Pocas ciudades pueden presumir de haber nacido con un plan arquitectónico que supo priorizar la naturaleza por sobre las grandes construcciones de cemento. Pinamar es una de estas excepciones donde el desarrollo urbano no implicó arrasar con el paisaje natural original, sino trabajar a partir de él, pero ¿cómo lograron conseguirlo?
La respuesta está en Jorge Bunge, arquitecto, ingeniero y urbanista que trajo de sus estudios en Alemania la idea de ciudad jardín. A finales de la década del ’30, cuando la mayoría pensaba en dominar las dunas costeras para construir, Bunge planteó algo diferente. Su idea resultó revolucionaria para la época, valerse de las características de los médanos en vez de destruirlos.
Un diseño que respeta la topografía
El desarrollo urbano de Pinamar presenta algo distintivo: su trazado se adaptó al relieve natural de las dunas costeras. Bunge utilizó la estrategia de dejar los médanos donde estaban, fijándolos y aprovechando los declives naturales para lograr un efecto paisajístico que todavía perdura.
En 1944, la Provincia de Buenos Aires aprobó el Plan Director de Pinamar. Este documento establecía normativas claras sobre cómo debía crecer la ciudad. Por ejemplo, no podía haber un almacén al lado de una casa residencial, una idea bastante moderna para aquella época que buscaba preservar la tranquilidad de los barrios.
Durante décadas, Cecilia Bunge, hija del fundador, condujo Pinamar S.A. durante más de 30 años. En los años setenta ganó una de las batallas más importantes contra desarrolladores que querían construir edificios altos sobre el frente marítimo. Bunge siempre quiso edificios bajos, de hasta dos pisos. Después se elevó el límite a cuatro, pero se mantuvo la esencia: nada de torres que rompieran el horizonte costero.
Sustentabilidad antes de que fuera tendencia
Los conceptos de sustentabilidad de Pinamar, se aplicaron en la ciudad mucho tiempo antes de que el término se pusiera de moda. La prohibición de bolsas, sorbetes y vasos de plástico, muy comunes en la actualidad, solo continúa esa línea histórica de respeto ambiental. La ciudad fue una de las primeras en Argentina en tomar estas medidas concretas para cuidar el medio ambiente. Sin dudas este balneario se ha tornado en un sitio ideal para el turismo verde y se puede visitar todo el año aprovechando los pasajes a Pinamar desde cualquier punto de Argentina.
Las reformas aplicadas en esta última década fueron siguiendo esta lógica. El tamaño de las playas se fue reduciendo para ganar 5.000 metros cuadrados de playa, priorizando espacios públicos sobre construcciones privadas. Aunque estas decisiones hayan generado debates y hasta oposiciones de algunos propietarios, mantienen coherencia con el espíritu fundacional.
El desafío de crecer sin perder identidad
El plan de desarrollo de Pinamar tiene vistas hacia el norte. El sector urbano actualmente incluye Montecarlo, Pinamar, Mar de Ostende, Ostende, Valeria del Mar y Cariló. El desafío permanente es mantener ese equilibrio entre crecimiento y conservación.
La antigua ruta de acceso, hoy Avenida Jorge Bunge, sigue siendo eje vertebrador que conecta la entrada con el mar atravesando el bosque. Esa geografía obligada, donde cualquier desarrollo debe negociar con los pinos existentes, funciona como garantía natural contra la especulación inmobiliaria descontrolada.
Pinamar demuestra que es posible crear una ciudad turística sin que se tenga que sacrificar el paisaje natural. Esto fue el resultado de una exhaustiva planificación, visión a largo plazo y decisiones políticas que priorizaron la conservación por sobre ganancias inmediatas. Un modelo que otras ciudades costeras argentinas podrían estudiar.
