El cambio puede que sea la palabra clave para todo este proceso electoral. Cabe para la nación y también para la provincia. Cambio porque se cree, con un nivel de convencimiento cada vez más alto, que la ciudadanía no está con ánimos de tolerar más de lo mismo. No más un 2001, cuando menos, por ahora. Hay que dar virajes, acelerar en algunas direcciones, bajar la velocidad en otras y darles paso a profundas transformaciones para sacar la nación adelante y hacerle honor a los 40 años de democracia que se cumplen en este 2023.
El punto a develar y descifrar es cuánto de sacrificio está dispuesta a soportar la ciudadanía en pos de esos cambios necesarios de los que está convencida que se tienen que dar. Es un dilema que, quizás, obligue a poner en práctica un nuevo proceso en donde el equilibrio se transforme en clave. No se sabe muy bien.
Desde el viernes a la noche, cuando el oficialismo nacional decidió romper el plan de supervivencia que había imaginado el kirchnerismo con aquella fórmula liderada por Wado de Pedro, para darle paso a una oferta electoral más amplia aunque alejada del perfil ideológico que envuelve al cristinismo; desde ese día, y con la ya oficialización de la lista a la medianoche del sábado, no debe haber quedado un solo votante del peronismo, más o menos informado y atento, que no esté lleno de incertidumbres e interrogantes sobre el futuro del movimiento en el gobierno, teniendo presente aquello del cambio, por sobre todo.
Las dudas se centran en si es Sergio Massa, ciertamente, el garante del cambio, del viraje y del triunfo electoral. ¿Por qué lo sería si no ha dado pie con bola hasta ahora en el manejo de la economía y en la lucha contra la inflación? ¿por qué esperar hasta el 2024 con sus pases de magia si podrían ser puestos en práctica en este momento y evitar el sufrimiento de tanta gente? También es cierto que, con la apuesta primigenia, la de color y sabor K por excelencia, tampoco se vislumbraba algo ingenioso, llamativo, fuera del molde conocido de todo lo que el kirchnerismo ha venido haciendo a lo largo de sus años en el poder, pero desde el vamos contaba con un valor testimonial, fundamental y esencial para el núcleo altamente ideologizado que tiene en la vicepresidenta su máxima figura. Para ese núcleo duro, el morir con las botas puestas emergía como algo digno, digamos.
¿Y cuál puede ser el impacto o la consecuencia de la modificación de la fórmula presidencial para el peronismo local y la provincia? Sin incidencia, ni influencia alguna en las decisiones que se han tomado a nivel nacional, la conducción no tiene más alternativas que militar por uno de quien desconfía. Pero para el peronismo ampliado, Massa emerge en la teoría como más digerible y le abre la puerta a una esperanza de hacer un mejor papel que el que venía predestinado tras el pésimo resultado electoral de la PASO provincial.
Con Massa aspirando a la presidencia, se suma al menú una oferta de las que se identifica cercana al mercado, según los papeles. Llevando adelante la negociación con el FMI, ha debido hacer, por convicción y obligación, muchas de las cosas que cualquier equipo económico haría para mantenerse dentro del sistema internacional de relaciones. Por supuesto que sus rivales, todos en la oposición, aunque con ciertos matices exceptuando a la izquierda, avanzarían más rápido y quizás más al hueso en las transformaciones. ¿Pero qué se quiere decir con estas similitudes existentes? Que la izquierda peronista, ya en términos puramente ideológicos, o avanza en esto que se denomina vulgarmente tragarse un sapo descomunal “por la patria y el movimiento” como siempre justifica todo el peronismo las contradicciones, o busca algo más cercano a su gusto por afuera. Es una incógnita.
La otra cuestión a analizar es si la fórmula que busca recuperar el control de la provincia se verá beneficiada con un Massa a cargo del proyecto nacional. Como las elecciones a gobernador se realizan un mes y diez días después de las PASO nacionales del 13 de agosto, es probable que se llegue a esa instancia con parte del influjo particular de lo que evidentemente operará como la imagen más cercana que tendremos los argentinos de lo que ya estamos pensando para el país, para fines del año en adelante. Pero su problema está, otra vez, en el tema del cambio, ahora con la combinación de un Massa en la nación defendiendo un proyecto que fracasa en los hechos, aunque con la intención de construir una esperanza sobre cimientos endebles, y una fórmula local que no consiguió encantar con su estrategia de asegurar ese cambio que necesitan los mendocinos basada en esa suerte de revoluciones con tintes del pasado, como la de la vivienda, la de la educación y otras.
Y no porque ni la construcción de viviendas ni la educación no merezcan alguna que otra transformación, sino porque el modelo con el que dijo contar éste peronismo en las PASO, para su realización, no parecería ser del gusto del electorado. Otra vez aquí, la incógnita.
Para esta instancia de la elección nacional, Cambia Mendoza ha logrado cerrar el plan que más le convenía: la fórmula de unidad de candidatos a diputados nacionales que irán tanto con Patricia Bullrich como con Horacio Rodríguez Larreta y que encabeza Lisandro Nieri seguido por Patricia Giménez y Víctor Ibáñez, éste último una sorpresa en la que se ve la mano de Rodolfo Suarez, de Cornejo con Nieri y el guiño de ambos a Luis Petri, el compañero de Bullrich para la presidencia. En apariencia, los dos líderes nacionales del PRO que compiten entre sí dieron el aval al esquema surgido en Mendoza. Aquí aparece, algo difuso, pero se nota su presencia, un grado de comprensión y entendimiento de la situación del PRO en la provincia. Ni Bullrich ni Rodríguez Larreta, que necesitan de Mendoza, podían plantear condiciones y demasiadas exigencias tras la partida de De Marchi. Lo que vale más para el jefe de gobierno porteño que para la ex ministra nacional que hoy va por la nominación presidencial. Se entienden los enojos de un par de dirigentes del PRO mendocino que pretendían estar en lugares entrables, dicen desde Buenos Aires. Pero no hay fuerza partidaria para imponer condiciones, admiten. Un caso parecido, con la debida proporcionalidad, que ocurre con los radicales en el armado nacional. Todavía no le da para enfrentar al PRO con chances, ni mucho menos para liderar una fórmula.
En lo que sí tiene que trabajar y mucho el oficialismo, es en esto del cambio que se exige. Cornejo y Suarez hablan de ese proyecto que comenzó a caminar en el 2015 y que todo lo que han hecho en el gobierno está apuntalado en esos momentos fundacionales. El punto es que hoy no ha podido demostrar una configuración nueva que aporte lo que la provincia está requiriendo, en un contexto complejo que demanda soluciones quizás hasta desconocidas. Su propuesta de éxito depende de una modificación obligada de la macro economía, con un gobierno afín en la nación y montarse a ese envión. Suficiente, parece, para posiblemente ganar una elección, se verá. Para todo lo demás, no se sabe.
