Apenas habían pasado unos meses de las legislativas de 2009 -cuando la alianza entre Francisco De Narváez y Mauricio Macri derrotó a la lista testimonial encabezada por Néstor Kirchner-, y el entonces jefe de Gobierno porteño ya diseñaba su siguiente paso electoral. Le inquietaban, sí, los acuerdos futuros: veía venir la ruptura de Sergio Massa con el kirchnerismo pero sabía que la eventual sociedad con un sector rebelde del peronismo bonaerense sería insuficiente para lograr una victoria en todo el país. “¿Nos vamos a ir con Lilita que es ingobernable o con los radicales, que nos trajeron a este caos?”, repetía desde su despacho porteño. No le preocupaba demasiado el perfil ideológico de sus potenciales aliados. “No somos ni de izquierda ni de derecha”, decía. “La elección que proponemos -repetía- es entre el pasado y el futuro. Y nosotros somos el futuro”. Le llevó seis años convertir esa fórmula en un proyecto de poder que ahora ya es parte del pasado. El Frente de Todos ingresó con esta campaña en su fase macrista: promete futuro, y pragmático, busca anular las contradicciones con las que convive.
“La puerta de salida” y “la vida que queremos” son los eslóganes oficiales que ofrecen futuro. Vacunas para dejar atrás la pandemia y pesos para superar la crisis económica. Agosto promete ser “el mes de las segundas dosis” y de “la plata en el bolsillo de la gente”.
La imagen de la “puerta de salida que está ahí nomás” -como le gusta insistir al presidente con gesto teatralizado y todo- pretendía dejar atrás el tiempo del encierro y los debates sobre la compra de vacunas que para la oposición no fue sino un fallido negocio geopolítico. Ahora, la invitación a no mirar atrás cobró un nuevo significado. El espejo retrovisor delata los engaños y las mentiras del poder.
La negación del pasado reciente, ese ejercicio de memoria selectiva que sólo permite identificar los desaciertos de Macri, fracasó en el intento por eludir la difusión de las violaciones de las restricciones sanitarias que se cometieron en la residencia presidencial de Olivos. Quién se acuerda ahora de los “runners” o del “idiota” del surfer. Pero a un mes de las PASO será difícil esquivar la “clande” de Fabiola. El futuro como promesa, “la puerta de salida”, es una vía de escape del escándalo.
Entre 2018 y 2019, en dos oportunidades, la entonces senadora Cristina Fernández etiquetó a Macri de “machirulo” por sus expresiones abiertamente misóginas. “Es como que le cedas la administración de la casa a tu mujer. Y tu mujer en vez pagar las cuentas usó la tarjeta, usó la tarjeta y usó la tarjeta… y un día te vienen a hipotecar la casa”, había reflexionado en una oportunidad el expresidente para explicar cómo “el populismo te hipoteca el futuro para que vos vivas un presente”.
Acusar a su pareja por “el brindis” ilegal en Olivos no fue sino la “macrización” (¿involuntaria?) de la estrategia de comunicación oficial en los términos de la vicepresidenta. Para eludir sus responsabilidades, el jefe de Estado se machirulizó. Cosas que pasan “cuando le cedés la administración de la casa a tu mujer”.
“Ah, pero Fabiola”.
Con la apuesta a ciegas por el futuro también le enciende Fernández una vela al Santo de la inmunidad frente a la variante Delta. Se lanzó a jugar con fuego al filo del riesgo del rebrote que el propio Gobierno admite inevitable. En el medio está la promesa de la inoculación de 7 millones de dosis durante el octavo mes del año. En las primeras dos semanas se alcanzaron las 3 millones de segundas dosis aplicadas y crece cada día la proporción de esquemas que se finalizan frente a los que se inician. El cumplimiento de la promesa es viable.
Si se cumple la meta del “agosto de las segundas dosis” en los términos que prometió el Presidente, la Argentina llegará a septiembre con el 87% de los mayores de 50 años con sus dos dosis, pero con el 75% de la población de entre 30 y 49 años solamente con una dosis o sin nada. La ilusión del futuro cercano con estadios repletos de público, turistas internacionales y selfies sin barbijo corre el riesgo de ser sustituida por los gráficos de la evolución de la ocupación de las camas con gente joven.
Pero el mayor riesgo, la apuesta principal, no está relacionada con la pandemia, sino con la economía. “La vida que queremos” sigue siendo aplazada por el efecto incontrolado de la inflación. En los primeros siete meses del año, el ministro Martín Guzmán se consumió el crédito que había conseguido para todo 2021. Y muy a su pesar, el Gobierno encaró en la última semana un raid de anuncios vinculados a los ingresos para compensar la pérdida salarial.
Es otra ilusión: el reparto de pesos entre la población pretende ser el acercamiento de la bonanza futura, pero tan solo es una reparación de las carencias del presente. La reapertura de las paritarias busca sacar el techo que puso el gobierno y que a esta altura quedó al nivel de la cintura. Los créditos para monotributistas a tasa cero, con el mismo valor nominal del año pasado, permiten comprar hoy el 60% de lo que rendían el año pasado. El Salario Mínimo Vital y Móvil será aumentado por decreto, no sólo porque fue fulminado por la evolución de los precios, sino porque amenaza con derribar la paz social que garantizan los movimientos sociales. Y la posible suba del monto que se distribuye con la Tarjeta Alimentar pretende compensar la suba de más de 30% que acumulan los alimentos en lo que va del año.
Para “vender futuro” el Presidente cuenta las dosis que arriban a Ezeiza y los indicadores económicos que se muestran en verde, como la industria o la construcción que ya superaron a los niveles pre pandemia. Pero las vacunas y la recuperación de dos sectores económicos no forjan un futuro, tal vez algún indicio. Pero es lo único que por ahora puede prometer. El pasado reciente arrastra escándalos e insatisfacciones. Sólo futuro, como aquel Macri, puede ofrecer.
Ante el episodio de la fotografía que reveló los detalles gastronómicos de la fiesta ilegal en la Residencia de Olivos, el jefe de Gabinete, se quejó de la especulación electoral opositora y acusó: “Es evidente que no puede explicar su pasado de hace dos años y no puede ofrecer un futuro”. Y también expresó sus temores: “Esto no tiene que desviar lo que está en juego en la elección”.
No yerra el funcionario. El problema del porvenir es la confianza. El tiempo por delante es una construcción que se ancla en las expectativas que se construyen en el presente. La enorme incógnita que desvela al gobierno es determinar cuántas vacunas y cuántos pesos son suficientes para enterrar el año y medio de frustraciones acumuladas. Y ahora, cómo se sale del estado de decepción colectiva.
Como Macri en 2009, Alberto Fernández sólo quiere vender futuro. Pero como el Macri de hoy, el Presidente se enfrenta a un electorado que empieza a conocerlo. Y a diferencia de su antecesor que fue desplazado del escenario público, el jefe de Estado es el protagonista de la campaña del oficialismo. Fernández corre el riesgo de que, como ocurriría hoy con Macri, no le crean y que los votos no sean por el futuro, sino por el presente.
