Algo ocurre cada una década en la Justicia Federal de Mendoza. Es un lapso aproximado por el cual un sistema cerrado, cuasi secreto, implosiona y le da lugar a un proceso de depuración. Pasó en 2002 con la destitución de Luis Leiva; ocurrió en 2011 con la remoción de los camaristas Luis Miret y Otilio Romano, y los cimientos del edificio de calle España volvieron a moverse a partir de la investigación por el cobro de coimas que pesa sobre el titular del Juzgado 1, Walter Bento.

En todos los casos, se repite un patrón: los involucrados fueron los hombres fuertes de los tribunales federales en la provincia. Son los que marcaron una época sintiéndose poderosos e inmunes; los que manejaron los pasillos, armaron redes de influencia para ampliar sus dominios y construyeron un imperio ficticio. Omnipresencia, omnipotencia y, sobre todo, oscurantismo.

La Justicia Federal en Mendoza tiene una lógica masónica. Es reticente a la luz del día y es adicta al secretismo; con empleados que tienen miedo a levantar la mirada y optan por el trabajo en silencio. Es la mayoría, tal vez. Hombres y mujeres con vocación de servicio, que están comprometidos con la idea de una sociedad igualitaria, pero que conviven con las injusticias en el escritorio de al lado.

Ese grupo, con profesionales capacitados y especializados; formados y respetados desde lo académico; que trabajan sin horarios en causas extremadamente delicadas, es el que sostiene la estructura. El resto, goza de los privilegios de pertenecer.

El caso de Bento es el ejemplo de la familia judicial. Al margen de la causa que lo tiene imputado como cabecilla de una asociación ilícita, su figura genera desde hace años miradas de reojo. En especial, desde que sus dos hijos entraron a trabajar; desde que la hija de una fiscal también consiguió un puesto gracias a él y desde que otro le pidió favores políticos para mejorar su situación laboral.

No es el único ni el primero. Los demás, con algo de influjo, prefieren el perfil bajo. Ostentan el poder hacia adentro; casi desapercibidos; tanto como sus vínculos personales, para darle forma a una especie de endogamia judicial.

Como en organismos con características similares, la Justicia Federal mendocina está plagada de hijos, hijas, sobrinos, novios, novias, cónyuges y, principalmente, amantes. Así se pagan favores, así se ofrecen ascensos y así se consiguen empleos. Ese halo de impunidad, esa oda al desmérito, silencia a los demás.

“Hay hombres y mujeres que enfrentan la delincuencia y el avance de otros poderes cuando se exceden en sus actos de gobierno. Muchos de los que trabajan aquí deben soportar el exceso de unos pocos y son relegados arbitrariamente. Son honestos, dedicados y eficientes; prudentes y reservados. Pero siguen con esperanza. Eso es lo que generó todo esto”, afirmó un histórico que conoce al detalle las voces que suben y bajan las escaleras de ese edificio. “Otros, en cambio, solían llevarse a todos por delante y ahora andan con la cabeza gacha y en silencio, temerosos y conscientes de que la investigación puede comprometerlos”.

Esa sensación de libertad ya había quedado expuesta luego de que Miret y Romano cayeron en desgracia. De esa eclosión surgieron testimonios, pruebas y denuncias que estaban acalladas. La rebelión de los mansos.

Paradójicamente, la caída de los camaristas llegó de la mano de una causa que instruía Bento. En realidad, cumplía el rol de juez. La investigación por la participación de los dos magistrados en la última dictadura fue obra de Omar Palermo, actual miembro de la Suprema Corte y otrora fiscal federal abocado a desentrañar la trama de los delitos de lesa humanidad en la provincia.

En esos casos, Bento se movió al compás de las necesidades políticas. Su primer reflejo fue sacarse los expedientes de encima. Sin embargo, la bajada de línea que llegó con el kirchnerismo lo hizo recalcular.

En esas lides, siempre tuvo un padrino custodiándolo para no quedar expuesto. Cada movimiento suyo tenía el aval de Juan Carlos Mazzón, el operador político por excelencia del peronismo mendocino. Con voz y voto a nivel nacional. Era el reaseguro de Bento. Su garantía.

En Mendoza, la Justicia Federal está asociada a causas de contrabando, narcotráfico o evasión impositiva. Es mucho más que eso. Se cuece y se decide la suerte de historias políticas y económicas. Las pujas y las tensiones entre los diferentes poderes del Estado. Estratagemas diseñadas en despachos devenidos a sótanos judiciales.

Allí, Luis Leiva presentó batalla al banquero Raúl Moneta y decidió levantar la bandera de justiciero contra la corrupción autoproclamado. Se creyó todopoderoso, se sentía fuerte. Hasta que olvidó que era un servidor judicial y no el dueño de la justicia.

Allí, Miret y Romano vieron caer su imperio. Casi 40 años tejiendo poder.

Allí, Bento pensó que era el nuevo intocable. Y ahora no le queda otra que defenderse.