El verano de 1981 se había presentado seco y por demás caluroso, con temperaturas máximas por arriba de la media, casi un calco de este, del 2023. En el cerro Mercedario, en el extremo sur de la cordillera sanjuanina, la nieve escaseaba, como en todo el cordón montañoso. En la zona de los glaciares y morenas, la poca nieve acumulada en la superficie como manchones, se presentaba dura y, en algunas zonas, asumía la característica conocida como cristal, rígida y algo resquebradiza. Desafiar la extraordinaria pared sur de esa mole de 6.720 metros de altura, en medio de tales condiciones, obligaba a sopesar riesgos, a estar fino y con todos los sentidos concentrados en la misión. Las condiciones básicas y obligadas que había tenido en cuenta el experimentado montañés italiano Sergio Bassini, de 40 años, que lideraría la expedición hacia la cumbre por esa ruta compuesta, además, por las hermanas tucumanas Corina María Altamirano, de 21 y Marta Emilia Estela Paty Altamirano, de 20.

Como parte de la aclimatación y entrenamiento para la misión, el grupo venía de trajinar y caminar las cumbres de los Nevados del Aconquija entre Catamarca y Tucumán y el Negrito, en los valles Calchaquíes, todos picos cercanos a los 5.000 metros y otros cerros tucumanos que conocían de memoria los tres, el italiano y las dos jóvenes.

Ya para esos tiempos, Bassini se había convertido en el andinista más entusiasta de Tucumán y su zona de influencia y para las jóvenes, la montaña les significaba todo. “Subir un cerro es un retiro espiritual para con uno mismo; cada paso, en medio de la soledad y la oscuridad produce sensaciones que sólo quien alguna vez haya estado en esa situación puede llegar a entender y comprender”, dice hoy Corina con una voz que, pese a la distorsión producida por el celular, no deja de ocultar serenidad, un cierto aire de melancolía y también tristeza. Es que, hace pocas horas, que a Corina la han llamado desde San Juan. El fiscal Iván Grassi, de la UFI de Delitos Especiales, le ha dado una noticia impactante y la más esperada con el paso del tiempo: le ha casi confirmado que el cuerpo hallado el martes 24 por una expedición de norteamericanos y sanjuaninos cuando orillaban la parte inferior del glaciar, es de una mujer. Y le ha dicho, también, que tiene toda la presunción de que se trata de Paty, su hermana, a la que vio resbalar y caer por el precipicio en la fatídica tarde del 27 de marzo de 1981, cuando junto al italiano se disponían, a 5.000 metros de altura, a armar la carpa en la que pasarían la noche antes de asaltar la cumbre, plan que tenían previsto llevar adelante al día siguiente.

Sergio Bassini, el líder de la expedición.

Mañana, jueves, Corina y sus hermanos (son cuatro hoy, con Paty eran cinco) viajan a San Juan con muestras de ADN de sus padres, quienes aún viven (el papá, Hugo Altamirano, de 91 años, y la mamá, Martha Dichiara, de 88). Los hermanos no están todos radicados en Tucumán. Corina viaja desde Córdoba; Patricio, de 59, y Marcelo, de 58, lo hacen desde Tucumán y Silvia, la más chica, de 56, desde Potrero de los Funes, San Luis, donde reside con su esposo, Marcelo.

“Nos costaba clavar los grampones de las botas, en ese estado del hielo”, recuerda Corina, con la claridad de quien ha revivido una y otra vez los pormenores de aquella misión fatal. Por el 23 de marzo de 1981, los tres expedicionarios habían llegado a la ciudad de San Juan y de allí en camioneta hasta Barreal, en Calingasta. El 24 ya estaban en Las Hornillas y, con la compañía de un arriero, el 26 de marzo de 1981, el grupo ya se encontraba en el campamento base, a unos 4.500 metros de altura. El 27 ya estaban en pleno ascenso, por la pared sur. Alrededor de las 18 de aquel día y a unos 5.000 metros de altura decidieron armar la carpa para pasar la noche. “Se han dicho muchas cosas, como que Paty no estaba acostumbrada y que no debió haber ido a esa misión por falta de experiencia. Paty no era para nada intrépida y la montaña era todo para ella. Se sentía libre y llena de gozo y felicidad. Al momento del accidente, Paty iba adelante… siempre le decíamos que era como una cabra en la montaña. En un momento, antes de la caída, Paty, parada sobre el glaciar, levantó los brazos al cielo para gritar con fuerza ‘¡Gracias, Dios mío!’”, comenta Corina, en un recorrido mental de 40 años hacia atrás.

