– Buen noches, ¿cómo va? Che, ¿se sabe algo del decreto?
– Debe estar por salir en estos días…
– Sí, pero ya pasaron más de dos semanas…
– El decreto está, tranquilo, no seas ansioso. A veces lleva su tiempo.
– ¿Vos lo viste?
– Claro que lo vi. Tenía todas las firmas. Sólo faltaba la de la señora.
– ¿Seguro que no habrá sorpresas, no?
– Te apuesto una botella de whisky. Si el decreto no sale, yo te la pago, del que vos quieras. Así de seguro estoy.

El diálogo fue telefónico. Eran casi las nueve y media de la noche y ocurrió en los primeros días de octubre de 2010. El que prometió el whisky era uno de los hombres más importante en las estrategias políticas del gobierno mendocino. Tenía un papel clave puertas hacia afuera; su rol era fundamental cuando actuaba en las sombras. De ahí, su confianza.

Dos semanas antes, el 21 de setiembre de ese año, Celso Jaque había aprovechado la algarabía de los festejos primaverales y había protagonizado el momento para disruptivo de su gestión. Después de décadas de frustraciones, negociaciones y fracasos, Mendoza pasaba a formar parte del régimen de Promoción Industrial.
Tras intensas negociaciones con la Nación, y ante la inminente prórroga por 15 años del sistema de beneficios y diferimientos impositivos que tenían desde la década del ’80 San Juan, San Luis, La Rioja y Catamarca, el malargüino buscaba instalarse como el gobernador que puso fin a años de injusticia y discriminación.

Para llegar a ese punto, la Provincia había desistido de un reclamo judicial ante la Corte Suprema. En el toma y daca, desde la Casa Rosada pidieron retirar la cautelar que estaba vigente. Si no, no había chance de continuar con las conversaciones iniciadas en mayo de ese año. Desde calle Peltier aceptaron. Poco tiempo después, el máximo tribunal cerró el caso. Camino allanado.

Mendoza corría con desventaja desde 1982. Ese año, la vigencia de la Ley 2021 dejaba a la provincia en desigualdad de condiciones para competir con sus vecinas. En teoría, como era la jurisdicción más fuerte de Cuyo, no necesitaba de esa serie de estímulos económicos y financieros.

El reclamo de Jaque había hecho efecto. Débora Giorgi, ministra de Industria de Cristina Kirchner aceptó incluir a los departamentos mendocinos limítrofes con las provincias promocionadas en el proyecto de prórroga que buscaba CFK.

En una reunión en Buenos Aires entre los máximos dirigentes provinciales, Giorgi y el por entonces secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini, mostraron el decreto listo para ser publicado. Estaba firmado por los responsables de todos los ministerios y áreas involucradas. “Lo firma la presidenta en estos días y lo publicamos”, sentenciaron.

Jaque volvió a la provincia exultante. No le hizo falta esperar que la norma fuera publicada en el Boletín Oficial de la Nación. Armó una conferencia y se mandó: Mendoza estaba dentro de la Promoción Industrial. Feliz primavera. La casa está en orden.

El decreto nunca vio la luz. Lo vieron firmado, sí, pero Cristina jamás lo rubricó. Había sido un ardid; un engaño pergeñado por Zannini y compañía, con la complicidad de Giorgi y, por supuesto, con la anuencia de la primera mandataria. El objetivo había sido hacer caer la demanda judicial. Ya habían tenido que prometer un Portezuelo del Viento por el mismo motivo. No estaban dispuestos a poner más dinero en juego por ese motivo. Y lo consiguieron.

Tiempo después, y por razones que poco tuvieron que ver con el reclamo mendocino, la Promoción Industrial quedó derogada sin que por estos pagos accedieran alguna vez a los beneficios. Desde ese momento, y con antecedentes de sobra, la Provincia entendió que nunca más se retira una demanda sin que todo esté firmado y en regla. Después, para retroceder, siempre hay tiempo.

De ahí, la cautela que muestra el gobernador Rodolfo Suarez ante el anuncio eufórico de la senadora Anabel Fernández Sagasti, que asegura que Mendoza será incluida en el nuevo sistema de promoción con los mismos beneficios que recibirá San Juan. De ahí, también, la sugerencia del fiscal de Estado, Fernando Simón, de ir para adelante con un reclamo en la Corte y no desistir hasta tanto la promesa del ministro de Desarrollo Productivo de la Nación, Matías Kulfas, se convierta en realidad.

No es una cuestión de jactancia; de ver quién consigue más o menos y salir rápidamente a gritar en las redes sociales. Ya le pasó a Jaque y le fue mal.

Tiene que ver con prudencia; con aprender de los errores pasados y entender que pocas veces las decisiones en este ecosistema se toman por simpatías personales. La política argentina va del amor apasionado al odio extremo en cuestión de minutos. No es un ambiente muy confiable; sobre todo, porque a pesar de que pasaron más de diez años, ese whisky nunca fue pagado.