En el 2006, Maxi Agüero comenzó a tatuar por diversión y curiosidad mientras estaba comenzando la secundaria, a sus 13 años. Amigos y compañeros le pedían dibujos simples, pero que significaban toda una declaración: tatuarse, en aquel entonces, era un acto que mostraba suma rebeldía.

Ahora, en su estudio ubicado en Maipú, cuenta con dos décadas de trayectoria y ejerce su arte junto con tres aprendices. Una de ellos, Lupe Maza, perfecciona sus trazos en un contexto distinto: con 19 años, sus clientes llegan buscando flores, letras estilizadas; el tatuaje expresa un abanico más amplio que el de antaño.

Al mismo tiempo, en una galería de Ciudad, Benjamín Ferreyra da sus primeros pasos en un rubro en el que nunca se imaginó que trabajaría, hasta que se hizo su primer tattoo. Los tres cuentan historias similares sobre el camino para iniciarse como tatuadores y de cómo la mirada sobre este mundo fue cambiando dentro y fuera del propio rubro.

Una aguja, una oportunidad

Benjamín trabajaba en la Feria del Este a principios de 2021. Era la forma de ganarse la vida que había conseguido en ese momento, pero quería buscar algo más. “Me aburría mucho estar ahí, buscaba invertir en algo”, recordó.

Por esos días, decidió hacerse su primer tatuaje. “Se dio la casualidad de que la chica que me tatuaba me dijo que estaba por dar un curso y conocía alguien que vendía un kit. Siempre me interesó esta onda, pero nunca me había visto tatuando. Le dije que me esperara para juntar la plata y me animé”, relató Benjamín.

Antes de comenzar sus clases, el “estudiante” siguió trabajando en la feria. “Practicaba algunos dibujos en goma eva, algunas cosas básicas no las sabía porque no tenía tiempo para aprender ciertas técnicas”, mencionó.

Un domingo de marzo, un primo que sabía que estaba por comenzar el curso le pidió un tatuaje. “Me dijo: ‘Aunque no sepas, tatuame igual’. Tardé cuatro horas y me encantó.”

Con ese primer paso, la emoción fue en aumento. “Como vi que no lo había asesinado, al otro día me hice uno yo”, recordó: una calavera con casco de moto, con el lema “Ride or Die”.

“Una vez que empezó el curso, una de las primeras lecciones fue no autotatuarse porque es muy doloroso. Tardé un tiempo en confesar que lo había hecho”, contó Benjamín.

Desde ahí comenzó la aventura. Probó un tiempo haciendo tattoos a domicilio, pero el riesgo de sufrir un robo lo hizo replantearse esa modalidad. Su tatuadora, ahora mentora, lo invitó a sumarse a su estudio y al poco tiempo se mudaron a una galería, donde actualmente trabaja. A un año de su inicio, siente haber encontrado lo que buscaba.

Del escudo de Boca al arte griego

Maxi Agüero tenía conceptos básicos de dibujo cuando comenzó a tatuar. “Fui conociendo gente que quería hacerse tattoos y fui probando, experimentando. Me rodeé de mucha gente abierta y buena onda en un momento en que todo eso era un tabú”, explicó.

“Quizás lo que te hacían era horrible, pero el hecho de tener un tatuaje estaba fuerte para ese entonces”, añadió el tatuador.

Recién a los 18 años conoció a un tatuador profesional. Además de usar los conocimientos que adquirió de aerografía, Maxi fue estudiando pintura y dibujo, “lo que siempre me gustó”.

“Pasé de que me pidieran escudos de Boca a dibujos realistas con un estilo que se llama ‘black and grey’: no dibujás tantas líneas, sino que tratás de plasmar la realidad”, indicó.

Parte de ese nuevo desafío surgió con internet. Al tener acceso a más modelos y diseños, los clientes mendocinos buscaban modelos más demandantes. Ahora, Maxi tatua desde dioses griegos a “cuadros completos” en el cuerpo de quienes atiende.

Pero el cambio no sólo estuvo en los tatuados, sino en los tatuadores. “Hoy existe más apertura para tener aprendices. En su momento nos cerraron muchas puertas, nadie quería enseñar. Eso dolió. Hoy veo que no cuesta nada”, apuntó Maxi.

Para él, ayudar a gente nueva a capacitarse es una ganancia para todo el rubro. “Con aprendices hacés crecer el arte: ellos pueden terminar creando una nueva tendencia a partir de su propio estilo”.

La mirada sobre el cuerpo

Lupe realiza principalmente tatuajes que tengan líneas y sombras claras. Mientras va concretando su estilo, disfruta de corrientes como el ignorant tattoo o el blackwork, que utiliza principalmente tinta negra.

“Para mí, tatuar es un arte hermoso. Estaba segura de que me iba a hacer bien, por eso empecé a tatuar”, comentó. Sus inicios fueron antes de terminar la secundaria en la Escuela de Bellas Artes.

“Mis primeros tatuajes se los hice a mis amigos, tuve mucho aguante. Hice muchos gratis, después empecé a cobrar $150 para costear los insumos y seguir practicando”, relató.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de VUPA (@vupa_tattoo)

Esa perseverancia le permitió mostrar su talento en el estudio de Maxi, donde la contrataron. Mientras van quedando atrás los nervios a la hora de encarar la idea de un cliente, también van envejeciendo para su generación los conceptos que se tenían sobre los tatuajes.

“Creo que de a poco las personas van entendiendo que no se opina del cuerpo ajeno y que es sólo un traje para llevar fuera. Cada uno hace lo que quiere con su cuerpo y cada vez veo más personas con tatuajes. Me parece perfecto, siempre y cuando cuiden su piel y tengan buena información a la hora de realizarse uno”, opinó.