Las hermanas, además de vivir en comunión con la montaña, amaban la naturaleza. Por aquel tiempo, Paty había comenzado a estudiar biología y Corina, zoología. “Alcancé a escuchar un ¡Ayyyy!”, dice Corina, y luego el silencio total. Al resbalar, Paty cayó quebrada abajo y no respondió nunca a los llamados de Sergio, el italiano, ni de los de Corina. De inmediato decidieron bajar, encordados. En medio de un descenso muy técnico y peligroso, se iban turnando en la fijación de las cuerdas. Les llevó casi toda la noche llegar al cuerpo sin vida de Paty. Un golpe en la cabeza fue el determinante. Como si se tratase de una ironía, luego de una temporada seca y sin nieve, una tormenta había comenzado a cubrir el Mercedario y buena parte de la cordillera. Sin poder subir el cuerpo, decidieron regresar y dar aviso a la Gendarmería.

El 29 de marzo, una misión de rescate llegaría a la zona del accidente, acompañados por Corina y Bassini, pero un bloque de 4 metros de nieve había tapado la zona. La Gendarmería y los grupos de clubes de andinismo que se habían sumado a la misión de búsqueda del cuerpo volverían a la base, sin éxito.

Ni en San Juan, ni mucho menos en Tucumán alguien podría olvidarse de Paty, por mucho tiempo. Unos años más tarde, el italiano Bassini volvería por el Mercedario a completar la misión que en marzo de 1981 había quedado trunca. Y en la cima dejaría clavada una cruz de metal en honor y homenaje eterno a Paty Altamirano.

La desaparición de la joven sanjuanina calaría hondamente en la familia Altamirano, desde ya. Tanto que Hugo, su papá, quien trabajaba en Vialidad, decidió radicarse en Barreal por varios años. Cada tanto, se cuenta hoy, caminaba la montaña hasta donde podía buscando a su hija. Y así esperó, en vano, unos cuantos años de su vida que alguien le diera noticias de Paty. Hasta que volvió a Tucumán. El lunes, cuando sus hijos lo llamaron para darle la noticia del hallazgo de un cuerpo del que se tienen muchas esperanzas de que se trate de su hija, la recibió con alivio y alegría. “Está tranquilo”, comenta Marcelo Funes, el marido de Silvia, la menor de los Altamirano. Desde el jueves, cuando se comience a cotejar la información, se abrirá una espera cargada de expectativa y, claro, de mucha emoción y esperanza.

En toda esta historia hay un hilo conductor que une la tragedia de San Juan con los Altamirano, con Mendoza. “Si alguna vez llego a morirme en la montaña quiero que me entierren en el Cementerio del Andinista, el del Puente del Inca, al pie del Aconcagua”, reveló Corina, que una vez le dijo entre alegrías y festejos varios a Paty. “¡Y a mí también!”, agrega que le contestó, riéndose, Corina, a su hermana. De confirmarse lo que los Altamirano esperan, más todo el andinismo de San Juan y Tucumán, la familia hará los trámites para traer el cuerpo y dejarlo descansar en el cementerio, un lugar único en el mundo, entrañable para la gente de montaña, para los andinistas y para el Aconcagua, ubicado a 1.500 metros de Puente del Inca y a casi 2.700 metros de altura. En ese lugar duerme su sueño eterno Juan Stepanek, el austríaco que se convirtió en la primera persona en morir intentando alcanzar la cumbre del Techo de América, a mediados de 1926.