Yoli: –Será que desde que nací, ya lo mamé. Digo “yanquis” y el veneno se atraganta. Los tengo acá. Acá los tengo. (Y se agarra la garganta).
Negro: –Los tenés acá. Mirá vos. ¿Y vos sabés cómo sufren los yanquis por eso? ¡Uf! Todos los días se reúnen dos horas a llorar porque la Yoly de Lanús los tiene acá. (También se toma la garganta).
Yoly: –Ya sé… Ya sé que ni saben que existo. Ni mamados se imaginan a Lanús ni a mí. Para ellos, de las patas de ellos para abajo, todo lo que hay es mierda. ¡Negros muertos de hambre, patasucias, basura! Eso somos… Está bien. ¡Que hagan y piensen lo que quieran! Pero yo, la Yoly de Lanús, no les voy a ir a pedir la escupidera para vivir apretando botones y tirando repasadores. ¡No!
La Yoli, uno de los personajes centrales de la obra de teatro Made in Lanús, escrita por Nelly Fernández Tiscornia en 1986, sintetizó hace casi treinta años, en un pasaje del guión, más de dos horas de discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En resumen, la diatriba y las perífrasis utilizadas por la mandataria sirvieron para dejar en claro que cuando le hablan del país del Norte se le atraganta algo “acá”.
La versión en cine, Made in Argentina, es una de esas piezas a las que cada tanto hay que recurrir para poder comprender un poco la realidad nacional. O fue la gracia de la dramaturga o fue la desgracia de la historia de un país sumergido en un sinfín de situaciones que obligan a pasar casi inconscientemente de la necesidad de emigrar para buscar un mejor futuro, al paroxismo patriótico, donde la celeste y blanca, cual mandato constitucional, cobijará a todo hombre de bien que quiera habitar este suelo.
La idea de los falsos nacionalismos ha traído experiencias trágicas en la historia de la humanidad. Es sólo un comienzo un tanto arriesgado que busca socavar una coyuntura política y económicamente adversa. Se cae en la tentación de buscar culpas ajenas a las miserias propias. Con una agravante: nunca se sabe cómo termina.
Argentina ha tenido en la última mitad del siglo XX vivencias de las más nefastas en este sentido, que culminaron con una guerra iniciada por generales alcoholizados y protagonizada por adolescentes que murieron por el frío, el hambre y las balas enemigas.
Algo falla, siempre. Y la culpa, también siempre, es del otro. No importa si fueron uno, dos, tres oquince años de gestión. Es necesario, indispensable, crear la figura de un enemigo imaginario; alguien hacia quien apuntar las culpas de los fracasos propios.
Peronistas, radicales, de izquierda y de derecha. Todos han aparecido alguna vez en la escena política con mensajes mesiánicos. Una fórmula que suele convertirse en el principio del fin. Falsos estadistas y emergentes de una clase dirigente viciada desde sus bases, independientemente del color partidario. Crecen, militan y llegan a puestos de poder viendo y tragando irregularidades, hasta naturalizarlas. Por lo tanto, no comprenden otra forma de gestión y administración que no contemple un importante grado de corrupción estructural. Porque, casi con la lógica del psicópata, no sienten culpa, sino que la consideran imprescindible para la práctica política.
No se respetan las reglas de juego. Al contrario: se las modifica de acuerdo con las necesidades del momento. Es la puerta de entrada para la especulación, que va más allá de lo financiero. Incide en diferentes aspectos y provoca el desarrollo extremo del instinto de supervivencia. Es el peligro de vivir bajo un permanente estado de incertidumbre. Por lo tanto, difícilmente se pueda planificar.
Creer que el poder otorgado por el pueblo de manera democrática permite estar por encima de las normas preestablecidas es plantear una de las tantas acepciones del significado de dictadura.
Claro, sucede que se trata de una palabra con una fuerte carga emocional en un país como el nuestro, pero que tiene lógica si se la define como “predominio de una fuerza dominante”.
Se apela a la filosofía del potrero, donde el dueño de la pelota impone los tiempos y el reglamento. Y, si se enoja o algo no le gusta, se va y se termina el partido. Nada de consenso. El poder por encima de las reglas.
Eso explica la inexistencia de políticas de Estado. Se imponen cuestiones ideológicas, más vinculadas con lo retórico que con lo pragmático, pero que sirven para diferenciarse entre conservadores, liberales y progresistas. Después, en la práctica, si se tienen en cuenta las sospechas de corrupción, no hay muchas diferencias.
Una gestión de gobierno se divide básicamente en tres grandes áreas: educación, salud y seguridad. De ahí se desprende el resto.
Analizado de esta manera, no debería ser una traba establecer pactos que trasciendan los intereses partidarios. Sería tener la capacidad para cerrar filas y abroquelarse, de modo que si ese enemigo imaginar i o llegase a corporizarse, se supiera qué decisión tomar, más allá de
quién esté en el gobierno.
Hubo en los últimos dos meses dos hechos importantes que mostraron el pobre nivel del debate y la negociación política: el conflicto con los fondos buitres y la discusión por el nuevo Código Civil. Son temas que deberían haber marcado puntos en común entre los diferentes sectores. Lejos de eso, se vio una suerte de “sálvese quien pueda”. De un lado, quienes vieron la oportunidad para golpear al Gobierno donde más le duele. Del otro, una nueva ocasión para la ostentación de poder.
Hace unos días, Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales y especializada en estudios de opinión pública, explicaba a través de la red social Twitter cómo desde los sectores de poder político han invertido la lógica de la gestión a partir de la propaganda: “El error de la comunicación gubernamental es presentar como ‘buenas noticias’ lo que no es más que el cumplimiento de sus obligaciones”. Es un modo de entender por qué, por ejemplo, proporcionalmente se gasta más dinero en difundir cómo se hizo una obra, que lo invertido en la obra en cuestión.
Esas mismas estrategias de comunicación se utilizan para justificar los asuntos sin resolver. Y ahí aparece la teoría del complot, que se adapta a la perfección en países con una baja calidad institucional. Si sale mal, es porque alguien está atentando contra los intereses nacionales. Así, se licuan errores, hechos de corrupción, negligencia o incompetencia. Es un artilugio usado por funcionarios, empresarios, sindicalistas y demás actores sociales, quienes, en definitiva, no son más que facilitadores de esos supuestos enemigos que buscan desestabilizar.
No existe, como tal, una campaña antiargentina para difamar al país y señalarlo como inseguro. Argentina es un país inseguro. Y compararlo con quienes están aún peor sería una falacia. No existe, como tal, una campaña antiargentina para generar una inflación galopante. Son los propios empresarios argentinos los que especulan con los precios.
No existe, como tal, una campaña antiargentina llevada adelante por las grandes corporaciones. Es el Estado el que no ha sabido, en su rol de contralor, establecer límites a las actividades de esas organizaciones. No existe, como tal, una campaña antiargentina orquestada por un juez estadounidense. Puede que el magistrado esté senil, pero, en todo caso, sus fallos son igual de absurdos como los que, en Argentina, permiten a violadores convivir cerca de sus víctimas o a ladrones a mano armada convertirse en estrellas de televisión.
Entonces, en la película se lo ve a Osvaldo, (el personaje interpretado por Luis Brandoni). Es un médico que tuvo que exiliarse a Estados Unidos y volvió de visita con el retorno de la democracia. Justo antes de regresar a Nueva York, la mira a su cuñada, la Yoli, le acaricia la cara y con toda la nostalgia del mundo exculpa a los yankis de los problemas del pasado y de las soluciones del futuro: “Acá. La cosa es acá. Yo sé que la cosa es acá”.
