Nunca como antes, el kirchnerismo ha quedado tan mal parado. Más que eso: sin dónde sostenerse para justificar y argumentar su postura. Porque esta vez no se trató del relato ni de la defensa del modelo. En general, se suele estar de acuerdo con los postulados del oficialismo, a pesar de que en la práctica no siempre se replican.
Esta vez no pudo apelar a esa característica tan marca registrada K, como es la comparación del pasado con el presente, el abismo al que había caído el país con la situación actual. Cuando eso sucede, no hay nadie que le haga frente al oficialismo, sencillamente, porque nadie tiene letra para rebatir esas ideas. Cayó en una especie de trampa. Imposible, esta vez, recurrir a la memoria cuando, justo, en este tema, lo que sobra –por fortuna– es memoria.
AMIA fue, hasta la presentación del canciller Héctor Timerman en el Senado, un asunto con el cual Néstor Kirchner y Cristina Fernández habían coqueteado durante todos estos años. Había existido un acercamiento estrecho entre la comunidad judía y el matrimonio presidencial para la búsqueda de la verdad y, a partir de allí, la justicia. Habían demostrado el mismo compromiso que con las causas vinculadas a la violación de los derechos humanos durante la última dictadura militar.
De pronto, todo se rompió. Fue una movida en falso, más allá de que, quizá, el objetivo era genuino. Resultó así porque la jugada terminó por convertirse en indefendible, a pesar de lo que pueda ocurrir en los próximos días. Tal como definió el familiar de una de las víctimas del peor atentado de la historia argentina, el acuerdo con Irán no será más que una versión remozada o aggiornada de las nefastas leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Es negociar con los sospechosos. No hay otra definición.
En el seno del Gobierno lo saben. Tal vez no había sido interpretado de ese modo al principio. Pero ahora lo saben. Y se dieron cuenta el mismo día en que la presidenta anunció la firma del Memorándum de Entendimiento como un hecho histórico. Eso se notó en el Senado. Por primera vez no hubo un convencimiento pleno de lo que se estaba planteando. Todos los opositores que tuvieron la palabra y hasta aquellos peleados con el pasado político argentino tuvieron mayor capacidad para exponer las razones en contra del acuerdo.
El kirchnerismo apeló a quienes, tal vez, sean sus mejores oradores en la Cámara Alta, como Aníbal Fernández y Miguel Ángel Pichetto. No pudieron revertir el debate. No tuvieron con qué y no lo sintieron. Sin más, apoyaron la propuesta del acuerdo, sin convicción, al lado de un Timerman convertido en frontón, dispuesto a recibir todos y cada uno de los cuestionamientos por su accionar.
Quedó de manifiesto la fragilidad del borrador del acuerdo, que, tal como está, no permite ningún tipo de modificación. No está claro por qué –en el caso de su aprobación y puesta en práctica– habrá autoridades judiciales iraníes presentes durante las sesiones entre los sospechosos, el juez Rodolfo Canicoba Corral y el fiscal Alberto Nisman, titulares de la investigación por la voladura de la sede de la AMIA, el 18 de julio de 1994. Tampoco se sabe qué ocurrió con las órdenes de captura que la Justicia iraní emitió contra los magistrados argentinos como respuesta al pedido de captura de funcionarios de ese país acusados de haber planificado el atentado; qué pasará si van a Teherán y qué garantías tienen. O cuál es la razón de la Comisión de la Verdad, compuesta por prestigiosos juristas internacionales, ya que su actuación se limitará a un informe no vinculante.
De acuerdo con los dichos de Timerman, todo eso permitirá ganar “peso moral”. Argentina no necesita demostrar nada frente a Irán. En todo caso, los problemas morales argentinos son puertas adentro. El Estado, como tal, debería estar más abocado a barrer con las mafias de las fuerzas de seguridad y de los organismos de inteligencia, que en los sospechosos iraníes. De ellos, que se encarguen el juez y el fiscal. Pero, el asuntó es acá. Acá, motivados económicamente y en la raigambre antisemita de la vieja formación policial y militar, alguien colaboró para que existieran dos atentados. Alguien brindó apoyo logístico e inmunidad para conseguir los explosivos e instalarlos. Acá manipularon pruebas y testigos. Deformaron, desviaron y confundieron investigaciones.
Del otro lado está Irán. E Irán es Irán: un país acusado abiertamente de financiar al terrorismo islámico y de llevar adelante los más siniestros modos de violación de los derechos humanos. Tanto, que es uno de los pocos países donde la Primavera Árabe no se ha despertado, y uno de los motivos tiene que ver con la contundente, brutal y censurada represión que existió cuando apenas se esbozaron las primeras manifestaciones estudiantiles.
Irán, ya como nota de color y humorística, es ese país que recientemente movió toda su parafernalia mediática oficial para presentar al mundo un moderno avión de combate capaz de ser invisible ante cualquier radar. Sólo unas horas después, se demostró que se trataba de una maqueta y que la foto en la que se lo veía sobrevolando una zona montañosa no era más que una puesta en escena de la mano del Photoshop. Es el mismo gobierno que niega la existencia del Holocausto y pregona esa idea junto con la del aniquilamiento del Estado de Israel.
Ese es el origen de las dudas. Tal como se manifestó en diferentes ámbitos, por qué un país que niega la muerte de seis millones de personas estaría dispuesto a colaborar con el esclarecimiento de un atentado donde fallecieron 85. Es un punto clave en esta historia. Lo manifestó Timerman cuando se refirió a lo extenuante y sacrificada que fue su tarea para llegar a este acuerdo. Aseguró que obedeció y siguió las instrucciones dadas por la presidenta y que realizó su trabajo como canciller, aunque admitió que no fue para nada grato tratar con, según los llamó, “negadores del Holocausto”.
Y ahí se demostró la falta de convencimiento, porque, si bien, Timerman se esmeró en dejar en claro que primero, antes que nada, es funcionario de la República Argentina y, luego, judío, la situación se pareció a aquel episodio en los 70, de la primera ministra de Israel Golda Meir, quien, ante una manifestación similar del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger (“Primero soy americano, luego secretario de Estado y tercero judío”), le contestó: “En hebreo se lee de derecha a izquierda”.
