Los expertos en diseños de interiores aseguran que las kokedamas son la última moda en jardinería. Mientras que los bonsái son considerados verdaderas obras de arte. En Mendoza hay dos jóvenes hombres que se dedican a practicar estas técnicas oriundas de Japón.

Sebastián Rodríguez (33) comenzó a realizar kokedamas hace cuatro años como hobbie. Por entonces tenía un invernadero y se planteó practicar esta desafiante técnica de jardinería. Según explicó, las kokedamas plantean un desafío para los amantes del verde que pretenden incursionar en nuevas formas de cultivo. 

“Las kokedamas son parientes de los bonsáis. Koke significa musgo, y dama, bola. No son otra cosa que plantas contenidas en bolas de musgo y sustrato, que necesitan mantenerse hidratadas”, detalló Sebastián, quien aprendió la técnica de una maestra japonesa llamada Moriko.

Los productos de Rodríguez causan furor en las ferias de diseños locales aunque asegura que el 90 por ciento de la gente que la ve por primera vez no sabe qué son. “En las ferias, la gente se para y pregunta de qué se trata porque no son tan populares como los bonsáis. Lo interesante es que han tenido una buena aceptación del público sobre todo en aquellos que son ecologista ya que esta planta al no tener maceta es lo más natural que una persona puede disponer en cualquier rincón de su casa”, aseguró.

El hombre, que además tiene un invernadero de verduras orgánicas, confió que cualquier tipo de planta puede convertirse en una kokedama y confesó que unos de los secretos está en la preparación que de la tierra para la misma.

“Cuidándola tiene la misma expectativa de vida que una planta común. Su riego es muy sencillo: se sumerge en agua cada vez que el musgo esté seco. Es decir, la metés en un recipitiente con agua, debiéndola tapar completamente con ésta. La dejás unos minutos hasta que deje de burbujear y luego la retirás. este proceso de regado se repite cada vez que el musgo se seca. Es muy simple”, detalló Sebastián.

Las kokedamas rondan entre los 50 a 600 pesos. Son mucho más económicas que los bonsáis que cuestan desde 400 pesos en adelante.

Y en Mendoza, un gran exponente de los bonsáis es Andrés Bicocca (38), quien desde hace casi dos años reside en Barrancas, Maipú. Allí, tiene un terreno de dos mil metros y ha emplazado una escuela y un museo. “Viene gente de varias provincia a aprender la técnica y para septiembre espero abrir el museo para el público en general”, comentó.

Y párrafo seguido se explayó sobre su trabajo: “El tamaño del bonsai es una cuestión de gusto del realizador. La gente cree que son árboles petit por la concepción comercial que ha llegado hasta nuestro país. La técnica nació en China, allí extraían plantas viejas y las conservaban en una maceta. Esto para los chinos significaba tener el poder de la naturaleza en sus manos. Luego, los japoneses lo adoptaron y lo comercializaron. Pero el bonsái es un arte que perdió su valor artístico cuando los japoneses comenzaron a hacerlo en serie”, confió Bicocca.

Andrés es considerado un verdadero artista y en sus obras se puede ver un toque de dramatismo ya que una parte de la planta es tallada secándola y en el resto deja que la naturaleza se exprese.

“En el bonsai uno puede reflejar algo para transmitirle al espectador a través de la planta. A mí me gusta lo dramático. Lo que hago es mantener viva a una parte de la planta y el resto la tallo. Mi técnica se llama reducción. No me gusta cortar plantas sanas, solamente rescato aquellas que han sido podadas o tiradas por algún motivo”, dijo Andrés.

Bicocca es autodidacta, tiene un libro editado sobre su trabajo y sus obras están valuadas en miles de pesos en Europa. “A  mí me cuesta desprenderme de mis bonsáis. En el país no los podría vender porque son muy caros, pero más allá de eso me cuesta desprenderme de cada una de mis obras”, agregó y señaló que está preparando una línea más clásica para lanzar a la venta cuando abra el museo.

Andrés, su esposa Natalia y sus dos pequeños hijos están fascinado con este arte milenario que les permite vivir de él. “Hace unos años vivíamos en Guaymallén y yo trabajaba en la terraza de nuestra casa. De repente vi que ya no me cabía un trabajo más allí y con mi esposa surgió la posibilidad de este lugar en Barrancas y lo primero que se nos ocurrió fue hacer el Museo Olea Bonsái. Le puse Olea porque el olivo es uno de mis árboles favoritos y muy identificativo de Mendoza. Así, quienes vienen a visitarnos pueden ver algunos olivos de decenas de años convertidos en bonsáis. Son mis mimados”, finalizó Bicocca.