El reciente dato conocido sobre el nivel de la pobreza en el país tendría que, obligadamente, hacer reflexionar de una buena vez y en serio, a quienes tienen intenciones de gobernar la provincia y el país. Digamos, empezar por la pobreza y hablarnos de ella y de sus planes para combatirla, cuanto menos. Porque como fenómeno multicausal los conduciría a estudiar el resto de los males que la han originado y profundizado. Y allí aparecen la inflación, la falta de trabajo, el porqué de los empleos mal pagos, la larga y duradera ausencia de un horizonte de desarrollo económico en general y la necesidad imperiosa de alumbrar un sistema educativo superior y más sofisticado. Porque claramente, lo que tenemos ha fracasado en eso de preparar a los chicos para los nuevos desafíos que se encuentran ya mismo, en un mundo demasiado complejo como para que la discusión entre los aspirantes a gobernarnos discurra en esas miserias de la grieta.
El drama de los chicos y no tan chicos en la escuela en general, y ni qué hablar de los que han logrado llegado al secundario, es doble: no van a contar con una educación excelsa y de alta calidad; pero tampoco podrán tomarla, aprovecharla y explotarla en caso de que se diera el milagro de que apareciera, porque con toda crudeza hay que decir –y duele, vaya si no–, que la gran mayoría no estaría a la altura de poder tomarla y aprovecharla por no haber desarrollado las capacidades mínimas para absorber y asimilar los contenidos de una formación académica de ese nivel.
No están ni estarán a la altura y la respuesta la tiene la misma ciencia: no pudieron alimentarse bien, por ende, nutrirse como es de Dios en aquellos primeros mil días de sus vidas, a lo que les ha seguido un mundo de carencias e insatisfacciones. Es una realidad que la está demostrando el registro oficial del INDEC con casi el 55 por ciento de los chicos menores de 15 años en situación de pobreza.
Entonces, así como se sabe que la inflación, la inseguridad, el empleo, la educación, la salud, la vivienda y los ingresos escasos son las preocupaciones más apremiantes y urgentes de la sociedad, ¿qué margen hay para que quien se está probando en esta etapa pre electoral con la esperanza de alcanzar la voluntad de la mayoría de quienes vamos a votar, inunde las redes y los medios de relato voluntarista, de críticas, de diagnósticos y de infantilidades? Ya no más, aunque seguirá pasando, quién lo duda.
“En Mendoza hay gente que pasa hambre. Sí, hay gente que pasa hambre”, reconocía el viernes Alejandro Verón, el responsable del área de Desarrollo Social del gobierno de Rodolfo Suarez, durante la mañana, en diálogo con LV10. Una certeza y una confirmación que en boca de un funcionario de las filas oficialistas pareciera que cobra otra dimensión, más cuando la negación y las evasivas de quienes están al frente y de los que tienen que dar respuestas están a la orden del día.
La sinceridad del funcionario tampoco alcanza, como ya tampoco todo lo que la gestión mendocina y ese gobierno nacional del desconcierto absoluto puedan aportar. Hace tiempo que se cree que vamos hacia una nueva configuración de las exigencias para un nuevo proceso electoral que va hacia el recambio o la ratificación de los rumbos en todas las categorías y en los máximos niveles. Se trata de una presunción y de un deseo, claro está. Porque nadie puede dar por hecho que el resultado general de lo que se avecina no sea el producto de los mismos incentivos, intereses y motivos que hemos tenido los electores para equivocar los caminos, sistemáticamente, en la Argentina. O acaso se trata de votar lo que se cree menos malo y nocivo, una naturalización de lo que bien puede considerarse y asumirse como un caso de vergüenza colectiva.
Los continuos fracasos por años pueden haber sido, paradójicamente, los motivos de esa pereza general para exigir y reclamar un mayor y mejor comportamiento del panel de candidatos, además de una formación acorde a lo que pretende, como cuando cualquiera promociona para un buen empleo, superior, de exigencia mayor y remuneración considerable.
Bien se puede decir que, a salto de matas, lo que hemos elegido como conductores nos ha situado en donde estamos. ¿No hay, acaso, ganas, necesidad y deseo superior de exigir no escuchar más las explicaciones y razones que nuestros funcionarios nos ofrecen cuando se les reclama respuestas? El destrato hacia quienes en poco tiempo más les van a pedir el voto es de una dimensión obscena, hay que decir: sólo referencias a la macro economía y sus enfermedades ajenas a la provincia; o las del ámbito nacional a la invasión rusa a Ucrania, a la pandemia, a la derecha, al lawfare (falsa perorata a la que se sumó ahora nada más y nada menos que el papa Bergoglio desde Roma); que los medios, que la justicia, que los empresarios egoístas e insolidarios y nada, pero absolutamente nada de consideraciones críticas a las propias acciones y medidas. Admitir que se ha fallado y reconocer el fracaso es sinónimo de debilidad y de una rendición incondicional en medio de una campaña electoral, quién lo duda. Así piensa, razona y decodifica la política, particularmente quien gobierna, la complejidad del presente.
El período de elecciones que se avecina debiese dar lugar a un nuevo contrato social en la base de los electores, elevando la vara y exigiendo un compromiso superior a quienes van a competir. Exigencia no para recibir un festival de promesas y rosarios de engaños, sino los cómo que tienen en la cabeza y en los planes para hacerle frente a una crisis monstruosa de mil cabezas que en gran medida ha sido admitida y tolerada por decisiones populares que lejos, muy lejos han estado de ser las más acertadas, endulzadas y sostenidas con aquella falsa aseveración de que el pueblo, todos, cuando vota, cuando votamos, no se equivoca, no nos equivocamos: ¿De verdad que el pueblo nunca se equivoca? ¡Dale!
