes y que no estarían viendo a la administración que hoy tiene a Alberto Fernández como presidente como fiel representante de aquel evangelio político que ha forjado buena parte de la idiosincrasia del país desde que irrumpió en los 40 a esta parte.
Ya no alcanza con la heladera, el plan, la asistencia, la ayuda, la prebenda, el pago por el voto. Se pide, en todo caso, justicia social. Esa justicia social se parece mucho a un trabajo digno, a una forma lícita y por derecha de ganarse la vida y enorgullecerse con eso.
Quizás sea por su propia naturaleza, por una mera cuestión de origen, por un formateo distinto de lo conocido, novedoso, sí, pero lejos de representar algo revolucionario y mucho menos progresista, el camporismo hoy no puede decodificar la verdadera y más importante exigencia del pueblo al que dicen servir. El significado fundamental del mensaje encriptado.
Arropado y cobijado; abrigado y al reparo del calor que emana de papá Estado, lo que en su momento resultó ser el brazo juvenil del kirchnerismo, hoy luce desconcertado. El 40 por ciento de pobres que tiene el país sigue allí, más presente y lastimoso que nunca. No hay Estado que alcance para responder y aliviar. No hay lugar para 2 millones de personas desocupadas en los organismos de Estado. Ni en el nacional ni en las provincias ni en los municipios. El globo ya ha recibido demasiado aire. La tensión es insoportable.
La esencia de lo que resultó ser un peronismo hoy añorado, ese componente de la justicia social y de la redistribución de la riqueza con la creación de empleo incluido, brilla por su ausencia. Tampoco alcanza para convencer y seducir esa crítica destemplada al capital, al liberalismo y a los ricos. Tampoco a la clase media, que es la que ha soportado los hachazos a todas las cajas del Estado y a los efectos de la emisión descontrolada.
Se pide trabajo y el problema es que hoy, quien conduce y lidera en nombre de Perón, no sabe cómo lograrlo ni crearlo. O quizás no quiere correr con el riesgo y el costo de la necesaria reforma a todo lo que está instituido y que, de tanto repetirlo, hace mal funcionar al país. Tanto que lo arrima a un estado de situación que, para muchos, millones, es inviable y asfixiante.
