Algunos fueron secuestrados y torturados, en otros se incluyó la desaparición, pero también existió una tercera categoría entre ellos: la de los asesinados. En el juicio por delitos de lesa humanidad que se está llevando adelante en Mendoza han sido varios los testigos que, al momento de su secuestro, eran gremialistas, pero hubo dos casos que se diferenciaron de lo que vivieron.
Por un lado, porque no estuvieron detenidos en ningún centro clandestino, sino que fueron secuestrados por unas horas solamente, y, por otro, tampoco fueron desaparecidos, sino asesinados, y sus cuerpos abandonados en el Este. Se trata de los casos de Antonio García y Héctor Brizuela.
LOS GREMIALISTAS.
Ambas víctimas tenían varias cosas en común, y eso las llevó a la muerte. Eran comunistas, pertenecían al mismo sindicato (Soeva) y duraron sólo algunas horas en manos de sus captores. Sus muertes, a diferencia de otras, fueron publicadas por los medios de comunicación, aunque sólo en pequeñas notas en las que se indicaba que sus cuerpos habían sido encontrados, pero no se decía nada de sus secuestros horas antes. Héctor Nicolás Brizuela tenía 48 años cuando fue fusilado. En la madrugada del 18 de octubre de 1976, alrededor de las 2, cuatro personas armadas, todas vestidas de civil, golpearon a la puerta de su domicilio. Brizuela se encontraba en ese momento con su pareja, Georgina Vuletich.
Ambos se aproximaron al ingreso y, al preguntar quién era, del lado de afuera respondieron: “Policía Federal”. La excusa era simple. Iban a buscar a Brizuela para que este hiciera un reconocimiento, por lo que el hombre los acompañó y, raudamente, partieron las cinco personas en un automóvil y una camioneta. Siete horas más tarde, a las 9.05, su cuerpo fue encontrado. Un llamado anónimo había alertado sobre la existencia del cadáver, que, finalmente, fue hallado al costado del carril Nuevo a unos 300 metros de la ruta, en el departamento de San Martín.
La crónica periodística publicada el 20 de octubre de 1976 informaba que el cuerpo presentaba varios impactos de bala y que se encontraba tirado en una acequia. El informe de la Dirección de Criminalística confirmó que Brizuela había sido llevado con vida al lugar y allí lo habrían fusilado con, al menos, tres pistolas de distintos calibres. En total, el cuerpo presentaba cuatro disparos en la cabeza y tres en el brazo. El informe indicaba que, una vez que Brizuela cayó al piso tras los primeros disparos, sus fusiladores se ensañaron y dispararon los restantes. De hecho, debajo de su cabeza, enterrados a treinta centímetros de profundidad, se hallaron tres proyectiles calibre 45.
EL DÍA DESPUÉS.
Los dirigentes de Soeva aún no terminaban de entender lo ocurrido cuando un grupo armado fue en busca de otro gremialista. El 19 de octubre de 1976, un día después de que se lo llevaran a Brizuela, tres personas, una de civil y con un saco azul y dos jóvenes vestidos de soldados, portando ametralladoras, se identificaron como policías en un domicilio de la calle Islas Malvinas de Maipú. Allí se encontraba Antonio García junto a su mujer, María Rosa Diego. Al encontrarlo a García, la persona que estaba de civil, quien daba las órdenes, sacó un arma, le apuntó y le dijo que debía acompañarlos. Luego lo subieron a un automóvil azul oscuro, seguido de los soldados, que se trasladaban en un furgón celeste.
En la puerta sólo quedaron huellas de los borceguíes usados por los secuestradores que, según el expediente, poseían la marca de un trébol. Unas horas más tarde, otro llamado alertaba sobre un cuerpo sin vida en el carril San Pedro, a 50 metros de la ruta Panamericana de San Martín. Era García. Según el informe de Criminalística, durante todo el viaje a García le apoyaron un arma blanca en el cuerpo.
Una vez en el lugar, lo fusilaron. Su cuerpo presentaba seis orificios de bala en la cabeza, uno en la nalga y otro en el pecho. A 40 centímetros de profundidad debajo de la cabeza estaban enterrados dos proyectiles blindados calibre 45.
“TE TENEMOS”.
Tras el hallazgo de los cuerpos, las mujeres de ambos gremialistas fueron a la Dirección de Investigaciones de la Policía de Mendoza. Allí las atendió el ex jefe del D2 Pedro Sánchez Camargo y el ex jefe de la Policía brigadier Julio César Santuccione. En esa entrevista, las mujeres debieron realizar un identikit de los sujetos que se habían llevado a sus parejas y, luego, una vez que terminaron, les presentaron fotos de posibles sospechosos. El procedimiento tuvo el éxito esperado. Las mujeres identificaron a un sospechoso en las fotos.
El señalado era el que daba las órdenes en cada uno de los secuestros. Ante ese descubrimiento, Sánchez Camargo besó la fotografía y exclamó: “¡Te tenemos, hijo de puta!”. Sin embargo, al otro día del reconocimiento, lo que parecía bueno dejó de serlo. Santuccione le habló a Vuletich, la viuda de Brizuela, y le dijo que se olvidara de todo. “Hemos dado con la cabeza de un clavo muy grande”, explicó, y le recomendó que pensara en su vida y en la de la hija que tenía. Años después, ya en democracia, el caso volvió a tratarse, luego de que el juez Alberto Acevedo suministrara los identikits de los sospechosos que salieron publicados en el diario Los Andes en octubre de 1985.
La nota tuvo sus repercusiones y se recibieron varios llamados que aseguraban que uno de los retratos correspondía a un policía que hacía guardia en un corralón, otro afirmaba que se trataba de un comisario y un tercer llamado aseguraba que los rostros eran pertenecientes a los miembros de la entonces Brigada de Investigación de San Martín. Sin embargo, todo volvió a quedar en la nada, ya que las leyes de Obediencia Debida y Punto Final paralizaron la investigación.
