Tres mujeres. Tres historias. Un punto en común: la batalla contra un trastorno de la conducta alimentaria.
Mientras cada 30 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), Argentina se posiciona como el segundo país del mundo con mayor cantidad de casos.
Virginia Mauri (29), Agustina Jadur (27) y Pilar Salinas (23), que fueron compañeras de tratamiento en un centro de atención interdisciplinario, relataron a El Sol cómo es vivir bajo la tiranía del “cuerpo perfecto”.
El detrás de un TCA
Fue mucho el tiempo que Virginia convivió con un trastorno de la conducta alimentaria; previo a que a los 25 años le diagnosticaran bulimia nerviosa de manera “oficial”.
Visitas a la nutricionista a partir de los 8 años, niños que señalaban lo “diferente” que era su cuerpo, y una adolescencia marcada por el temor a la mirada ajena, fueron algunos de los pasos que antecedieren al momento crítico de la enfermedad.
“Si bien todo empezó desde que era muy chica, empeoró a los 18, antes de irme de viaje de egresados. Sentía mucha disconformidad con mi cuerpo, todo el tiempo. Hacía muchísimo deporte, comía muy poco y hasta llegué a hacer ayunos prolongados. Pero a mí físicamente no se me notaba, entonces no llamaba la atención por ese lado“, inició.

“En ese entonces iba a terapia y la psicóloga me dijo que no podía ayudarme más. Empecé otro tipo de terapia y dejé de mencionar el tema para que no se diera cuenta de lo que estaba pasando. Ahí fue cuándo decantó solo que necesitaba otro tipo de ayuda“, continuó.
Así fue que en 2020, Virginia comenzó un tratamiento en un centro especializado. Un proceso que la llevó a reconocer que detrás de la enfermedad había ciertos aspectos por resolver, que no tenían que ver precisamente con su cuerpo.
“En el tratamiento logré reconocer que había cuestiones mías que necesitaba resolver y que no tenían que ver con el cuerpo. Cuando uno piensa que es el cuerpo, no es el cuerpo; hay algo atrás. Detrás de un TCA puede existir insatisfacción con otras cosas. Cosas que están ahí, que te pasan, pero que cuesta hacerse cargo“, reflexionó.
Una presión social que sofoca
En ocasiones, las opiniones ajenas se convierten en un explosivo para quienes que padecen un TCA. Y Pilar, lo vivió en primera persona.
“No me acuerdo de ser chica y de tener un buen vínculo con mi cuerpo y con la comida. Hacía danza y miraba a mis compañeras y pensaba: `Mi panza es más grande que la de ellas´. Siempre creía que tenía que hacer dieta, adelgazar. Hasta llegué a pedirle a mí mamá que me compre unas pastillas que había visto en la televisión“, recordó.

Dentro de un proceso que empeoró en pandemia, cuando su mamá enfermó y ella no podía verla, la restricción y el control de las calorías se apoderaron de la diaria de Pilar. Sin embargo, hubo un factor que complicó aún más las cosas: la mirada social.
“Empecé a adelzgazar y me decían: `Qué flaca que estás. Estás muy linda´. Me sentía mejor aunque sabía que las formas en las que llegaba a eso no estaban buenas. Los estándares de belleza influyen un montón. Socialmente, se asocia el ser flaca a que te van a querer o aceptar más“, aportó.
El camino a la aceptación
Agustina es otra de las historias detrás de los TCA. Si bien la joven de 27 años expresó que desde chica no hubo una buena relación con su cuerpo y la comida, la pandemia agravó aquella situación que venía arrastrando hace varios años.
“Mi quiebre fue la pandemia. Al estar todo el día metido en nuestras casas podía controlar mucho más todo lo que comía, la cantidad de ejercicio que hacía. Mi día consistía en ocuparme de la comida y el cuerpo“, relató.
“Cuando empezaron a abrir las cosas y tenía que salir, me empecé a desesperar. Me preguntaba cómo iba a sostener lo que venía haciendo. Ahí me di cuenta de que necesitaba ayuda“, sumó.

Una ayuda que llegó a través del centro interdisciplinario. Ese espacio que la acobijó durante cuatro años, y que le enseñó a dar los primeros pasos en el camino de la aceptación y la recuperación, a pesar de tratarse de un proceso doloroso.
“No es que te dan el alta y decís: `Chau, me amo. Mi vida cambió para siempre´. Es un trabajo de todos los días, pero salís con las herramientas para saber cuándo la mirada tiene que ver con otras cosas que están pasando y no con el cuerpo“, compartió.
Actualmente, tanto Virginia como Agustina y Pilar, ya recibieron el alta en su tratamiento.
Si bien reconocen que los malos días también forman parte de sus vidas, aseguran que tienen un trato más amigable con su cuerpo, y destacan la importancia de pedir ayuda para tener una red de contención que escuche y acompañe.
