Hay dos Argentina. Una, la pintoresca, la romántica, la folklórica; la que recorrió el planeta hace apenas unas semanas con el colorido de sus hinchas de la mano de la Selección de fútbol. Pero son sólo momentos. Raptos de alegría extrema para después volver a la realidad. Ahí aparece la segunda. La que se padece a diario, la que nadie respeta; ni adentro ni afuera. Y eso cada vez se nota más. El patio trasero del mundo; el descarte, el basurero, donde entran las peores alimañas; donde las dejan entrar.
Que las fronteras del país son incontrolables, es un hecho. No es novedad. Pero, lejos de mejorar, la situación empeoró de la mano de la complicidad oficial. Todos miran para otro lado. Por comisión u omisión. Y es tan grave la corrupción como la incapacidad de los responsables. O quizá la segunda es consecuencia de la primera. Argentina es una invitación al crimen organizado.
Si Florencia Carignano, responsable de Migraciones, salió espantada a denunciar el escándalo de las embarazadas rusas, y cómo eso está afectado la seguridad de los pasaportes argentinos, es porque detrás de la historia hay puntos oscuros. Porque, justamente Carignano, no se hizo conocida por su eficiencia en la gestión. Es la que mantuvo durante meses a miles de argentinos varados en el extranjero durante la pandemia. Los castigó por haber cometido del delito capital de osar viajar fuera del país.
La historia de las rusas, más allá de las elucubraciones que puedan hacerse, desnuda la incapacidad del Estado para advertir movimientos anormales que puedan poner en alerta la seguridad nacional. Tal como está contado, roza la figura de trata de personas. Mujeres usadas como mercancía para obtener algún tipo de beneficio. En este caso, el pasaporte argentino. Y después qué. Repasar las 100 Reglas de Brasilia resulta incluso más conveniente que financiar ministerios con títulos ampulosos y pocos resultados.
El caso dibuja cuál es el concepto que existe del país en el entramado geopolítico: una republiqueta al que todos se le animan; que se regala fácil. Las declaraciones de Alberto Fernández “queremos que Argentina sea la puerta de entrada de Rusia” frente a Vladimir Putin no fueron gratis ni inocuas. Y no solo por la repentina llegada de las embarazadas haciendo turismo parturiento. Es lo de menos. Los dichos del presidente fueron interpretados como un “vengan por nosotros, que estamos de oferta”.
El primer episodio de incompetencia que generó desconfianza y burlas en el concierto internacional (hermosa frase) se dio en septiembre del 2020, cuando por torpeza o intencionalmente quedaron expuestos los nombres de miembros de agencias de inteligencia que operan en el país con autorización. Son agentes que forman parte de la cooperación internacional en temas de seguridad.
Lo que generalmente en las películas es el objetivo de grandes organizaciones criminales, acá lo hizo el Estado. En la comunidad de espías, Argentina quedó marcada en rojo. En ese mundo supersecreto, la confianza es todo. Puede haber competencia, reserva y hasta compartimentación de información, pero nadie se traiciona si están blanqueados entre ellos. Es la regla número uno.
Eso tiene efectos inmediatos. El tráfico de información sensible disminuye y el recelo y la sospecha crecen. Si los datos compartidos aparecen luego en tramas de la política interna, qué colaboración puede existir. Sobre esa presunción, Argentina está quedando aislada y desprestigiada.
Desde afuera, la Cancillería y la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) potencian esa mala fama.
El ministerio de Santiago Cafiero se convirtió en un refugio, en un premio consuelo; de desatino en desatino, con embajadores que se manejan como entes autárquicos, que fijan posiciones de política internacional de manera inconsulta y que se entrometen en las políticas internas de los países en que están destinados. Todo al revés.
La AFI, en tanto, es vista como un rejunte de militantes fanáticos obsesionados por encontrar mugre (que siempre hay) en la oposición. No se hace foco ni en el caos narco (Rosario es el mejor ejemplo), ni en las organizaciones de lavados de activo, ni en hipótesis de atentados, ni en cómo operan en el país las mafias internacionales. La idea de hacer inteligencia criminal a gran escala parece descartada.
La llegada del avión venezolano-iraní, marcado como parte de la logística terrorista en el exterior del país de los ayatolas, aportó su cuota a este descontrol. Todas las agencias de la región estaban al tanto y advertidas de la situación. Aterrizó justo acá. Y fue acaso por las contingencias climáticas que el hecho se hizo público: por mala meteorología tuvo que ser desviado inicialmente al Córdoba; un amante de la aviación tomó la foto del Boeing 747 y la subió a las redes. Y ahí se escucharon las alarmas que antes se habían ignorado. Con un llamado de atención: el entonces titular de la AFI y hoy jefe de Gabinete, Agustín Rossi, fue el primero en esbozar una coartada a favor de los sospechosos.
Tampoco hay que ir tan lejos para ver la permeabilidad con que está operando Argentina. Facundo Jones Huala, líder de la Resistencia Ancestral Mapuche, condenado en Chile por ataques en la zona de la Araucanía, escapó de ese país y estuvo prófugo un año, hasta que en enero lo encontraron en El Bolsón. Se cree que desde el principio de su fuga estuvo en Argentina.
Ni hablar de las flotas extranjeras que sin permiso pescan en el mar argentino. La depredación en la plataforma continental no es objeto de marchas de ambientalistas ni de quienes se jactan de defender la patria de las potencias extranjeras.
De hecho, patria y soberanía son conceptos que están arraigados en el acervo ideológico de los movimientos totalitarios, de derecha y de izquierda, y que son empleados como mantra para la creación de enemigos imaginarios que sirven para ocultar miserias propias. Hasta que aparecen los gauchos con rebenques y ponen las cosas en su lugar.
